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El hombre llegó luego. (Reseña de “El cerebro masculino”, de L. Brizendine)

15 marzo, 2013 1 comentario

Louann Brizendine, El cerebro masculino, Barcelona: RBA Libros, 2010, 368 p

ImagenLamento que los términos para referirme a la segunda entrega de Brizendine con los resultados de sus investigaciones sobre la inter-relación sexo —macho / hembra— y cerebro no sean tan elogiosos como los referidos a la primera con respecto a su libro El cerebro femenino. Hay un dicho popular en nuestra lengua, tan castizo como añoso, que reza “segundas partes nunca fueron buenas”, y me temo que éste es un buen ejemplo de ello.

Ya hacia el final del libro, en el capítulo sobre la madurez sexual, Brizendine destaca que es en esta fase vital cuando los cerebros masculino y femenino más se asemejan morfo-fisiológicamente, lo cual tiene su lógica, al haberse ya clausurado en ambos sexos las funciones reproductivas, que son las que ‘orientan’ (desde una base evolutiva transpuesta luego a la fisiología) las inclinaciones conductuales de unas y otros. Con la disminución de las diferencias cerebrales también retroceden las divergencias en la conducta, de modo que las parejas que han sobrevivido juntas al carrusel hormonal del cónyuge y al suyo propio suelen hallar en esta etapa vital un remanso de paz y descubren gratamente que la convivencia es más fácil que nunca. Actualmente, además, debido al crecimiento en la esperanza de vida, la posibilidad de convivir con los nietos facilita que sea posible una fase de cierto bienestar y conciliación hacia el final de la vida.

Para leer la reseña completa, visitar nuestra web.

Ester Astudillo

Bibliografía recomendada:

Simone de Beauvoir (1949): El segundo sexo, Madrid: Cátedra, edición de 2005, 912 p

Richard Dawkins (1976): El gen egoísta, 4ª edición, Barcelona: Salvat Editores, 407 p

Helen Fisher (2000): El primer sexo. Madrid: Taurus, 490 p

Para saber más:

Enlace a un artículo sobre el libro de H. Fisher:

http://phylosophyforlife.blogspot.com.es/2011/05/hemeroteca-sexo-y-genetica.html

Programa de “Redes” dedicado al cerebro femenino, con entrevista a L. Brizendine incluida:

http://www.youtube.com/watch?v=n4j5eeHJcnc

Entrevista a L. Brizendine en la edición digital de la revista Muy interesante:

http://www.muyinteresante.es/louann-brizendine

 Reseña de Deborah Tannen para el Washington Post, 2006, sobre El cerebro femenino:

 http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2006/08/18/AR2006081800429.html

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El fondo y la forma: una pareja (in)ciertamente avenida

12 enero, 2013 1 comentario

Que el fondo y la forma son conceptos contrapuestos no es ninguna novedad, como tampoco lo es que, además, la oposición sea aplicable a cuantiosos campos del conocimiento. Se trata de una oposición absolutamente viva incluso a nivel cotidiano, asequible para cualquier ciudadano medio: “en el fondo es buena persona” es frase que está o ha estado alguna vez en boca de todos nosotros, y que deja entrever la distinción entre lo que se ve, o se manifiesta, no siempre veraz, y lo que realmente existe oculto a nuestros sentidos, que encierra el grial de lo indudable. Sin ir más lejos, sirvan de muestra estas citas, suficientemente elocuentes por sí solas sin necesidad de añadir comentarios:

“… el hecho de haber despertado en mí un fondo violento que desconocía tener es algo que no he podido olvidar.”

“Cierto que L se ha teñido de sus ideas, pero ha conservado un fondo naif.”

“… Y entonces volverá a quererme y tenerme el respeto que me tenía, porque su fondo es bueno. Eso no lo ha cambiado el tiempo.”

Las citas pertenecen al título Ayer no más, de Andrés Trapiello (Destino 2012). Y ninguna deja dudas sobre el uso que a la palabra ‘fondo’ se le da: aquello inmutable y verdadero aunque a menudo oculto y sólo accesible tras un choc, un trauma o un vuelco vital mayormente doloroso.

En efecto, se suele utilizar el término ‘fondo’ como expresión de la ‘esencia’, lo que subyace y sobrevive más o menos intacto a las contingencias exteriores, lo ‘inmutable’, aquello cuya existencia se presupone pero no se ve. La ‘forma’, en cambio, es el aspecto más o menos contingente, cambiante y adaptable a las circunstancias que envuelven al fondo; es el disfraz, el caparazón, la defensa, la manifestación ostensible del fondo, lo que nuestros sentidos perceptivos sí pueden captar. Es por definición mutable y, a menudo, por desconfianza platónica hacia la apariencia, se sobreentiende que también engañoso: la forma y el fondo no siempre se corresponden, dice la mitología popular, aunque dicha correspondencia sería lo esperable. Y cuando no lo hacen, razona la mitología colectiva, se debe a que el ambiente exterior no le ha sido propicio al ‘fondo’, que se ha visto de alguna manera ‘pervertido’, se ha visto obligado a ‘mutar’, a disfrazarse para sobrevivir.

Nuestra civilización y conocimiento se han basado y construido sobre esa oposición, una de las oposiciones capitales de Occidente que raramente se ha cuestionado: desde la filosofía clásica hasta la (proto)medicina y la primera psicología, todas se han fundamentado en esos dos conceptos contrapuestos: el alma vs. el cuerpo sin ir más lejos.  La oposición continúa viva hoy, como demuestra incluso la terminología científica, que sigue haciendo uso de ella para referirse a nuevos conceptos y descubrimientos: soma y psique (de hecho una oposición tan clásica como antigua); fenotipo vs. genotipo en genética; fonema vs. sonido en lingüística; concepto vs. objeto en epistemología; forma vs. materia (substancia vs. accidente) en metafísica.

Efectivamente, la ciencia (o la protociencia –incluso pseudociencia- si miramos hoy retrospectivamente) se ha servido de dicha oposición, muy eficaz, y la ha perpetuado sin poner nunca en duda su veracidad. Probablemente se trate de una oposición tan productiva y rentable porque deriva de un universal psicológico del pensamiento humano, equiparable al universal de oposición entre causa-consecuencia que, demostradamente, incluso bebés de pocos días de vida tienen interiorizada, tal y como manifiestan las expectativas del bebé en el seguimiento ocular de objetos móviles.

Pero este artículo no va a tratar de demostrar la hipótesis de universalidad de dicha oposición, sino a hacer un repaso de diferentes manifestaciones de la oposición en el acervo psico-médico-filosófico que constituye el caldo de cultivo cultural en el que aún actualmente nos movemos, y que continúa, por tanto, determinando nuestras hipótesis de partida a la hora de analizar los fenómenos que pretendemos conocer y/o descubrir.

Teoría clásica de los 4 humores

El clásico Hipócrates en el s. IV ac, y Galeno en el s. II dc, precursores de la ciencia que habría de desembocar en lo que hoy conocemos como medicina, fueron los primeros en establecer una correlación entre lo que sucede en el interior del cuerpo, lo que ‘es’, más allá de los límites perceptibles por los sentidos, y lo que se ‘manifiesta’ y es ostensible, lo que se llamó posteriormente ‘temperamento’. Su teoría recurría a la hipótesis de los 4 humores básicos del organismo, transposición de los 4 elementos que se consideraba constituían el universo (fuego, tierra, aire y agua): según cuál fuera el humor predominante en cada individuo, su temperamento tendría una u otra inclinación o propensión. La bilis negra para los melancólicos; la sangre para los sanguíneos; la flema para los flemáticos, y la atrabilis para los coléricos. Cada uno de esos tipos básicos de temperamento mostraban propensión a un estilo de conducta más o menos estereotipado, que todavía hoy en día podemos reconocer, por ejemplo la melancolía del artista o la flema británica.

Presuponían, pues, que el humor determina el temperamento, y el temperamento determina la conducta. La cadena causal era: humor (no se ve si abrimos el cuerpo, pero se presupone) – temperamento (manifestación ostensible) – conducta. Como detalle de la importancia de dicha teoría, baste señalar que la etimología de ‘humor’ en su sentido actual como ‘propensión o inclinación del ánimo’ está basada en ese significado primigenio que le otorgaron los clásicos.

Platón en el s. IV ac también sentaría la base filosófica de nuestra civilización sobre esa oposición: el mito de la caverna contrapone el mundo de las ideas, el realmente esencial y verdadero, al mundo de la apariencia, que no es más que una manifestación burda, grosera y engañosa de la esencia, de lo que existe de verdad. Pero no vamos a redundar más en la conocida contraposición platónica, que aunque capital para el desarrollo del pensamiento (y de hecho también de la teosofía: Platón abrió la puerta a la creencia en una existencia ‘verdadera’ más allá de la existencia vicaria en el mundo de la realidad, no lo olvidemos), ha sido ya tratada anteriormente en esta web (ver la reseña del libro de Damasio El error de Descartes).

A efectos de lo que hoy conocemos como psicología y de lo que nos incumbe en esta web, nuestra civilización estuvo estancada largos siglos. Imbuida de la ideología cristiana, presuponía que la conducta de los individuos venía determinada por su fe y religiosidad, su razón última se ocultaba en el alma, y no había por tanto objeto de estudio posible: de hecho la curiosidad en ese terreno habría constituido una herejía, como le sucedió, en otro orden de cosas, al desdichado Giordano Bruno. La (hasta cierto punto acertada) intuición de los clásicos sobre la correlación entre fisiología y tendencia anímica y conductual cayó, pues, en el olvido, y no volvió a suscitarse la necesidad de investigar las bases de la conducta humana hasta que los índices de criminalidad en las nuevas grandes ciudades, surgidas a la sombra de la primera revolución industrial, empezaron a ser algo más que preocupantes.

La fisionomía de Lavater y la frenología de Gall

No debe resultar extraño que el revulsivo para el estudio de la conducta en tiempos modernos haya sido la criminalidad: también posteriormente, como mencionaremos aquí más adelante, las morfotipologías de Kretschmer & Sheldon, hoy todavía vigentes, surgieron del estudio de población americana privada de libertad. Se hacía necesario que los mecanismos de control social fueran más y más efectivos en un medio social cada vez más complejo y más poblado, donde proliferaban la pobreza y la exclusión social y, por tanto, donde también crecía exponencialmente el riesgo de conductas desviadas o delictivas. De ahí la preocupación por descubrir los factores que predisponían a ciertos individuos a conductas no sancionadas socialmente, o dicho de otra forma, les predisponían al ‘crimen’. Sabiendo a qué respondían dichas conductas y cuál era su perfil ‘externo’, se podían reconocer las manifestaciones materiales de esa predisposición y aislar a los individuos peligrosos antes de que pudieran ‘actuar’. El análisis actual de la conducta criminal continúa depeniendo del concepto de ‘perfil’, es decir, de su manifestación externa.

Tampoco debe extrañarnos que estas preocupaciones coincidieran en el tiempo con la eclosión científica en otros terrenos: la 2ª mitad del s. XIX nos legó a Darwin y la teoría de las especies, por un lado, y a Mendel y la teoría de los rasgos heredados, por otro, que supusieron dos puntos de no retorno para el conocimiento científico occidental. Así pues, del mismo modo en que el color y la forma de los guisantes de Mendel, dos características contingentes de la ‘esencia’ –no se habían descubierto todavía los genes ni mucho menos los cromosomas-, pasaban de generación en generación, también los rasgos externos y ostensibles de la morfología de los humanos debían transmitirse de padres a hijos. Siendo que algunos de tales rasgos van ligados a inclinaciones del espíritu (llamémosle tendencia a la criminalidad), los individuos sospechosos por exhibir dichos rasgos morfológicos debían ser aislados e incluso esterilizados a fin de evitar su reproducción.

Todas las teorías eugenésicas del s. XX están basadas en la creencia en la heredabilidad de los rasgos (los nazis, por ejemplo recurrían a la craneometría para diferenciar a los arios de lo que no lo eren); más aún, basadas en la heredabilidad ligada de ciertos rasgos: rasgos internos o ‘psicológicos’ y rasgos externos o ‘morfológicos’. Y de nuevo, aunque parezca una idea ingenua hoy día, fue acertadamente intuitiva: la genética moderna ha establecido lo cierto de la presuposición de la heredabilidad ligada, como demuestra la herencia ligada al sexo, o la co-dependencia genética de ciertos síndromes patológicos.

Gall, ya entrado el s. XIX, fue el primero en mostrar un espíritu realmente científico en términos contemporáneos por su forma de enfrentarse a su objeto de estudio. Desarrolló su trabajo en Viena, como haría Freud un siglo después. Espoleado, como los que compartieron su mismo interés, por la preocupante alza del crimen urbano, se afanó en una perspectiva radicalmente nueva de análisis del cerebro. Adoptó una visión organicista, ahondó en la idea de la co-dependencia del órgano y la función, tesis también central de la teoría darwiniana de la selección natural, y aunque sus postulados hoy son poco menos que groseros, acertó de pleno al considerar al cerebro como receptáculo de la mente y al defender sus especializaciones locales. Se equivocó, sin embargo, al postular el cerebro como una víscera y al defender su subdivisión en órganos locales especializados en funciones concretas y discretas: hubo cierto revuelo en cuanto al número de órganos que lo componía, que osciló entre los 27 originarios y los casi 40 de algunos de sus seguidores: Gall admitió 27 órganos; con los añadidos después por otros frenólogos, este número se elevó hasta 38.

ImagenReproducción del mapa de los órganos que componían el cerebro, datada de la época de esplendor de la frenología

La frenología hoy se considera una extravagancia médica, pero cabe destacar su fina intuición sobre la especialización cerebral local, si bien la ciencia posterior confirmó que a pesar de la especialización, el cerebro es un todo global y no está fragmentado, salvo por su división en 2 hemisferios: sólo así puede darse explicación a múltiples y complejos fenómenos mentales. Los seguidores de Gall hicieron hincapié en la relevancia del correlato craneal de la actividad orgánica postulada por Gall, y por ello pasó a ser denominada ‘craneología’ en ciertos círculos.

La morfopsicología de Corman

Más recientemente, entrado ya el s. XX, destaca la morfopsicología, corriente que intenta establecer una correspondencia entre la forma corporal externa y las inclinaciones y propensiones anímicas. La morfología de L. Corman, bautizada como tal en 1937 cuando publicó su tratado 15 leçons de Morphopsychologie, recuperaba algunas de las tesis de la frenología de Gall, pero la comunidad científica no fue especialmente receptiva a sus postulados, puesto que coincidieron en el tiempo con los perversos experimentos eugenésicos nazis, que recogieron el legado de la antigua fisionomía.

Corman también retoma la ley biológica de Sigaud sobre la dilatación y la retracción de los seres vivos (1914), que parte de la idea, de nuevo, de que existe una acomodación entre la forma y la función: las correlaciones que se observan entre estos dos elementos no son arbitrarias, sino que precisamente se repiten de forma estadísticamente significativa porque están acopladas y sirven a un fin determinado.

Corman reformuló la oposición biológica dilatación-retracción a nivel psicológico: la ley de la expansión-conservación. Dicha ley podría resumirse como sigue: todo ser vivo está en interacción con su medio. Si las condiciones son favorables, las estructuras físicas y fisiológicas tienden a expandirse; en el caso contrario, se reducen. Postuló que la morfología corporal gruesa, o sea el marco corporal, viene en general determinado por el uso que el cuerpo hace de la energía que sintetiza a través de la nutrición: si tiende a acumularla y a reservarla (marco estrecho, poca apertura al exterior, actitud básicamente defensiva ante el entorno), o bien si tiende a gastarla (marco ancho, apertura al exterior, actitud vitalista). Se trata de metabolismos diferentes que se asocian a perfiles fisiológicos diferentes, cada uno de ellos con correlatos morfológicos por un lado (a grandes rasgos, cuerpos voluminosos y cuerpos esbeltos, o en palabras de Sigaud, dilatados y retraídos), y temperamento-conductuales por otro, que marcan estilos diferentes de comportamiento y conducta.

Corman añadió a los principios científicos ya establecidos el del equilibrio-armonía, basado sobre el concepto psicológico de homeostasis (1932) (la vida de un organismo puede definirse como la búsqueda constante de equilibrio entre sus necesidades y su satisfacción. Toda acción tendiente a la búsqueda de ese equilibrio es, en sentido lato, una conducta), y los aplicó al estudio concreto de los rasgos faciales. La morfopsicología establece asimismo, como anteriormente se había hecho sobre el marco corporal general, diversas dimensiones a estudiar de los rasgos faciales, cada una de las cuales ofrece información psicológica del individuo a distintos niveles: el marco del rostro es una dimensión, otro lo es el modelado de los rasgos, otro la distribución zonal del rostro, el tono, etc. Hoy en día son numerosos los servicios de recursos humanos de importantes empresas que recurren a expertos en esta rama psicológica, pretendidamente para afinar en el perfil psicológico de los candidatos en sus procesos  de reclutamiento de personal.

Las teorías someramente delineadas aquí se refieren al temperamento y al carácter, pero no a la personalidad, que todavía no había sido definida en su acepción psicológica contemporánea. Se trata de una idea más compleja, que se sitúa en un nivel superior que el temperamento y el carácter en la estructura organizativa del yo: la personalidad la conforma el estilo con que cada individuo, a partir de sus propios rasgos fisiológico-temperamentales, gestiona sus impulsos e inclinaciones, y las vivencias más o menos favorables de que ese estilo le va proveyendo. Posteriormente, además, se superpuso a la noción de personalidad el concepto de inconsciente, postulado por Freud a final del s. XIX.

El concepto de personalidad, pues, ofrece dinamismo, flexibilidad y posibilidad de cambio al individuo frente a su base fisiológica: constituye la interficie, en términos actuales, donde se realizan los intercambios que se establecen entre la base biológica y fisiológica del individuo y el entorno, interficie enriquecida con la memoria que el individuo guarda de las experiencias y vivencias pasadas, las conscientes y las inconscientes: si bien la fisiología no cambia, el individuo sí lo hace a partir de las decisiones de ‘gestión’ que va tomando consciente e inconscientemente. Allport, a mitad del s. XX, define la personalidad así:

“Personalidad es la organización dinámica, dentro del individuo, de aquellos sistemas psicofísicos que determinan las adaptaciones singulares a su ambiente”,

introduciendo además la idea de organización. En 1936 introdujo el capital término de rasgo, sobre el que hoy se erigen la mayoría de estudios de la personalidad.

Es muy importante también la noción de evaluación del sujeto, que sin embargo no se ejerce de forma consciente, sino que es fundamentalmente inconsciente. El sujeto evalúa, aun sin el menor conocimiento de psicología o ciencia, la adecuación de su conducta en-el-entorno a su base fisiológica, y también evalúa los resultados, beneficiosos o no, que su conducta o estilo de conducta le reporta. En realidad, el cambio y la evolución de la personalidad, grosso modo, son resultados de: 1) un cambio muy brusco en el entorno; o bien 2) una decisión sobre la necesidad autopercibida de cambiar porque el individuo evalúa los resultados de su conducta como poco beneficiosos o disfuncionales.

Volviendo a la morfopsicología y a su estudio del rostro, pues, la flexibilidad que permite la personalidad explica que, si bien el marco óseo no varía con el pasar de los años, sí puedan cambiar las proporciones de los rasgos, la inclinación de los receptores (nariz, boca y ojos), y que el rostro en general pueda engrosarse o adelgazarse, endurecerse o dulcificarse, según el individuo vaya gestionando su energía y sus inclinaciones y según si evalúa positiva o negativamente los efectos de su estilo de gestión en las pequeñas decisiones a que se enfrenta cada día.

Le Senne y los biotipos y tipologías constitucionales contemporáneas (Kretschmer & Sheldon)

En 1945 Le Senne definió 3 factores básicos heredados genéticamente que, combinados entre sí, dan 8 tipos diferentes de temperamentos: emotividad, actividad/pasividad y reflexividad/impulsividad, 4 tipos de los cuales se corresponden con las tipologías hipocráticas basadas en los 4 humores. Las tipologías de Le Senne son: apasionado, colérico, sentimental, nervioso, flemático, sanguíneo, apático y amorfo.

El legado de Le Senne y sus tipologías fue recogido por diversos estudiosos, entre los que destacan Kretschmer y Sheldon, cuyas taxonomías todavía hoy, especialmente la última, se consideran válidas. Tanto estos dos psicólogos como Eysenck posteriormente, postularon un  sistema de combinatoria factorial a partir de una lista cerrada de parámetros: las distintas combinaciones de esos parámetros ofrecen 3 perfiles psicológicos básicos. Los postulados de Kretschmer y Sheldon, además, establecen correlaciones entre las características psíquicas  y la morfología somática (psicotipo vs. biotipo).

Para Kretschmer, que basó sus estudios en población recluida en psiquiátricos, existían 3 morfologías somáticas (leptosómico o asténico, pícnico y atlético), que se correspondían en mayor o menor grado con las  tres tipologías psíquicas siguientes: esquizotímico, ciclotímico y gliscrotímico. Sin embargo, resultó una tipología tan estrecha y rígida que ofrecía poca aplicabilidad real, salvo para orientar el diagnóstico entre la población aquejada de psicopatologías, especialmente esquizofrénicos.

Posteriormente, Sheldon recogió el testigo de Kretschmer y definió 3 tipos morfológicos (ectomorfo, mesomorfo, endomorfo), y demostró que con un 80% de probabilidad coincidían con 3 tipos temperamentales (cerebrotónico, seratotónico, viscerotónico). Sus estudios se basaron sobre población normal, lo cual supuso a sus inducciones teóricas mayor validez que las de Kretschmer.

ImagenRepresentación de los tres biotipos básicos puros de Sheldon

Cierto que con distintos nombres, pero aun así hay bastante correspondencia entre las tipologías de Kretschmer y las de Sheldon, éste último con una metodología más elaborada para su descripción y taxonomía. La nomenclatura que propuso parte de la terminología aplicada a las capas del embrión antes de que empiecen a crecer y diferenciarse y den lugar al feto. Con ello mostró que presuponía que es ese sustrato, el del crecimiento preponderante de una de las tres capas embrionarias en cada individuo, lo que determina el psicotipo: el endodermo, capa primaria del embrión que da origen a las vísceras, para el endomorfo (busca la gratificación de las vísceras); el mesoderomo, capa media de donde proceden esqueleto y musculatura, para el mesomorfo (busca la gratificación del sistema músculo-esquelético, con la vigorización de los músculos y de las extremidades); el ectodermo, la capa más externa del esqueleto, que engloba piel, sistema nervioso y tejidos blandos, para el ectomorfo (busca la gratificación del sistema nervioso y cerebral).

La tipología de Sheldon tiene una ventaja sobre la de Kretschmer, y es que admite que no hay individuos puros salvo excepcionalmente, y que cada individuo debe ser evaluado con puntuaciones que reflejen su nivel de pertenencia a cada uno de los 3 tipos: la inmensa mayoría de los individuos son individuos mixtos, con rasgos pertenecientes a los 3 psicotipos, aunque siempre hay un tipo dominante.

Eysenck y la teoría factorial de la personalidad

De formación conductista, Eysenck se centró de nuevo en el estudio del temperamento recogiendo el legado de los clásicos Hipócrates y Galeno. Desarrolló su carrera en el Londres de después de la Segunda Guerra Mundial, tras exiliarse de su Alemania natal, sometida al nazismo. También la suya es una aproximación factorial sobre un conjunto cerrado de parámetros, en que sin embargo dejaba fuera de su enfoque a la expresión morfosomática de la psique, que consideraba un epifenómeno (contrariamente a Kretschmer y Sheldon, que consideraban el psicotipo un epifenómeno del biotipo).

En los años sesenta, Eysenck postuló dos dimensiones básicas que, por combinatoria, ofrecen los cuatro temperamentos básicos que establecieron los clásicos: extroversión/introversión, estabilidad/neuroticismo.

  • extrovertido estable (sanguíneo – cualidades: comunicativo, responsable, sociable, vivaz, despreocupado, líder)
  • extrovertido inestable (colérico – cualidades: sensible, inquieto, excitable, voluble, impulsivo, irresponsable)
  • introvertido estable (flemático – cualidades: calmado, ecuánime, confiable, controlado, pacífico, pensativo, cuidadoso, pasivo)
  • introvertido inestable (melancólico – cualidades: quieto, reservado, pesimista, sobrio, rígido, ansioso, temperamental).Imagen

Cuadro de equivalencias entre la tipología clásica de los 4 humores y las tipologías factorialess de Eysenck

Posteriormente Eysenck consideró necesario añadir una dimensión más a las 2 mencionadas anteriormente: psicoticismo/socialización

Teoría factorial actual de la personalidad, basada en los cinco grandes rasgos (the big five)

En los últimos 50 años, las aproximaciones a la personalidad han sido bastante eclécticas. Aunque las tipologías han seguido estando ahí como referente de fondo, generalmente se ha adoptado una perspectiva a partir de la noción de rasgo definida por Allport en 1936.

Allport se basó en el estudio lexicológico del inglés para reunir todos aquellos términos léxicos que designaban disposiciones o inclinaciones más o menos estables del ánimo y del estilo conductual de las personas (basándose en la la llamada hipótesis léxica, primero formulada por F. Galton a finales del s. XIX, casualmente primo de Darwin). En 1940 Allport listó más de 4.000 términos ingleses que cumplían esas características tras un concienzudo trabajo para adelgazar una lista original de 18.000, que luego redujo a una lista de 171 macrorasgos, cada uno de los cuales agrupaba decenas de rasgos de nivel inferior. Cattell1 posteriormente redujo esos 171 a 16 y creó el llamado test de personalidad 16PF, que llegó a aplicarse como test predictivo de personalidad y hoy en día aún está en vigor en algunas universidades americanas. En 1963 Norman2  redujo los 16 factores de Cattell a 5: los cinco grandes.

Entre 1965 y 1980, con el advenimiento de la psicología social, fue dominante entre la comunidad de teóricos la idea de que la personalidad era un espejismo, o en el mejor de los casos, un disfraz en el que el rol social alter- o auto-atribuido tenía un papel preponderante, y de que la conducta co-varía con la situación, y por tanto, no es un rasgo estable del sujeto. Pero desde 1980 el escenario ha dado de nuevo un vuelco, y existe cierto consenso teórico sobre que los rasgos centrales de la personalidad son sólo cinco, recuperando los llamados cinco grandes rasgos enunciados por Norman en los sesenta, cada uno de los cuales es bipolar, es decir, se mueve en un continuum cuyos extremos son dos antónimos:

Neuroticismo/estabilidad emocional; introversión/extroversión; apertura; amabilidad y responsabilidad. Cada uno de estos rasgos es medido, a su vez,  a partir de 6 subítems o dimensiones ulteriores.

Sin embargo, últimamente se han acumulado críticas al modelo factorial de los cinco grandes rasgos, si bien no están mayormente publicadas en medios académicos y se mantienen sumidas en un cierto oscurantismo. La primera crítica, de orden teórico, es que el modelo de los cinco factores es descriptivo, es decir, se basa en datos empíricos, pero no ofrece ninguna explicación teórica de por qué la realidad ostensible se muestra como la percebimos, de por qué hay correlaciones directas entre algunos rasgos e indirectas entre otros, o por qué algunos rasgos aparecen asociados en los individuos pero otros rasgos no lo hacen. Y ello nos retorna al título del artículo: ¿qué es lo que se esconde en nuestra psique que hace que los rasgos se manifiesten, asociados o desasociados, como lo hacen? ¿Cuál és el fondo de aquello que percibimos?

Otra de las más razonables objeciones al modelo es que los rasgos no son enteramente independientes unos de otros, y ello le resta validez estadística al modelo: por ejemplo, introversión y neuroticismo están, hasta donde hoy se sabe, directamente (co)relacionados.

Aún otra alegación es de naturaleza metodológica: confiar en el lenguaje, o sea, otorgar validez a la hipótesis léxica, como medio para fondear las profundidades de la psique, tal y como hizo Allport, no es en absoluto garantía de la ‘bondad’ del método: es bien sabido que el inglés tiene una riqueza léxica inmensa comparada con otras lenguas.

Recientemente se ha constatado, por ejemplo, que replicar la hipótesis léxica en húngaro no ofrece los mismos resultados que obtuvo Allport para el inglés: según los resultados obtenidos del húngaro, no existe entre los rasgos de la personalidad el de apertura. Y si trasponemos esa objeción y la aplicamos a las lenguas amerindias, por ejemplo, ¡podemos imaginarnos cuál sería el (deplorable) resultado!

De hecho, la teoría culturalista sobre el lenguaje propuesta por Sapir-Whorf durante las primeras décadas del s. XX, aunque después fuera en parte rebatida gracias al auge del universalismo en todas las disciplinas humanística, ilustra justamente la íntima co-dependencia del léxico de una lengua respecto del sistema cultural de la sociedad que la habla. En realidad, no sólo del léxico: incluso la sintaxis y el repertorio morfológico están mediatizados por los valores culturales que tiñen cada civilización, y viceversa. En definitiva, Sapir-Whorf ponían en primer plano de la discusión intelectual la imposibilidad de replicar transculturalmente de forma válida cualquier experimento lingüístico o psicológico (incluidos los controvertidos tests para medir el IQ) que recurrieran a la lengua como herramienta. Y esa sigue siendo una objeción crítica a la inmensa mayoría de experimentos sobre psicología: que lo que miden los tests y experimentos en realidad no es el cerebro, sino el moldeado que cada civilización cultural realiza sobre el cerebro de las personas sumergidas en ella.

Y para acabar, otra bien razonada objeción al modelo es que los cinco rasgos no abarcan la totalidad de componentes de la personalidad: por ejemplo, quedan fuera del modelo nociones como la religiosidad o espiritualidad, la honestidad, el sentido del humor y el conservadurismo, por citar algunas.

Retomando esta última característica mencionada, el conservadurismo, cabe destacar que en las últimas dos décadas, especialmente en los EUA, donde las ideologías políticas están totalmente polarizadas y excluyen casi al 100% cualquier menor disensión en el espectro, han florecido los estudios que tratan de encontrar correlaciones entre rasgos de personalidad e ideología en general, y rasgos de personalidad e ideología política en particular (no mencionaremos aquí qué motivos de fondo, ¡de nuevo la palabra!, pueden estar suscitando dicho interés) (se incluyen algunos enlaces al final del texto desde donde se pueden descargar los pdf de libre acceso). En cualquier caso, si existe algo como un rasgo de conservadurismo en la personalidad, sin duda será el elemento que medie para hallar una respuesta a la duda de si efectivamente se dan o no dichas correlaciones.

Ahora bien, debemos ser cautos: que exista correlación entre dos factores no implica que haya causación del uno sobre el otro: es lo que hemos llamado más arriba epifenómeno. La correlación a menudo está motivada por algún otro factor a diferente nivel que determina la manifestación simultánea de esos dos factores observables: el título de uno de los artículos descargables en pdf más abajo es muy elocuente al citar el nivel de ingresos como mediador en la correlación positiva entre conservadurismo político y ciertos rasgos de personalidad. Sirva este apunte de nuevo como ilustración de la objeción teorética incluida más arriba sobre el modelo de los cinco grandes rasgos de la personalidad. Sirva asimismo también de crítica a la prolijidad de estudios desatados últimamente para hallar las claves psicológicas que ‘expliquen’ el tinte político de los individuos.

Sea como fuere, no debemos extrañarnos por la curiosidad suscitada sobre la vinculación entre personalidad e ideología: sin duda, otros interrogantes más estúpidos que éste se han lanzado a la arena pública sin ningún pudor, tales como si existe el gen de dios o el gen del liberalismo:

Entrevista al genetista Dean Hamer: Los genes que regulan la personalidad

Entrevista al genetista y científico social James Fowler: Is there a ‘liberal gene’?

Habrá que estar atentos a los resultados que los nuevos estudios científicos arrojen. Entretanto, procuraremos mantener la sobriedad y la cautela y contener el entusiasmo y la diversión que la alegre proliferación de taxonomías (e interrogantes) y la fragmentación de los campos de estudio les produce a unos cuantos. Bien lo sabían los clásicos: divide y vencerás.

Ester Astudillo

 Notas

1.      Cattell, R. B. (October 1943). “The description of personality: Basic traits resolved into clusters”. Journal of Abnormal and Social Psychology 38 (4): 476–506

2.      Norman, W. T. (1963). “Toward an adequate taxonomy of personality attributes: Replicated factor structure in peer nomination personality ratings”. Journal of Abnormal and Social Psychology 66 (6): 574–583

Para saber más:

http://en.wikipedia.org/wiki/Big_Five_personality_traits

http://en.wikipedia.org/wiki/Lexical_hypothesis

http://www.ted.com/talks/david_pizarro_the_strange_politics_of_disgust.html

http://faculty.haas.berkeley.edu/tetlock/Vita/Philip%20Tetlock/Phil%20Tetlock/1977-1983/1983%20Cognitive%20Style%20and%20Political%20Ideology.pdf

http://www.psych.nyu.edu/jost/Carney,%20Jost,%20%26%20Gosling%20%282008%29%20The%20secret%20lives%20of%20liberals%20.pdf

http://jagiellonia.econ.columbia.edu/colloquia/political/papers/r_morton.pdf

http://sites.duke.edu/niou/files/2011/06/gerber-huber-etal.pdf

http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=1857533

¿Ser o ser cuerpo? (Reseña del libro “Diario de un cuerpo” de D. Pennac)

25 noviembre, 2012 Deja un comentario

Daniel PennacDiario de un cuerpo, Barcelona: Random House Mondadori, 2012, 323 páginas.

Diario de un cuerpo, en suma, viene a representar un espaldarazo a la (desde un tiempo a esta parte algo más que) intuición de que las emociones, tradicionalmente asociadas al espíritu o a la psique, están, muy al contrario, profundamente enraizadas en el cuerpo. De hecho, la etimología de emoción es reveladora: del lat. movere + prefijo e-, que significa movimiento interno originado desde fuera. La palabra visceral es, por ejemplo, mucho más transparente, puesto que representa de forma gráfica una inclinación temperamental a ciertas conductas cuyo origen se atribuye a las vísceras, al interior del cuerpo:

La incordiante vesícula del colérico, las explosivas coronarias del intemperante, el inevitable Alzheimer del misántropo: no sólo estamos enfermos, también somos culpables de estarlo.

Un libro divertido a veces, amargo otras, no exento de giros humorísticos, que consigue la difícil proeza de desnudar el cuerpo sin embrutecerlo y de denunciar sus miserias evitando la escatología. Como decía el poeta: “nunca es triste la verdad: lo que no tiene es remedio.”

Para leer la reseña completa visita nuestra web.

Ester Astudillo

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El «nosce te ipsum» más descabellado (Una meditación sobre el yo a la luz del libro “¿Quién manda aquí?” de Gazzaniga)

30 octubre, 2012 5 comentarios

¿Quién no se ha quedado estupefacto alguna que otra vez al ver refutada de forma irrebatible la versión que guarda de los hechos de un día cualquiera de su vida? El azar, las circunstancias de la vida, el destino, la suerte… nos enfrentan en ocasiones a una versión de los hechos de una secuencia de nuestra vida tan incontrovertible como irreconciliable con la versión que nosotros guardamos. De repente a nuestros pies se abre el abismo: ¿me estaré volviendo loca? ¿Es esto un sueño? ¿Lo fue aquella tarde cuando la memoria me dice que le di la vuelta a la llave antes de meterlas en el bolso y salir por el portal de casa? ¿Puedo o no puedo ya confiar en mi mente? Y si no puedo confiar en ella, ¿qué me queda? ¿En qué puedo confiar que sea más infalible que mi propia memoria? ¿Qué hay más allá de mi propio yo?

Lamentablemente, la respuesta es que nuestra memoria es cualquier cosa menos infalible. Del yo hablaremos más adelante. De hecho, la memoria no es infalible, sino todo lo contrario: es dúctil, sugestionable, selectiva, sesgada y marcadamente subjetiva –además de volátil y fácilmente disipativa. Y precisamente porque es dúctil tiende a engañarnos, a pesar de que esta afirmación tenga el aspecto de una paradoja. ¿Para qué habríamos desarrollado la portentosa herramienta de la memoria si no para confiar en ella y ayudarnos de su funcionamiento en nuestra vida, anticipando acontecimientos, trazando analogías, desarrollando inclinaciones, protegiéndonos de posibles peligros?

Desde luego, la memoria es una pieza clave de la inteligencia humana, y fue su valor adaptativo precisamente lo que le valió ser seleccionada por la naturaleza para autoperpetuarse mediante la reproducción de los especímenes con una memoria más sobresaliente. Pero saltar de esta tesis incuestionable sobre el valor adaptativo de la memoria a afirmar que la memoria ‘debe’ per se ser fiel a la ‘verdad’ hay tal trecho que representa casi un salto al vacío. Y eso sin entrar a cuestionarse el valor del término ‘verdad’, que en tiempos contemporáneos está en el centro del debate epistemológico. Vayamos por partes.

Es término habitual ya en psicología el de ‘falsos recuerdos’, que son sin embargo diferentes de los así llamados dejà vues, voz tomada del francés. Siendo diferentes, ambos fenómenos están relacionados con el funcionamiento de la memoria. Un ‘falso recuerdo’, a pesar de lo paradójico del término (¿cómo puede ser falso un recuerdo al que puedo acceder?, nos preguntamos), es la percepción de certeza que el sujeto tiene de haber experimentado en el pasado una secuencia de hechos en los que él intervino, hechos que es capaz de determinar y ordenar pero que, sin embargo, no superan el contraste con otras evidencias materiales que demuestran incontrovertiblemente su falsedad. En otras palabras: los hechos ocurrieron de forma distinta a la de la versión que el sujeto tiene de ellos y de su propia intervención, aunque no esté mintiendo ni pretenda engañar a nadie, ni siquiera a sí mismo. Em terminología clínica, está fabulando. ¿Por qué? Porque el cerebro humano está construido de forma que tiende a inferir la causalidad de los fenómenos que observa en su entorno.

Desde luego, podría alegarse que sería más adecuado el término ‘falsa creencia’ para designarlos, pero puesto que el sujeto cree que dicha versión forma parte de su experiencia pasada, se le aplica el término ‘falso recuerdo’. Así también queda salvado el escollo de que el término ‘falsa creencia’ está ya tomado con un matiz distinto: suele aplicarse en psicología a los estados mentales que subyacen a las creencias que tenemos de lo que ocurre en la mente de los demás, que pueden ser verdaderas (si aciertan) o falsas (si fallan), a su vez concepto estrechamente relacionado con la llamada ‘teoría de la mente’[1], propuesta por David Premack en 1978:

“… los seres humanos tienen la capacidad innata de comprender que los demás tienen una mente con deseos, intenciones, creencias y estados mentales distintos, así como la capacidad de formular teorías, con cierto grado de precisión, sobre dichos deseos, intenciones, creencias y estados mentales… Estamos programados para pensar de otra manera. Después de treinta años de investigaciones inteligentes en busca de una teoría de la mente en otros animales, no se han encontrado datos que respalden tal posibilidad. Parece presente en un grado limitado en los chimpacés, pero eso es todo, al menos por ahora.” (M. Gazzaniga. ¿Quién manda aquí? Barcelona: Paidós, 2012, pag. 195-196.)

El proceso de inscripción del falso recuerdo en la mente es por necesidad un proceso post-hoc, es decir, se realiza con posterioridad al momento en que la secuencia de hechos tiene lugar, y es plenamente inconsciente. En él tienen papel primordial el autoconcepto de la persona, su relación con los otros sujetos que intervienen en los hechos y muchísimos otros factores psicológicos personales imposibles de detallar aquí y que varían de caso en caso y de sujeto en sujeto. Pero es importante destacar que, puesto que el resultado de la inscripción del falso recuerdo en la mente es una distorsión de la realidad, mayormente tienen una función adaptativa, dirigida a  salvaguardar la propia autoestima. No en vano los falsos recuerdos, una vez desenmascarados, suelen beneficiar la ‘imagen’, bien pública, bien privada, de la persona en concreto, y evitan ponerla en entredicho, no sólo ante los demás, sino también ante sí misma. La vida cotidiana nos porporciona ejemplos constantemente

Y si tan frágil y volátil es el funcionamiento de la memoria, en marcado contraste con el convencimiento con que estamos dispuestos a defender su veracidad, ¿qué decir de la identidad del yo? ¿Qué sabemos de nosotros mismos? ¿Es confiable la visión propia que tenemos? ¿Qué hay de la introspección? ¿Del dictado de conocernos a nosotros mismos que nos legaron los antiguos con su nosce te ipsum? ¿Qué sabemos de nuestra percepción? ¿Es la percepción un reflejo fiel del entorno? ¿Debemos dar crédito a las sentencias a las que nos induce nuestra percepción? ¿No es acaso falso el corolario que nos induce a creer que el sol se mueve alrededor de la tierra, o que la tierra es plana? El conocimiento que poseemos de nosotros mismos, ¿no es acaso también perceptivo? Y si algunas percepciones son demostradamente ‘falsas’, tal como la ciencia ha confirmado, ¿no podrían serlo también las percepciones que aparentemente nos permiten acceder a nuestro interior, a nuestro hardware?

Estamos hechos para sobrevivir y reproducirnos en unas condiciones ambientales determinadas, y por supuesto no para indagar sobre las razones que nos han traído hasta aquí, ni sobre el sustrato maquinario que hace posible nuestra capacidad de adaptarnos,  de percibir y de hacernos preguntas. Sin embargo, la mente humana dio un giro inesperado al autoorganizarse de tal forma que posibilitara la conciencia y el acceso al conocimiento hasta cierto punto recursivo de que tenemos mente y cerebro, cosa que los animales ‘inferiores’ no saben. Y ahí yace el meollo de la cuestión. Que podamos indagar y preguntarnos por la mente y su funcionamiento no significa que los resultados que arrojen nuestras pesquisas sean ‘acertados’: la finalidad de la maquinaria no es esa, así que no deberíamos inducir que la eficiencia de la mente para un fin es transponible a otro fin distinto.

Que nuestra percepción sea o no reflejo fiel del mundo ha sido materia tradicional de estudio de la filosofía: desde los clásicos a la actualidad, los filósofos han tratado de establecer la naturaleza de la relación ‘recta’ entre los hombres y el mundo. Hoy día, es la mera existencia del mundo la que está en entredicho: el mundo puede no ser más que una ilusión, hablando literalmente y no sólo parafraseando a Calderón. Pero una ilusión ¿de quién? ¿Es el sujeto también una ilusión?

A Descartes el tema le quitaba el sueño y no cejó hasta creer demostrado que la existencia del sujeto pensante era la única verdad cierta de la que podemos partir para investigar el mundo. En la actualidad, dilucidar si el sujeto es ilusorio o real no le quita el sueño a nadie. Se parte del axioma de que la identidad y la conciencia son experiencias subjetivas y de que no hay forma de demostrar nuestra existencia más allá de dichos límites subjetivos y experienciales. Al fin y al cabo, Dios ha muerto y no nos es ya útil como sí se lo fue a Descartes, y el sujeto contemporáneo es un sujeto débil, así que bien está lo que bien acaba, parafraseando a Shakespeare.

La ciencia y la neurociencia se están aproximando a la mente-cerebro desde una perspectiva pragmática y local, digamos que materialista, partiendo de la base de que el cerebro crea la mente, si bien la mente acaba siendo algo más que el cerebro, excluyendo de esta tesis todo tipo de intervención espiritual y animista: es bien sabido que el todo es más que la suma de las partes. Si bien la comprensión de los procesos neurológicos que subyacen a los estados mentales –pero también a los procesos de adaptación, actuación y reacción del individuo-en-el-mundo- continúa generando interrogantes, la incertidumbre ahora se cierne en torno a nuevas paradojas, una vez superada la estupefacción que produce saber que tanto si existimos como si no, se trata de un detalle irrelevante.

La mente está constituida por ‘módulos’ que trabajan en serie y en paralelo, módulos altamente especializados y con funciones específicas, localizados en ubicaciones concretas a lo largo y ancho de la corteza cerebral. Ello no quita que la mente sea sumamente plástica, y que el cerebro pueda, ante el daño irreparable de un circuito cerebral concreto, habilitar otro circuito que supla la función que ha dejado de ejecutar el circuito dañado. La nefrología de Gall, del s. XIX, fue la primera aproximación científica a esa intuición del cerebro compartimentada y especializada, por más que ahora nos parezca un intento de descripción poco menos que chapucero. Las nuevas tecnologías por neuroimagen permiten visualizar el cerebro-en-ejecución en tiempo real, mientras realiza las funciones diversas para las que está habilitado, y el estudio de pacientes aquejados de diversas tipologías de daño cerebral está siendo clave en esa aproximación materialista de la mente.

Así, se ha llegado al convencimiento de que es de vital importancia que el cerebro esté subdividido en dos hemisferios, cada uno de ellos con una distribución típica de especializaciones y funciones. El hemisferio derecho es, salvo casos excepcionales, el especialista en facultades visuo-espaciales no verbales, las emociones y has habilidades artísticas, mientras que el izquierdo lo es en la lógica, el lenguaje, las habilidades visuoespaciales y el lenguaje. Dicha especialización lateral se llama ‘lateralización’, existente en mucho menor grado también en otros primates, y tiene su propia transposición al ‘soma’: el cuerpo también está lateralizado, con una de las mitades laterales más diestra que la otra. La oposición diestro/zurdo está relacionada con la dominancia de un hemisferio cerebral u otro en la lateralización del cuerpo. Los ambidextros son aquellas personas en que no hay una especialización del cerebro tan clara como en la inmensa mayoría de la población, pero son una minoría muy minoritaria.

Que el cerebro esté subdividido resulta crucial para su plasticidad: en realidad, no tenemos un cerebro sino dos, que están sin embargo unidos por gruesas fibras que forman el cuerpo calloso, que conecta ambas mitades y permite el traspaso de información vehiculada al cerebro por distintas vías corporales (visión, tacto, oído, etc.). Un ejemplo sencillo es el de la vista: la visión estereoscópica de los humanos, es decir, el poder ver en tres dimensiones calculando la profundidad de los objetos y la distancia respecto de nuestro cuerpo, depende de la visión binocular. La información que recibe un hemisferio a partir del ojo contrario se combina con la del otro hemisferio (y del otro ojo), y es gracias a la fusión de las dos informaciones que podemos inferir la profundidad y la distancia de los objetos, combinada con el hábito y la experiencia que la vida cotidiana proporcionan.

El cálculo de profundidad y distancia se ajusta y afina gracias a la información del tacto: tacto y visión estereoscópica son codependientes. Los bebés no ven en tres dimensiones porque aún no han tenido suficiente experiencia en alargar la mano y asir objetos como para poder desarrollar la pericia necesaria e inferir cálculos. Y los adultos, si nos tapamos un ojo, observaremos que sólo tenemos visión plana: nos falta la información del ojo tapado que pueda fluir a través del cuerpo calloso y que, unida a la del ojo funcional, nos permita inferir el cálculo de distancias.

Con esa distribución del cerebro en dos hemisferios y con el cuerpo calloso funcional, en caso de que una mitad del cerebro falle la otra mitad puede ‘compensar’ el fallo y suplir su funcionalidad dañada, por decirlo de forma sencilla. El estudio de casos de pacientes con cerebro escindido, en que no existe cuerpo calloso o en que este ha dejado de funcionar, se observan alteraciones de las funciones superiores que requieren la interconexión de ambos hemisferios y el trabajo en paralelo de las especializaciones de uno y otro. Por ejemplo la prosopagnosia, que consiste en la incapacidad para reconocer los rostros de las personas conocidas, incluido el propio.

Sin embargo, hay un dato que resulta sorprendente y que sume a los expertos, apenas recuperados del shock de la desaparición del sujeto, de nuevo en la estupefacción: sería esperable en pacientes con cerebro escindido algún tipo de disociación de la personalidad, un síndrome esquizofrénico, puesto que son dos cerebros no interconectados los que operan simultáneamente y no sólo uno. Pero no es eso lo que se observa: los datos no son congruentes. ¿Dónde reside el yo, el sentido de la identidad, que no parece afectado por ningún tipo de daño cerebral que imposibilite la funcionalidad del cuerpo calloso y la conectividad entre los hemisferios? Se dan casos de desconexión afectiva, de no reconocimiento facial, pero todos los pacientes afectados continúan creyéndose sí mismos, iguales a sí mismos, a pesar de otras evidentes ‘fracturas’ en su percepción, incluso en la percepción de su propio cuerpo, la llamada propiocepción. Algunos no reconocen como suyos sus propios miembros, típicamente un brazo o una mano. Sin embargo, incluso en esos casos los pacientes continúan manteniendo íntegra la sensación de unidad, continuidad y coherencia del yo.

Una de las hipótesis que se barajan es que el yo sea una ilusión, por otra parte una idea no tan nueva (ya Descartes concebía la certeza y la continuidad del yo como sensaciones psicológicas), y que el sustrato neurobiológico subyacente sea uno de los módulos en que el cerebro se autoorganiza, con una localización precisa y típica en la corteza cerebral. Algunos expertos, como Gazzaniga, han ido más lejos y le han dado incluso nombre: le han llamado el intérprete, y lo han localizado en el hemisferio izquierdo. Se trataría de esa porción de materia gris obsesionada por encontrar un sentido coherente a todo cuanto se percibe, tanto lo que proviene del mundo exterior como lo que sucede dentro. Es el intérprete el que guía nuestras percepciones, interpretaciones de lo que sucede, y guía también la inscripción en la mente de los recuerdos y las creencias. Y cuando no percibe lo suficiente… ¡entonces directamente inventa!

Sería, pues, el intérprete el que permite que tengamos por verdaderos recuerdos falsos –prioriza la versión de los hechos más congruente y beneficiosa para el propio sujeto-, y también responsable de que inscribamos como recuerdos hechos a los que demostradamente no hemos podido asistir. El estudio de causas judiciales por abusos sexuales a menores en EUA ha demostrado la maleabilidad de la mente y cómo resulta de ‘fácil’ la inscripción de falsos recuerdos que luego aparentemente ‘emergen’ y pueden llevar al encarcelamiento de los adultos presuntos agresores. Algunos de estos casos fueron revisados tras la sentencia y afortunadamente se desenmascaró que los acusadores habían sido objeto de un proceso de implantación de falsos recuerdos en la mente sin que ellos tuvieran ninguna conciencia del hecho.

Por otra parte, está establecido que la edad mínima para conservar recuerdos conscientes en la edad adulta ronda los 3 años. Cualquier ‘recuerdo’ anterior que preservemos de hecho no es un recuerdo, sino una creencia instaurada post-hoc en la mente por otras vías, como haber leído sobre el episodio al que uno cree haber asistido o, más típicamente, haber oído contar historias muchas veces sobre lo sucedido.

Son un caso típico los recuerdos tempranos: oír repetidamente a un padre o una madre relatar el mismo episodio en que uno es el protagonista propicia que el relato se inscriba como recuerdo sin que verdaderamente lo sea[2]. El intérprete se adueña de la situación, se pone al mando, y le sitúa a uno en el centro de la historia: si él fue el verdadero protagonista, según mamá o papá cuentan, ¿qué más coherente que poder recordar el episodio? Sin buscar el engaño de nadie, el resultado es que el intérprete pervierte la información a la que tiene acceso, y uno acaba convencido de poder recuperar de la memoria episodios de su historia en los que o bien nunca estuvo presente o, si lo estuvo, la versión que conserva es vicaria, de segunda mano.

El intérprete rellena huecos en el relato y en la propia personalidad, lagunas, vacíos, buscando maximizar la coherencia y la convergencia o consonancia de toda la información que la mente recibe a través de las múltiples vías perceptivas. De todas formas, uno puede alegar: ¿es este un detalle relevante?

Sí lo es. Lo es porque nos lleva directamente al núcleo del yo y de la identidad. De la misma forma que el intérprete distorsiona la inscripción de recuerdos y creencias inventando un pasado ficticio (con consecuencias de vital importancia en el campo de la criminología, por ejemplo), resulta cada vez más plausible que la experiencia de identidad y unicidad del yo sea también un producto de ficción del intérprete, hipótesis que sería congruente con las observaciones del funcionamiento de la mente en pacientes con cerebro escindido pero con la experiencia de identidad intacta.

Un ejemplo de funcionamiento del módulo intérprete que ilustra perfectamente la ingenuidad del nosce te ipsum son las siguientes citas, extraídas del último libro de M. Gazzaniga, ¿Quién manda aquí?:

“Ese USTED del que usted está tan orgulloso es un relato urdido por su módulo intérprete para explicar todos los aspectos de su conducta que es capaz de abarcar, y niega o racionaliza el resto.” (p. 137)

“El rechazo del incesto no es una conducta adquirida racionalmente ni una actitud inculcada por los padres… Se trata de un rasgo que ha selecionado la evolución porque en la mayor parte de las situaciones evita engendrar crías menos sanas como consecuencia de la endogamia… Sin embargo, el cerebro racional consciente no sabe que tenemos un sistema innato de rechazo del incesto. Lo único que sabe es que esos hermanos mantienen relaciones sexuales y eso no está bien. Cuando nos preguntan ¿Por qué no está bien? Nuestro intérprete… intenta explicarlo y se le ocurren muy diversas razones.” ( p. 205-6) [la cursiva es mía]

“… primero se produce la reacción ante el dilema, como consecuencia de una emoción moral inconsciente, y después se justifica en retrospectiva. Aquí interviene el intérprete, que propone una racionalización moral a través de la información procedente de la cultura, la familia, el aprendizaje y otros elementos del entorno del individuo.” (p. 209)

El ámbito de la cognición, el que a priori menos sometido está a la tiranía de la arbitrariedad de la emoción y del inconsciente, está también sesgado. En nuestro quehacer diario confiamos en lo que llamamos sentido común, que de hecho es el menos común de los sentidos, porque al que solemos recurrir para que nos ayude a menudo nos sesga y nos induce al error más que otra cosa, aunque no lo sepamos. Los errores en la apreciación de probabilidades, por ejemplo, son comunes no sólo en el hombre de a pie, sino en los profesionales con mayor formación de los que esperaríamos probidad en la emisión de jucios, como los médicos, los jueces y los altos ejecutivos. Se trata de ‘ilusiones cognitivas’ producto del sesgo del hábito mental y la confianza en una mal entendida intuición, en la que a veces confiamos en exceso.

De igual modo, también la función de toma de decisiones está siendo revelada cada vez más decididamente como vulnerable al saboteo del intérprete. La toma de decisiones pertenece claramente al cerebro superior, al neocórtex frontal, lóbulo prefrontal, y se considera una de las funciones ejecutivas, ultrasuperiores, que nos hace a los Sapiens humanos. En realidad, la aproximación neurocientífica revela que las decisiones racionales, incluso las tomadas en base a la cognición, son de hecho decididas antes de que intervenga el neocórtex ejecutivo, que actúa de nuevo post-hoc, racionalizando y justificando la elección que el intérprete ha tomado por ‘nosotros’, siguiendo las disposiciones favorables y/o desfavorables de nuestros gustos, simpatías, intuiciones e inclinaciones. Y todo ello, dentro de la esfera del inconsciente. La función de la cognición en la toma de decisiones cada vez se ve más relegada a un plano secundario, de justificación, autopersuasión y embellecimiento. En cualquier caso, se trata de una función claramente post-hoc, en contra de la consideración de alto ejecutivo que se ha defendido hasta recientemente. Gazzaniga dice al respecto:

“El cerebro actúa antes de que la persona sea consciente de ello. Y no sólo eso, sino que, a partir de la observación del escáner, se puede predecir lo que va a hacer. Las implicacines son asombrosas. Si las acciones se inician inconscientemente antes de que seamos conscientes del deseo de ejecutarlas, queda descartado el papel causal de la consciencia. La volición consciente, la idea de que uno desea que suceda una acción, es una ilusión.” (Ibid., p. 160)

“… gran parte de la función cerebral se lleva a cabo en el nivel inconsciente y una decisión se puede predecir varios segundos antes de que el sujeto decida conscientemente.”(Ibid., p. 243)

Pero creernos libres resulta muy adaptativo:

“No sólo creemos que controlamos nuestros actos sino que es bueno para todos mantener dicha creencia.” (Ibid., p. 145)

El libre albedrío, uno de los pilares en que se cimenta nuestra civilización occidental desde la Grecia antigua y que ha catapultado al estrellato al individualismo como motor de la sociedad, cae ahora en descrédito a medida que se desentrañan los estratos en que se autorganiza la mente humana. Sin embargo, aunque la nueva ciencia parezca apuntar al determinismo y a la causalidad, y por tanto a despojar al sujeto contemporáneo de atributos tradicionalmente inherentes a la humanidad como la libertad y la responsabilidad, la física, la nanotecnología y la comprensión de la organización de sistemas complejos tienen alegacions que presentar que rebajan el nivel de pesimismo de un pronóstico tan poco halagüeño para el hombre.

En definitiva, cuanto se está descubriendo sobre la naturaleza de la identidad y de los procesos que nos permiten actuar con inteligencia -prescindiendo de la inevitable interferencia del inconsciente-, además del estado de la cuestión del yo en la literatura científica, están arrojando resultados que me atrevo a calificar de poco halagadores para nuestras altas expectativas. Inteligentes, curiosos, perspicaces, imaginativos, creativos…  sí somos los humanos. Si bien en la misma medida somos también presuntuosos, cretinos y crédulos. Resulta encomiable que los padres fundadores de la civilización nos encomendaran con ejemplaridad desde Delfos el autoconocimiento como vía para una existencia armónica del individuo-en-el-mundo. A día de hoy, sin embargo, dudo que ninguno de ellos se reafirmara en tal recomendación sin arriesgarse a tener que escapar luego por la puerta de atrás del Oráculo… ¡y con el rabo entre las piernas!

Ester Astudillo

Para saber más:

M. Gazzaniga.  ¿Quién manda aquí?  El libre albedrío y la ciencia del cerebro. Barcelona: Paidós, 2012

M. Gazzaniga. El cerebro ético. Barcelona: Paidós, 2006

M. Gladwell. Inteligencia intuitiva: ¿por qué sabemos la verdad en dos segundos? Miami: Taurus, 2006

M. Piatelli-Palmarini. Los túneles de la mente. ¿Qué se esconde tras nuestros errores? Barcelona: Crítica, 2006

M. Mezernich, Plasticidad cerebral. Vídeo TED


[1]  Para una definición de la teoría de la mente véase en este blog la entrada “Conferencia de Francisco Rubia en Barcelona: bases neurológicas de la imitación y la empatía (CCCB, mayo 2012)”, en particular la nota 1.

[2]  Ver en este blog la reseña del libro de Ansermet y Magistretti A cada cual su cerebro, que aborda la relación entre psicoanálisis y neurociencias, y donde se describen diversas vías de inscripción de creencias y recuerdos en la mente.

Ser mujer sin adjetivos (Reseña del libro “El cerebro femenino” de L. Brizendine)

26 septiembre, 2012 2 comentarios

Louan Brizendine, El cerebro femenino, Barcelona, RBA, 2007, 288 pp.

Hay que valorar el acierto de la autora al tratar cuestiones que, indirectamente, ponen sobre la mesa la denuncia de que algunas políticas igualitaristas y/o ‘unisex’ lo que han conseguido negando lo obvio ha sido desmoronar estructuras y comportamientos sociales que tenían una razón de ser más allá de las acusaciones de ‘patriarcado’ argüidas por cierto feminismo. Desde luego, el hecho de que ciertos fenómenos tengan un origen o una explicación ‘natural’ no significa que los humanos no podamos modificarlos o cambiarlos, o que no estemos legitimados al menos a intentarlo. Ahí está la lucha titánica contra la muerte y la enfermedad, tan ‘naturales’ como la vida misma. Así que el hecho de que el padre fuera una figura ausente hasta hace 10.000 años no significa que la actual reivindicación de que se incopore realmente a la vida familiar sea contraproducente. Pero hay que saber lo que uno defiende y por qué, y también lo que se esconde detrás de las apariencias antes de emitir juicios demoledores o de activar políticas que puedan resultar catastróficas o, simplemente, ineficaces.

Es un libro muy accesible, de lectura fácil porque está escrito siguiendo la moda típicamente americana de intercalar lo anecdótico-personal con lo argumentativo, pero que no por ello, sin embargo, deja de fundamentarse en investigaciones serias y académicas que ofrecen total credibilidad científica (y cuyos contenidos habrá que contrastar con los del libro más reciente de Brizendine también, El cerebro masculino (2010), que próximamente reseñaré aquí).

Para leer la reseña completa visita nuestra web.

Ester Astudillo

Para saber más:

  • Programa de Redes dedicado al cerebro femenino, con entrevista a L. Brizendine incluida:

http://www.youtube.com/watch?v=n4j5eeHJcnc

  • Entrevista a L. Brizendine en la edición digital de la revista Muy interesante:

http://www.muyinteresante.es/louann-brizendine

Migrañas, temblores y demás rarezas neurológicas (Reseña del libro de S. Hustvedt “La mujer temblorosa”)

Husvedt, Siri, La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, Barcelona, Anagrama, 2010.

No se sorprenda nadie con este ‘doble’ título ni con la disociación psíquica a la que las palabras parecen atropelladamente querer dar salida. La misma autora, en las entrevistas concedidas a propósito de la publicación del ensayo, resalta que la fórmula es completamente deliberada, puesto que se trata de una historia personal narrada desde dos puntos de vista: desde fuera –de ahí la tercera persona, la mujer temblorosa, ella-, y desde dentro –yo, mis nervios.

La conclusión que Hustvedt sugiere con el final del libro, tras el periplo que nos dibuja a través de la literatura psiquiátrica clásica de los últimos 120 años y el estudio de casos, y como ya deja vislumbrar el título, es la necesaria alternancia entre las dos personas verbales sugeridas, el equilibrio entre las diferentes voces que asolan al sujeto: la voz propia y la de vos de ellos. El enfermo es él y su síntoma, además del diagnóstico, que siempre lo emite un tercero: el diagnóstico es la voz de un ellos que se distancia de la experiencia del sujeto. Pero independientemente del diagnóstico, el enfermo debe buscar el sentido de su síntoma para que deje de ser un ello molesto disociado del yo e integrarlo en su propia identidad. En definitiva, es necesaria una tercera voz como referencia, el diagnóstico, ciertamente, pero sólo hasta el punto en que es necesario también alzar la voz del yo. En la historia de migrañas de Hustvedt el punto de inflexión se produjo al dejar de considerarlas una invasión enemiga e integrarlas como parte indisociable de sí misma. Aunque siguió teniendo episodios migrañosos, su percepción del dolor disminuyó.

Hustvedt es, pues, la mujer de las migrañas crónicas, la mujer de las voces y las auras. Hustvedt es también, y de una vez por todas, la mujer temblorosa: ‘yo soy ella’ es la frase que la autora elige para cerrar el libro y resolver la incógnita que planea sobre las páginas desde el mismísimo título. Esa pregunta indirecta se responde en el último párrafo y se cierra así el círculo expositivo y emocional que constituye el grueso del ensayo. Un ensayo híbrido, a medio camino entre la memoria personal y la disertación científica que resulta por ello más ameno y amigable para el lector no especialista.

Ester Astudillo

Para leer la reseña completa visita nuestra web.

Referencias:

Damasio, A. El error de Descartes, Crítica 2006.

LeDoux, J. Synaptic Self, Viking 2002.

Rizzolati, G & C. Sinigaglia. Las neuronas espejo, Paidós 2006.

Para saber más:

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120521/54296298916/shelley-carson-cierta-herencia-genetica-predispone-a-ser-genio-o-loco.html

http://migraine.blogs.nytimes.com/2008/02/17/lifting-lights-and-little-people/

http://migraine.blogs.nytimes.com/2008/02/24/curioser-and-curiouser/

http://migraine.blogs.nytimes.com/2008/02/07/arms-at-rest/

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“Si se siente bien no se porta mal” (Entrevista a Rebeca Wild en La Contra de La Vanguardia, 03.01.2007)

14 febrero, 2012 1 comentario

http://www.herdereditorial.com/media/1586/contrawild.pdf

En esta Contra de La Vanguardia, que tiene ya unos años, Rebeca Wild, pedagoga y co-fundadora del singular proyecto educativo del Pesta, en Ecuador, sobre el que ya publicamos aquí una entrada hace unas semanas (El Pesta: un modelo de escuela para la neuroeducación), presenta su libro Libertad y límites (Herder, 2006) y hace un somero repaso a los que considera los principios básicos de la educación (exitosa) de los niños: una buena relación emocional con los padres.

Aunque es partidaria de una educación respestuosa con el niño y sus ritmos, se muestra tan crítica con el autoritarismo como con la tendencia cada vez más numerosa entre ciertos padres que dimiten de establecer ningún límite a sus hijos pensando que ello les hace democráticos y, por tanto, políticamente correctos. Los límites son necesarios, pero no hay que perder de vista las necesidades emocionales que se asocian a los estadios de desarrollo y maduración infantil y que deben poder ser respetados: estadios y ritmos respetados por un lado y necesidades cubiertas por el otro.

Wild viene en resumidas cuentas a afirmar algo muy simple e intuitivo: límites sí, pero también seguridad, estimulación, libertad y vínculos. No vendamos nuestra alma de humanos para construir a cambio eficaces autómatas perfectamente adaptados, nos advierte. Sería un pacto sencillamente desastroso.

Ester Astudillo