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El fondo y la forma: una pareja (in)ciertamente avenida

12 enero, 2013 1 comentario

Que el fondo y la forma son conceptos contrapuestos no es ninguna novedad, como tampoco lo es que, además, la oposición sea aplicable a cuantiosos campos del conocimiento. Se trata de una oposición absolutamente viva incluso a nivel cotidiano, asequible para cualquier ciudadano medio: “en el fondo es buena persona” es frase que está o ha estado alguna vez en boca de todos nosotros, y que deja entrever la distinción entre lo que se ve, o se manifiesta, no siempre veraz, y lo que realmente existe oculto a nuestros sentidos, que encierra el grial de lo indudable. Sin ir más lejos, sirvan de muestra estas citas, suficientemente elocuentes por sí solas sin necesidad de añadir comentarios:

“… el hecho de haber despertado en mí un fondo violento que desconocía tener es algo que no he podido olvidar.”

“Cierto que L se ha teñido de sus ideas, pero ha conservado un fondo naif.”

“… Y entonces volverá a quererme y tenerme el respeto que me tenía, porque su fondo es bueno. Eso no lo ha cambiado el tiempo.”

Las citas pertenecen al título Ayer no más, de Andrés Trapiello (Destino 2012). Y ninguna deja dudas sobre el uso que a la palabra ‘fondo’ se le da: aquello inmutable y verdadero aunque a menudo oculto y sólo accesible tras un choc, un trauma o un vuelco vital mayormente doloroso.

En efecto, se suele utilizar el término ‘fondo’ como expresión de la ‘esencia’, lo que subyace y sobrevive más o menos intacto a las contingencias exteriores, lo ‘inmutable’, aquello cuya existencia se presupone pero no se ve. La ‘forma’, en cambio, es el aspecto más o menos contingente, cambiante y adaptable a las circunstancias que envuelven al fondo; es el disfraz, el caparazón, la defensa, la manifestación ostensible del fondo, lo que nuestros sentidos perceptivos sí pueden captar. Es por definición mutable y, a menudo, por desconfianza platónica hacia la apariencia, se sobreentiende que también engañoso: la forma y el fondo no siempre se corresponden, dice la mitología popular, aunque dicha correspondencia sería lo esperable. Y cuando no lo hacen, razona la mitología colectiva, se debe a que el ambiente exterior no le ha sido propicio al ‘fondo’, que se ha visto de alguna manera ‘pervertido’, se ha visto obligado a ‘mutar’, a disfrazarse para sobrevivir.

Nuestra civilización y conocimiento se han basado y construido sobre esa oposición, una de las oposiciones capitales de Occidente que raramente se ha cuestionado: desde la filosofía clásica hasta la (proto)medicina y la primera psicología, todas se han fundamentado en esos dos conceptos contrapuestos: el alma vs. el cuerpo sin ir más lejos.  La oposición continúa viva hoy, como demuestra incluso la terminología científica, que sigue haciendo uso de ella para referirse a nuevos conceptos y descubrimientos: soma y psique (de hecho una oposición tan clásica como antigua); fenotipo vs. genotipo en genética; fonema vs. sonido en lingüística; concepto vs. objeto en epistemología; forma vs. materia (substancia vs. accidente) en metafísica.

Efectivamente, la ciencia (o la protociencia –incluso pseudociencia- si miramos hoy retrospectivamente) se ha servido de dicha oposición, muy eficaz, y la ha perpetuado sin poner nunca en duda su veracidad. Probablemente se trate de una oposición tan productiva y rentable porque deriva de un universal psicológico del pensamiento humano, equiparable al universal de oposición entre causa-consecuencia que, demostradamente, incluso bebés de pocos días de vida tienen interiorizada, tal y como manifiestan las expectativas del bebé en el seguimiento ocular de objetos móviles.

Pero este artículo no va a tratar de demostrar la hipótesis de universalidad de dicha oposición, sino a hacer un repaso de diferentes manifestaciones de la oposición en el acervo psico-médico-filosófico que constituye el caldo de cultivo cultural en el que aún actualmente nos movemos, y que continúa, por tanto, determinando nuestras hipótesis de partida a la hora de analizar los fenómenos que pretendemos conocer y/o descubrir.

Teoría clásica de los 4 humores

El clásico Hipócrates en el s. IV ac, y Galeno en el s. II dc, precursores de la ciencia que habría de desembocar en lo que hoy conocemos como medicina, fueron los primeros en establecer una correlación entre lo que sucede en el interior del cuerpo, lo que ‘es’, más allá de los límites perceptibles por los sentidos, y lo que se ‘manifiesta’ y es ostensible, lo que se llamó posteriormente ‘temperamento’. Su teoría recurría a la hipótesis de los 4 humores básicos del organismo, transposición de los 4 elementos que se consideraba constituían el universo (fuego, tierra, aire y agua): según cuál fuera el humor predominante en cada individuo, su temperamento tendría una u otra inclinación o propensión. La bilis negra para los melancólicos; la sangre para los sanguíneos; la flema para los flemáticos, y la atrabilis para los coléricos. Cada uno de esos tipos básicos de temperamento mostraban propensión a un estilo de conducta más o menos estereotipado, que todavía hoy en día podemos reconocer, por ejemplo la melancolía del artista o la flema británica.

Presuponían, pues, que el humor determina el temperamento, y el temperamento determina la conducta. La cadena causal era: humor (no se ve si abrimos el cuerpo, pero se presupone) – temperamento (manifestación ostensible) – conducta. Como detalle de la importancia de dicha teoría, baste señalar que la etimología de ‘humor’ en su sentido actual como ‘propensión o inclinación del ánimo’ está basada en ese significado primigenio que le otorgaron los clásicos.

Platón en el s. IV ac también sentaría la base filosófica de nuestra civilización sobre esa oposición: el mito de la caverna contrapone el mundo de las ideas, el realmente esencial y verdadero, al mundo de la apariencia, que no es más que una manifestación burda, grosera y engañosa de la esencia, de lo que existe de verdad. Pero no vamos a redundar más en la conocida contraposición platónica, que aunque capital para el desarrollo del pensamiento (y de hecho también de la teosofía: Platón abrió la puerta a la creencia en una existencia ‘verdadera’ más allá de la existencia vicaria en el mundo de la realidad, no lo olvidemos), ha sido ya tratada anteriormente en esta web (ver la reseña del libro de Damasio El error de Descartes).

A efectos de lo que hoy conocemos como psicología y de lo que nos incumbe en esta web, nuestra civilización estuvo estancada largos siglos. Imbuida de la ideología cristiana, presuponía que la conducta de los individuos venía determinada por su fe y religiosidad, su razón última se ocultaba en el alma, y no había por tanto objeto de estudio posible: de hecho la curiosidad en ese terreno habría constituido una herejía, como le sucedió, en otro orden de cosas, al desdichado Giordano Bruno. La (hasta cierto punto acertada) intuición de los clásicos sobre la correlación entre fisiología y tendencia anímica y conductual cayó, pues, en el olvido, y no volvió a suscitarse la necesidad de investigar las bases de la conducta humana hasta que los índices de criminalidad en las nuevas grandes ciudades, surgidas a la sombra de la primera revolución industrial, empezaron a ser algo más que preocupantes.

La fisionomía de Lavater y la frenología de Gall

No debe resultar extraño que el revulsivo para el estudio de la conducta en tiempos modernos haya sido la criminalidad: también posteriormente, como mencionaremos aquí más adelante, las morfotipologías de Kretschmer & Sheldon, hoy todavía vigentes, surgieron del estudio de población americana privada de libertad. Se hacía necesario que los mecanismos de control social fueran más y más efectivos en un medio social cada vez más complejo y más poblado, donde proliferaban la pobreza y la exclusión social y, por tanto, donde también crecía exponencialmente el riesgo de conductas desviadas o delictivas. De ahí la preocupación por descubrir los factores que predisponían a ciertos individuos a conductas no sancionadas socialmente, o dicho de otra forma, les predisponían al ‘crimen’. Sabiendo a qué respondían dichas conductas y cuál era su perfil ‘externo’, se podían reconocer las manifestaciones materiales de esa predisposición y aislar a los individuos peligrosos antes de que pudieran ‘actuar’. El análisis actual de la conducta criminal continúa depeniendo del concepto de ‘perfil’, es decir, de su manifestación externa.

Tampoco debe extrañarnos que estas preocupaciones coincidieran en el tiempo con la eclosión científica en otros terrenos: la 2ª mitad del s. XIX nos legó a Darwin y la teoría de las especies, por un lado, y a Mendel y la teoría de los rasgos heredados, por otro, que supusieron dos puntos de no retorno para el conocimiento científico occidental. Así pues, del mismo modo en que el color y la forma de los guisantes de Mendel, dos características contingentes de la ‘esencia’ –no se habían descubierto todavía los genes ni mucho menos los cromosomas-, pasaban de generación en generación, también los rasgos externos y ostensibles de la morfología de los humanos debían transmitirse de padres a hijos. Siendo que algunos de tales rasgos van ligados a inclinaciones del espíritu (llamémosle tendencia a la criminalidad), los individuos sospechosos por exhibir dichos rasgos morfológicos debían ser aislados e incluso esterilizados a fin de evitar su reproducción.

Todas las teorías eugenésicas del s. XX están basadas en la creencia en la heredabilidad de los rasgos (los nazis, por ejemplo recurrían a la craneometría para diferenciar a los arios de lo que no lo eren); más aún, basadas en la heredabilidad ligada de ciertos rasgos: rasgos internos o ‘psicológicos’ y rasgos externos o ‘morfológicos’. Y de nuevo, aunque parezca una idea ingenua hoy día, fue acertadamente intuitiva: la genética moderna ha establecido lo cierto de la presuposición de la heredabilidad ligada, como demuestra la herencia ligada al sexo, o la co-dependencia genética de ciertos síndromes patológicos.

Gall, ya entrado el s. XIX, fue el primero en mostrar un espíritu realmente científico en términos contemporáneos por su forma de enfrentarse a su objeto de estudio. Desarrolló su trabajo en Viena, como haría Freud un siglo después. Espoleado, como los que compartieron su mismo interés, por la preocupante alza del crimen urbano, se afanó en una perspectiva radicalmente nueva de análisis del cerebro. Adoptó una visión organicista, ahondó en la idea de la co-dependencia del órgano y la función, tesis también central de la teoría darwiniana de la selección natural, y aunque sus postulados hoy son poco menos que groseros, acertó de pleno al considerar al cerebro como receptáculo de la mente y al defender sus especializaciones locales. Se equivocó, sin embargo, al postular el cerebro como una víscera y al defender su subdivisión en órganos locales especializados en funciones concretas y discretas: hubo cierto revuelo en cuanto al número de órganos que lo componía, que osciló entre los 27 originarios y los casi 40 de algunos de sus seguidores: Gall admitió 27 órganos; con los añadidos después por otros frenólogos, este número se elevó hasta 38.

ImagenReproducción del mapa de los órganos que componían el cerebro, datada de la época de esplendor de la frenología

La frenología hoy se considera una extravagancia médica, pero cabe destacar su fina intuición sobre la especialización cerebral local, si bien la ciencia posterior confirmó que a pesar de la especialización, el cerebro es un todo global y no está fragmentado, salvo por su división en 2 hemisferios: sólo así puede darse explicación a múltiples y complejos fenómenos mentales. Los seguidores de Gall hicieron hincapié en la relevancia del correlato craneal de la actividad orgánica postulada por Gall, y por ello pasó a ser denominada ‘craneología’ en ciertos círculos.

La morfopsicología de Corman

Más recientemente, entrado ya el s. XX, destaca la morfopsicología, corriente que intenta establecer una correspondencia entre la forma corporal externa y las inclinaciones y propensiones anímicas. La morfología de L. Corman, bautizada como tal en 1937 cuando publicó su tratado 15 leçons de Morphopsychologie, recuperaba algunas de las tesis de la frenología de Gall, pero la comunidad científica no fue especialmente receptiva a sus postulados, puesto que coincidieron en el tiempo con los perversos experimentos eugenésicos nazis, que recogieron el legado de la antigua fisionomía.

Corman también retoma la ley biológica de Sigaud sobre la dilatación y la retracción de los seres vivos (1914), que parte de la idea, de nuevo, de que existe una acomodación entre la forma y la función: las correlaciones que se observan entre estos dos elementos no son arbitrarias, sino que precisamente se repiten de forma estadísticamente significativa porque están acopladas y sirven a un fin determinado.

Corman reformuló la oposición biológica dilatación-retracción a nivel psicológico: la ley de la expansión-conservación. Dicha ley podría resumirse como sigue: todo ser vivo está en interacción con su medio. Si las condiciones son favorables, las estructuras físicas y fisiológicas tienden a expandirse; en el caso contrario, se reducen. Postuló que la morfología corporal gruesa, o sea el marco corporal, viene en general determinado por el uso que el cuerpo hace de la energía que sintetiza a través de la nutrición: si tiende a acumularla y a reservarla (marco estrecho, poca apertura al exterior, actitud básicamente defensiva ante el entorno), o bien si tiende a gastarla (marco ancho, apertura al exterior, actitud vitalista). Se trata de metabolismos diferentes que se asocian a perfiles fisiológicos diferentes, cada uno de ellos con correlatos morfológicos por un lado (a grandes rasgos, cuerpos voluminosos y cuerpos esbeltos, o en palabras de Sigaud, dilatados y retraídos), y temperamento-conductuales por otro, que marcan estilos diferentes de comportamiento y conducta.

Corman añadió a los principios científicos ya establecidos el del equilibrio-armonía, basado sobre el concepto psicológico de homeostasis (1932) (la vida de un organismo puede definirse como la búsqueda constante de equilibrio entre sus necesidades y su satisfacción. Toda acción tendiente a la búsqueda de ese equilibrio es, en sentido lato, una conducta), y los aplicó al estudio concreto de los rasgos faciales. La morfopsicología establece asimismo, como anteriormente se había hecho sobre el marco corporal general, diversas dimensiones a estudiar de los rasgos faciales, cada una de las cuales ofrece información psicológica del individuo a distintos niveles: el marco del rostro es una dimensión, otro lo es el modelado de los rasgos, otro la distribución zonal del rostro, el tono, etc. Hoy en día son numerosos los servicios de recursos humanos de importantes empresas que recurren a expertos en esta rama psicológica, pretendidamente para afinar en el perfil psicológico de los candidatos en sus procesos  de reclutamiento de personal.

Las teorías someramente delineadas aquí se refieren al temperamento y al carácter, pero no a la personalidad, que todavía no había sido definida en su acepción psicológica contemporánea. Se trata de una idea más compleja, que se sitúa en un nivel superior que el temperamento y el carácter en la estructura organizativa del yo: la personalidad la conforma el estilo con que cada individuo, a partir de sus propios rasgos fisiológico-temperamentales, gestiona sus impulsos e inclinaciones, y las vivencias más o menos favorables de que ese estilo le va proveyendo. Posteriormente, además, se superpuso a la noción de personalidad el concepto de inconsciente, postulado por Freud a final del s. XIX.

El concepto de personalidad, pues, ofrece dinamismo, flexibilidad y posibilidad de cambio al individuo frente a su base fisiológica: constituye la interficie, en términos actuales, donde se realizan los intercambios que se establecen entre la base biológica y fisiológica del individuo y el entorno, interficie enriquecida con la memoria que el individuo guarda de las experiencias y vivencias pasadas, las conscientes y las inconscientes: si bien la fisiología no cambia, el individuo sí lo hace a partir de las decisiones de ‘gestión’ que va tomando consciente e inconscientemente. Allport, a mitad del s. XX, define la personalidad así:

“Personalidad es la organización dinámica, dentro del individuo, de aquellos sistemas psicofísicos que determinan las adaptaciones singulares a su ambiente”,

introduciendo además la idea de organización. En 1936 introdujo el capital término de rasgo, sobre el que hoy se erigen la mayoría de estudios de la personalidad.

Es muy importante también la noción de evaluación del sujeto, que sin embargo no se ejerce de forma consciente, sino que es fundamentalmente inconsciente. El sujeto evalúa, aun sin el menor conocimiento de psicología o ciencia, la adecuación de su conducta en-el-entorno a su base fisiológica, y también evalúa los resultados, beneficiosos o no, que su conducta o estilo de conducta le reporta. En realidad, el cambio y la evolución de la personalidad, grosso modo, son resultados de: 1) un cambio muy brusco en el entorno; o bien 2) una decisión sobre la necesidad autopercibida de cambiar porque el individuo evalúa los resultados de su conducta como poco beneficiosos o disfuncionales.

Volviendo a la morfopsicología y a su estudio del rostro, pues, la flexibilidad que permite la personalidad explica que, si bien el marco óseo no varía con el pasar de los años, sí puedan cambiar las proporciones de los rasgos, la inclinación de los receptores (nariz, boca y ojos), y que el rostro en general pueda engrosarse o adelgazarse, endurecerse o dulcificarse, según el individuo vaya gestionando su energía y sus inclinaciones y según si evalúa positiva o negativamente los efectos de su estilo de gestión en las pequeñas decisiones a que se enfrenta cada día.

Le Senne y los biotipos y tipologías constitucionales contemporáneas (Kretschmer & Sheldon)

En 1945 Le Senne definió 3 factores básicos heredados genéticamente que, combinados entre sí, dan 8 tipos diferentes de temperamentos: emotividad, actividad/pasividad y reflexividad/impulsividad, 4 tipos de los cuales se corresponden con las tipologías hipocráticas basadas en los 4 humores. Las tipologías de Le Senne son: apasionado, colérico, sentimental, nervioso, flemático, sanguíneo, apático y amorfo.

El legado de Le Senne y sus tipologías fue recogido por diversos estudiosos, entre los que destacan Kretschmer y Sheldon, cuyas taxonomías todavía hoy, especialmente la última, se consideran válidas. Tanto estos dos psicólogos como Eysenck posteriormente, postularon un  sistema de combinatoria factorial a partir de una lista cerrada de parámetros: las distintas combinaciones de esos parámetros ofrecen 3 perfiles psicológicos básicos. Los postulados de Kretschmer y Sheldon, además, establecen correlaciones entre las características psíquicas  y la morfología somática (psicotipo vs. biotipo).

Para Kretschmer, que basó sus estudios en población recluida en psiquiátricos, existían 3 morfologías somáticas (leptosómico o asténico, pícnico y atlético), que se correspondían en mayor o menor grado con las  tres tipologías psíquicas siguientes: esquizotímico, ciclotímico y gliscrotímico. Sin embargo, resultó una tipología tan estrecha y rígida que ofrecía poca aplicabilidad real, salvo para orientar el diagnóstico entre la población aquejada de psicopatologías, especialmente esquizofrénicos.

Posteriormente, Sheldon recogió el testigo de Kretschmer y definió 3 tipos morfológicos (ectomorfo, mesomorfo, endomorfo), y demostró que con un 80% de probabilidad coincidían con 3 tipos temperamentales (cerebrotónico, seratotónico, viscerotónico). Sus estudios se basaron sobre población normal, lo cual supuso a sus inducciones teóricas mayor validez que las de Kretschmer.

ImagenRepresentación de los tres biotipos básicos puros de Sheldon

Cierto que con distintos nombres, pero aun así hay bastante correspondencia entre las tipologías de Kretschmer y las de Sheldon, éste último con una metodología más elaborada para su descripción y taxonomía. La nomenclatura que propuso parte de la terminología aplicada a las capas del embrión antes de que empiecen a crecer y diferenciarse y den lugar al feto. Con ello mostró que presuponía que es ese sustrato, el del crecimiento preponderante de una de las tres capas embrionarias en cada individuo, lo que determina el psicotipo: el endodermo, capa primaria del embrión que da origen a las vísceras, para el endomorfo (busca la gratificación de las vísceras); el mesoderomo, capa media de donde proceden esqueleto y musculatura, para el mesomorfo (busca la gratificación del sistema músculo-esquelético, con la vigorización de los músculos y de las extremidades); el ectodermo, la capa más externa del esqueleto, que engloba piel, sistema nervioso y tejidos blandos, para el ectomorfo (busca la gratificación del sistema nervioso y cerebral).

La tipología de Sheldon tiene una ventaja sobre la de Kretschmer, y es que admite que no hay individuos puros salvo excepcionalmente, y que cada individuo debe ser evaluado con puntuaciones que reflejen su nivel de pertenencia a cada uno de los 3 tipos: la inmensa mayoría de los individuos son individuos mixtos, con rasgos pertenecientes a los 3 psicotipos, aunque siempre hay un tipo dominante.

Eysenck y la teoría factorial de la personalidad

De formación conductista, Eysenck se centró de nuevo en el estudio del temperamento recogiendo el legado de los clásicos Hipócrates y Galeno. Desarrolló su carrera en el Londres de después de la Segunda Guerra Mundial, tras exiliarse de su Alemania natal, sometida al nazismo. También la suya es una aproximación factorial sobre un conjunto cerrado de parámetros, en que sin embargo dejaba fuera de su enfoque a la expresión morfosomática de la psique, que consideraba un epifenómeno (contrariamente a Kretschmer y Sheldon, que consideraban el psicotipo un epifenómeno del biotipo).

En los años sesenta, Eysenck postuló dos dimensiones básicas que, por combinatoria, ofrecen los cuatro temperamentos básicos que establecieron los clásicos: extroversión/introversión, estabilidad/neuroticismo.

  • extrovertido estable (sanguíneo – cualidades: comunicativo, responsable, sociable, vivaz, despreocupado, líder)
  • extrovertido inestable (colérico – cualidades: sensible, inquieto, excitable, voluble, impulsivo, irresponsable)
  • introvertido estable (flemático – cualidades: calmado, ecuánime, confiable, controlado, pacífico, pensativo, cuidadoso, pasivo)
  • introvertido inestable (melancólico – cualidades: quieto, reservado, pesimista, sobrio, rígido, ansioso, temperamental).Imagen

Cuadro de equivalencias entre la tipología clásica de los 4 humores y las tipologías factorialess de Eysenck

Posteriormente Eysenck consideró necesario añadir una dimensión más a las 2 mencionadas anteriormente: psicoticismo/socialización

Teoría factorial actual de la personalidad, basada en los cinco grandes rasgos (the big five)

En los últimos 50 años, las aproximaciones a la personalidad han sido bastante eclécticas. Aunque las tipologías han seguido estando ahí como referente de fondo, generalmente se ha adoptado una perspectiva a partir de la noción de rasgo definida por Allport en 1936.

Allport se basó en el estudio lexicológico del inglés para reunir todos aquellos términos léxicos que designaban disposiciones o inclinaciones más o menos estables del ánimo y del estilo conductual de las personas (basándose en la la llamada hipótesis léxica, primero formulada por F. Galton a finales del s. XIX, casualmente primo de Darwin). En 1940 Allport listó más de 4.000 términos ingleses que cumplían esas características tras un concienzudo trabajo para adelgazar una lista original de 18.000, que luego redujo a una lista de 171 macrorasgos, cada uno de los cuales agrupaba decenas de rasgos de nivel inferior. Cattell1 posteriormente redujo esos 171 a 16 y creó el llamado test de personalidad 16PF, que llegó a aplicarse como test predictivo de personalidad y hoy en día aún está en vigor en algunas universidades americanas. En 1963 Norman2  redujo los 16 factores de Cattell a 5: los cinco grandes.

Entre 1965 y 1980, con el advenimiento de la psicología social, fue dominante entre la comunidad de teóricos la idea de que la personalidad era un espejismo, o en el mejor de los casos, un disfraz en el que el rol social alter- o auto-atribuido tenía un papel preponderante, y de que la conducta co-varía con la situación, y por tanto, no es un rasgo estable del sujeto. Pero desde 1980 el escenario ha dado de nuevo un vuelco, y existe cierto consenso teórico sobre que los rasgos centrales de la personalidad son sólo cinco, recuperando los llamados cinco grandes rasgos enunciados por Norman en los sesenta, cada uno de los cuales es bipolar, es decir, se mueve en un continuum cuyos extremos son dos antónimos:

Neuroticismo/estabilidad emocional; introversión/extroversión; apertura; amabilidad y responsabilidad. Cada uno de estos rasgos es medido, a su vez,  a partir de 6 subítems o dimensiones ulteriores.

Sin embargo, últimamente se han acumulado críticas al modelo factorial de los cinco grandes rasgos, si bien no están mayormente publicadas en medios académicos y se mantienen sumidas en un cierto oscurantismo. La primera crítica, de orden teórico, es que el modelo de los cinco factores es descriptivo, es decir, se basa en datos empíricos, pero no ofrece ninguna explicación teórica de por qué la realidad ostensible se muestra como la percebimos, de por qué hay correlaciones directas entre algunos rasgos e indirectas entre otros, o por qué algunos rasgos aparecen asociados en los individuos pero otros rasgos no lo hacen. Y ello nos retorna al título del artículo: ¿qué es lo que se esconde en nuestra psique que hace que los rasgos se manifiesten, asociados o desasociados, como lo hacen? ¿Cuál és el fondo de aquello que percibimos?

Otra de las más razonables objeciones al modelo es que los rasgos no son enteramente independientes unos de otros, y ello le resta validez estadística al modelo: por ejemplo, introversión y neuroticismo están, hasta donde hoy se sabe, directamente (co)relacionados.

Aún otra alegación es de naturaleza metodológica: confiar en el lenguaje, o sea, otorgar validez a la hipótesis léxica, como medio para fondear las profundidades de la psique, tal y como hizo Allport, no es en absoluto garantía de la ‘bondad’ del método: es bien sabido que el inglés tiene una riqueza léxica inmensa comparada con otras lenguas.

Recientemente se ha constatado, por ejemplo, que replicar la hipótesis léxica en húngaro no ofrece los mismos resultados que obtuvo Allport para el inglés: según los resultados obtenidos del húngaro, no existe entre los rasgos de la personalidad el de apertura. Y si trasponemos esa objeción y la aplicamos a las lenguas amerindias, por ejemplo, ¡podemos imaginarnos cuál sería el (deplorable) resultado!

De hecho, la teoría culturalista sobre el lenguaje propuesta por Sapir-Whorf durante las primeras décadas del s. XX, aunque después fuera en parte rebatida gracias al auge del universalismo en todas las disciplinas humanística, ilustra justamente la íntima co-dependencia del léxico de una lengua respecto del sistema cultural de la sociedad que la habla. En realidad, no sólo del léxico: incluso la sintaxis y el repertorio morfológico están mediatizados por los valores culturales que tiñen cada civilización, y viceversa. En definitiva, Sapir-Whorf ponían en primer plano de la discusión intelectual la imposibilidad de replicar transculturalmente de forma válida cualquier experimento lingüístico o psicológico (incluidos los controvertidos tests para medir el IQ) que recurrieran a la lengua como herramienta. Y esa sigue siendo una objeción crítica a la inmensa mayoría de experimentos sobre psicología: que lo que miden los tests y experimentos en realidad no es el cerebro, sino el moldeado que cada civilización cultural realiza sobre el cerebro de las personas sumergidas en ella.

Y para acabar, otra bien razonada objeción al modelo es que los cinco rasgos no abarcan la totalidad de componentes de la personalidad: por ejemplo, quedan fuera del modelo nociones como la religiosidad o espiritualidad, la honestidad, el sentido del humor y el conservadurismo, por citar algunas.

Retomando esta última característica mencionada, el conservadurismo, cabe destacar que en las últimas dos décadas, especialmente en los EUA, donde las ideologías políticas están totalmente polarizadas y excluyen casi al 100% cualquier menor disensión en el espectro, han florecido los estudios que tratan de encontrar correlaciones entre rasgos de personalidad e ideología en general, y rasgos de personalidad e ideología política en particular (no mencionaremos aquí qué motivos de fondo, ¡de nuevo la palabra!, pueden estar suscitando dicho interés) (se incluyen algunos enlaces al final del texto desde donde se pueden descargar los pdf de libre acceso). En cualquier caso, si existe algo como un rasgo de conservadurismo en la personalidad, sin duda será el elemento que medie para hallar una respuesta a la duda de si efectivamente se dan o no dichas correlaciones.

Ahora bien, debemos ser cautos: que exista correlación entre dos factores no implica que haya causación del uno sobre el otro: es lo que hemos llamado más arriba epifenómeno. La correlación a menudo está motivada por algún otro factor a diferente nivel que determina la manifestación simultánea de esos dos factores observables: el título de uno de los artículos descargables en pdf más abajo es muy elocuente al citar el nivel de ingresos como mediador en la correlación positiva entre conservadurismo político y ciertos rasgos de personalidad. Sirva este apunte de nuevo como ilustración de la objeción teorética incluida más arriba sobre el modelo de los cinco grandes rasgos de la personalidad. Sirva asimismo también de crítica a la prolijidad de estudios desatados últimamente para hallar las claves psicológicas que ‘expliquen’ el tinte político de los individuos.

Sea como fuere, no debemos extrañarnos por la curiosidad suscitada sobre la vinculación entre personalidad e ideología: sin duda, otros interrogantes más estúpidos que éste se han lanzado a la arena pública sin ningún pudor, tales como si existe el gen de dios o el gen del liberalismo:

Entrevista al genetista Dean Hamer: Los genes que regulan la personalidad

Entrevista al genetista y científico social James Fowler: Is there a ‘liberal gene’?

Habrá que estar atentos a los resultados que los nuevos estudios científicos arrojen. Entretanto, procuraremos mantener la sobriedad y la cautela y contener el entusiasmo y la diversión que la alegre proliferación de taxonomías (e interrogantes) y la fragmentación de los campos de estudio les produce a unos cuantos. Bien lo sabían los clásicos: divide y vencerás.

Ester Astudillo

 Notas

1.      Cattell, R. B. (October 1943). “The description of personality: Basic traits resolved into clusters”. Journal of Abnormal and Social Psychology 38 (4): 476–506

2.      Norman, W. T. (1963). “Toward an adequate taxonomy of personality attributes: Replicated factor structure in peer nomination personality ratings”. Journal of Abnormal and Social Psychology 66 (6): 574–583

Para saber más:

http://en.wikipedia.org/wiki/Big_Five_personality_traits

http://en.wikipedia.org/wiki/Lexical_hypothesis

http://www.ted.com/talks/david_pizarro_the_strange_politics_of_disgust.html

http://faculty.haas.berkeley.edu/tetlock/Vita/Philip%20Tetlock/Phil%20Tetlock/1977-1983/1983%20Cognitive%20Style%20and%20Political%20Ideology.pdf

http://www.psych.nyu.edu/jost/Carney,%20Jost,%20%26%20Gosling%20%282008%29%20The%20secret%20lives%20of%20liberals%20.pdf

http://jagiellonia.econ.columbia.edu/colloquia/political/papers/r_morton.pdf

http://sites.duke.edu/niou/files/2011/06/gerber-huber-etal.pdf

http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=1857533

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Haciendo un buen uso de la inteligencia. La inteligencia ejecutiva como camino a la felicidad. (Reseña del libro de J.A. Marina “La inteligencia fracasada”)

Marina, José Antonio, La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. 1ª edición. [versión en catalán] Editorial Ara Llibres, Badalona, 2005. 174 págs.

El filósofo y docente Antonio Marina reflexiona en este ensayo sobre el concepto de inteligencia. Se propone una división entre lo que llama inteligencia computacional (o estructural) e inteligencia ejecutiva (o uso de la inteligencia).

Podemos afirmar que se trata de un libro con una gran cantidad de contenidos, muy bien articulados y con muchos ejemplos, que conviene leer detenidamente. Se trata de una obra muy recomendada para padres y muy especialmente para docentes. Los que nos dedicamos a la educación tenemos la gran responsabilidad de ofrecer a nuestros alumnos y alumnas la posibilidad de desarrollar su inteligencia y evitar los fracasos de ésta. De este modo el libro nos guía en este proceso tan laborioso a la vez que gratificante del aprendizaje.

Para leer la reseña completa visita nuestra web.