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Sueño y aprendizaje

En el futuro habrá toda clase de formas nuevas y

radicalmente distintas que permitan incrementar

 el potencial  del cerebro para aprender.

Sarah-Jayne Blakemore

Pasamos una tercera parte de nuestra vida durmiendo y aunque creíamos que el sueño nos permitía descansar después de la actividad realizada en el estado de vigilia, actualmente sabemos que constituye un proceso de gran actividad mental y corporal imprescindible para el aprendizaje. La falta de sueño perjudica la memoria, la atención, el razonamiento lógico, las habilidades motoras o el humor, todos ellos factores críticos en los procesos educativos de enseñanza y aprendizaje. En el siguiente artículo, revisamos algún estudio relevante que investiga estas cuestiones y analizamos la información que nos suministran los adolescentes sobre el sueño en una etapa que se ve afectada debido a toda una serie de cambios hormonales.

Fases del sueño y consolidación de la memoria

El sueño constituye una necesidad biológica provocada activamente por nuestro cerebro. Sabemos que  no es un estado uniforme porque la activación cerebral sigue una serie de ciclos pasando de un sueño ligero a uno profundo, luego a otro ligero, para acabar con uno activo y repetirse el proceso. Los neurocientíficos hablan de dos estados cerebrales principales durante el sueño (ver figura 1): uno de ondas lentas y otro en el que el cerebro está muy activo (fase REM en inglés) que es en el que soñamos  de forma frecuente e intensa y que recuerda al estado de vigilia.

Figura 1

Diversas investigaciones han demostrado la importancia del sueño en la consolidación de la memoria y en la integración de los contenidos novedosos en los ya conocidos. Manfred Spitzer hace una analogía interesante del proceso que se lleva a cabo (Spitzer, 2013): “se vacía un buzón lleno de cartas (memoria temporal del hipocampo); las cartas son depositadas en una carpeta (corteza cerebral) y, a continuación, se suceden el procesamiento y las respuestas a las cartas (fase REM del sueño).”

Y muchos estudios han revelado también que la privación de sueño afecta negativamente al aprendizaje. El proceso gradual de aprendizaje de una determinada tarea puede verse muy mermado si al aprendiz se le impide dormir la noche posterior a la última sesión de entrenamiento. El rendimiento mostrado al día siguiente baja drásticamente (ver figura 2).

Figura 2

El sueño facilita el insight

Otros estudios han demostrado la importancia de un sueño adecuado para mejorar de forma significativa el pensamiento creativo. En uno en concreto, se planteó una serie de problemas matemáticos a un grupo de estudiantes y se les enseñó un método para resolverlos. Sin embargo, no se les advirtió que existía una solución oculta rápida e ingeniosa (el insight o ¡eureka!) que podían descubrir durante el proceso de resolución. La cuestión es cómo favorecer la aparición de este tipo de ideas felices.

Los investigadores observaron que 12 horas después del entrenamiento inicial, un 20% de los estudiantes eran capaces de descubrir la solución rápida, sin embargo, si en ese período de tiempo se les permitía dormir unas ocho horas, la cifra se triplicaba y un 60% del alumnado encontraba la solución creativa (ver figura 3).

Figura 3

Alondras y lechuzas

En un estudio en el que se quería analizar la incidencia del sueño en la mortalidad, se definió al 29% de los participantes como alondras porque se acostaban antes de las 11 pm y se levantaban antes de las 8 am y al 26% como lechuzas por seguir hábitos contrarios (Gale y Martin, 1998). Estudios posteriores han confirmado que las personas nos caracterizamos por tener un determinado cronotipo o reloj interno (Mora, 2013). Así podemos hablar, en general, de que las personas con el cronotipo “alondra”  son más productivas trabajando en las primeras horas del día, mientras que las que tienen el cronotipo “lechuza” lo son en horarios tardíos, constituyendo ambos grupos extremos en torno al 30% de la población. Lo cierto es que aunque las necesidades de sueño en las personas varía considerablemente, en los adolescentes hay una tendencia hacia el cronotipo “lechuza”. Se cree que el cerebro del adolescente requiere dormir más horas porque hormonas asociadas al sueño como la melatonina alcanzan niveles mayores en esa franja de edad (Medina, 2009).

¿Y los adolescentes qué opinan?

Quisimos preguntar una serie de cuestiones relacionadas con los hábitos de sueño a un grupo de 21 adolescentes que están cursando primero de bachillerato. Mostramos, a continuación, algunas de las preguntas planteadas y los resultados obtenidos:

Tabla 1

Observamos que aunque los estudios demuestran que el adolescente requiere más horas de sueño que un adulto normal (seguramente, a partir de 9 horas), el 90% de la muestra analizada duerme 8 horas o menos y, en concreto, el 43% duerme 7 horas o menos. Sin embargo, el 81 % de los alumnos asume que debería dormir un mínimo de 8 horas al día, más que lo que duermen pero menos de lo que las investigaciones sugieren, lo cual indica falta de información sobre las necesidades reales.

Tabla 2

Sólo el 19 % de los alumnos se acuestan a una hora más en consonancia con el horario escolar del día siguiente. En concreto, el grupo analizado comienza las clases a las 8 am tres días a la semana, mientras que los otros días lo hacen una hora más tarde. En este segundo caso, a diferencia del primero, continúan el horario escolar por la tarde de 3 pm a 5 pm habiendo finalizado la sesión matinal a las 2 pm. La gran mayoría de los alumnos no son partidarios de este horario por la tarde porque consideran que es más difícil concentrase en las tareas académicas debido al cansancio acumulado.

Respecto a la presencia de aparatos electrónicos encendidos en la habitación en la que duermen, el 76% reconocen la presencia de algún dispositivo, mayoritariamente el móvil (prácticamente todos disponen de conexión a internet en el mismo).

Tabla 3

La gran mayoría de alumnos (81%) reconocen sentirse cansados por la mañana de forma ocasional o general y, aunque pueda parecer contradictorio, el 71%  manifiesta no tener ningún problema de sueño durante el horario escolar (los que sí los padecen están asociados a fármacos utilizados en el tratamiento, mayoritariamente, de determinados trastornos de aprendizaje). Sea como fuere, si el alumno se muestra cansado difícilmente podrá favorecerse el proceso de aprendizaje.

Conclusiones finales

Los adolescentes deberían irse a dormir antes pero simplemente no pueden y su proceso de aprendizaje en la escuela se ve perjudicado, en muchas ocasiones, por el cansancio generado por la falta de sueño. La implicación educativa directa de esta situación sería la de retrasar el horario escolar, lo que ocurre es que esta solución natural hace difícil conciliar los horarios laborables de las familias o incluso los de actividades extraescolares de los propios alumnos entre otras razones (Willingham, 2012). Sin embargo, diferentes estudios avalan esta medida. Un cambio del horario de entrada en escuelas de secundaria en Estados Unidos de 7:15 a 8:40 de la mañana conllevó que los alumnos mejoraran su asistencia y su estado físico y anímico durante las clases (Wahlstrom, 2002). En otro estudio, los resultados académicos de escuelas que habían retrasado sus horarios de entrada fueron mejores  respecto a otras que los habían adelantado (Edwards, 2012). Y finalmente, en un tercero se comprobó que retrasando 50 minutos el horario escolar se obtuvieron mejoras en los rendimientos académicos de los alumnos (Carrell et al., 2011).

Lo cierto es que si queremos optimizar los procesos de enseñanza y aprendizaje el alumno ha de estar despierto en el aula y para ello ha de dormir las horas necesarias, no sólo para mostrarse activo, sino también para consolidar por la noche la información recibida durante el día, es decir, para aprender. Es nuestra obligación seguir divulgando a través de la neuroeducación todos estos procesos. Los nuevos tiempos requieren nuevas soluciones.

Jesús C. Guillén

 

Bibliografía

1. Blakemore, Sarah-Jayne y  Frith, Uta (2011). Cómo aprende el cerebro, las claves para la educación. Ariel.

2. Carrel S. et al. (2011): “A’s from Zzzz’s? The causal effect of school start time on the academic      achievement of adolescents”. American Economic Journal: Economic Policy, 3.

3. Edwards, F. (2012): “Early to rise? The effect of daily start times on academic performance”. Economics of Education Review, 31.

4. Gale, G. y Martin C. (1998): “Larks and owls, and health, wealth, and wisdom”. British Med J. 317.

5. Jensen, Eric y Snider, Carol (2013). Turnaround tools for the teenage brain. Jossey-Bass.

6. Medina, John (2009). Brain rules: 12 Principles for surviving and thriving at work, home and school. Pear Press.

7. Mora, Francisco (2013). Neuroeducación: sólo se puede aprender aquello que se ama. Alianza Editorial.

8. Spitzer, Manfred (2013). Demencia digital. Ediciones B.

9. Stickgold, R., James, L. T. y Hobson, A. (2000): “Visual discrimination learning requires sleep after training”. Nature Neuroscience, 3.

10. Wagner, U. et al. (2004): “Sleep inspires insight”. Nature, 427.

11. Wahlstrom, K. (2002): “Changing times: findings from the first longitudinal study of later high school star times”. NASSP Bulletin, 86.

12. Willingham, D. (2012): “Are sleepy students learning?”. American Educator, 35.

 

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Categorías:Educación, Neurociencia Etiquetas: ,
  1. 11 mayo, 2014 en 23:43

    Reblogueó esto en Desde mi Salón.

  2. Guillermo Salinas Talavera
    14 mayo, 2014 en 0:54

    Efectivamente, existen instituciones educativas cuyo ingreso es después de tres horas de haberse despertado el estudiante, lo cual significa que repercutirá en sus procesos cognoscitivos y aprendizaje por estos hallazgos.

    • Jesús C. Guillén
      17 mayo, 2014 en 17:30

      Cierto Guillermo. Lo importante es ir encontrando soluciones realmente útiles que permitan optimizar los procesos de enseñanza y aprendizaje y no hacer las cosas, como he oído muchas veces, “porque siempre se han hecho así”.

  3. 16 mayo, 2014 en 9:38

    Muy interesante. Creo que soy una lechuza, pero también que acuso dificultades para dormir asociadas a la edad, pero eso ya no tiene remedio. Un saludo.

    • Jesús C. Guillén
      17 mayo, 2014 en 17:39

      Lo cierto es que la cuestión es algo más complicada debido a factores culturales o geográficos, por lo que los cronotipos no son permanentes a lo largo de la vida. Casi todo tiene remedio Josep, al menos parcialmente.

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