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Aplicación del perfil emocional del cerebro a la acción tutorial

La psicología establece diversas clasificaciones que permiten explicar los diferentes rasgos de personalidad y tipos de temperamento. Desde la perspectiva de la neurociencia, Richard J. Davidson, basándose en diferentes estudios sobre las bases neurales de la emoción, ha creado una clasificación alternativa de nuestro perfil emocional en seis dimensiones que guardan una relación directa con distintos sistemas cerebrales: resiliencia, actitud, intuición social, autoconciencia, sensibilidad al contexto y atención.1 Lo novedoso radica en el hecho de que, aunque exista un condicionamiento genético y una clara influencia de los primeros años de vida en la conformación de los circuitos neuronales, nuestro esfuerzo consciente puede alterar el perfil emocional. Mediante el fenómeno conocido de la neuroplasticidad y con la aplicación de estrategias sencillas, nuestro cerebro puede cambiar.2

Desde la perspectiva educativa, esto tiene una gran influencia porque constituye un soporte empírico a la educación emocional que es tan importante o más en el desarrollo de la persona que la educación meramente académica. En el siguiente artículo aprovechamos la clasificación e identificación utilizada por Davidson sobre los diferentes factores que afectan al perfil emocional para obtener información útil que  permita orientar el plan de acción tutorial y tenga en cuenta la individualidad.

Las emociones sí importan

La moderna neurociencia, concentrada en investigaciones de autores relevantes como Antonio Damasio o Joseph Ledoux, considera  las emociones como reacciones corporales automáticas que se producen en conductas específicas y que tienen una función adaptativa.3 Debido a su gran influencia en la toma de decisiones y en las relaciones sociales, el proceso de enseñanza y aprendizaje emocional resulta imprescindible.

La educación emocional es un proceso continuo que tiene como objetivo contribuir a la mejora del individuo a nivel personal y en sus relaciones con los demás. Una adquisición de competencias que permite afrontar los desafíos cotidianos, en consonancia con el aprendizaje para la vida que tan a menudo comentamos.

Los programas de educación emocional favorecen el desarrollo integral del alumno a través de mejores comportamientos, actitudes más positivas y resultados académicos más satisfactorios.4

El profesor que desee realizar proyectos para mejorar la educación emocional de sus alumnos debe creer en la importancia de la misma (ha de complementar a la educación cognitiva) y tener la formación adecuada. Es evidente que, para optimizar los resultados, el profesor debe conocer a sus alumnos. Y para ello, la educación tiene que sustentarse en la propia investigación del docente, que ha de estar cimentada en resultados empíricos fiables y no en simples conjeturas condicionadas por convicciones arraigadas.

El perfil emocional según R. Davidson5

Richard Davidson considera el perfil emocional como una forma consecuente de responder a las experiencias vitales que influye en los estados emocionales (emociones efímeras que duran segundos), estados de ánimo (sentimientos persistentes que pueden durar minutos y horas) y rasgos emocionales (sentimientos que nos caracterizan que pueden durar años). Los perfiles emocionales son los elementos constitutivos fundamentales de nuestra vida emocional y, a diferencia de la personalidad, pueden basarse en circuitos cerebrales específicos que podemos identificar. A continuación, resumimos las seis dimensiones que utiliza Davidson para clasificar el perfil emocional:

  • Resiliencia: capacidad humana para recuperarse de la adversidad.
  • Actitud: tiempo que somos capaces de mantener las emociones positivas.
  • Intuición social: facilidad para captar los mensajes sociales emitidos por las personas con las que nos relacionamos.
  • Autoconciencia: cómo percibimos los sentimientos corporales.
  • Sensibilidad al contexto: forma de regular nuestras respuestas emocionales en respuesta al contexto en el que nos encontramos.
  • Atención: facilidad con la que nos concentramos.

Cada dimensión del perfil emocional describe un continuo y cada persona puede ocupar una región concreta del mismo que, como veremos posteriormente, se podrá evaluar mediante una serie de tests concretos. Respecto a las regiones cerebrales involucradas, pondremos ejemplos concretos que nos revelan las técnicas de visualización cerebral:

1) Las personas con actitud más positiva muestran mayor actividad  en la conexión entre la corteza prefrontal y el núcleo accumbens (en el cuerpo estriado ventral, ver figura), regiones  que intervienen en el circuito de recompensa.

2) Los cerebros socialmente intuitivos se caracterizan por una elevada actividad en la circunvolución fusiforme y una actividad baja en la amígdala.

3) Las personas con mayor autoconciencia presentan una activación más elevada de la ínsula.

4)  La sensibilidad al contexto es mayor en personas con una activación del hipocampo más alta.

5) En las personas con mayor capacidad para soportar la frustración la activación de la corteza prefrontal es mucho mayor en la parte izquierda que no en la derecha.

Como podemos comprobar, en los procesos emocionales intervienen prácticamente todas las regiones cerebrales, o bien se ven afectadas por ellas.

Valoración del perfil emocional: aplicaciones prácticas

A continuación elegimos dos de las seis dimensiones que caracterizan al perfil emocional, la atención y la resiliencia, que nos sirven como ejemplo para orientar la acción tutorial. La elección de estas dos dimensiones se debe a que  las consideramos especialmente relevantes en el proceso de aprendizaje, aunque para obtener una información global sobre el perfil emocional este estudio habría que realizarlo con las seis dimensiones.

Atención

La valoración de las diferentes dimensiones del perfil emocional se puede realizar mediante unos cuestionarios que conllevan unas puntuaciones concretas. Presentamos una adaptación para alumnos de Secundaria del test propuesto por Davidson referido a la atención.6 Se ha de responder verdadero o falso mediante un juicio rápido. Las puntuaciones las damos al final:

1. Puedo concentrarme en un entorno con mucho ruido.

2. Cuando me encuentro en una situación en la que ocurren muchas cosas y es mucha la estimulación sensorial como, por ejemplo, en una fiesta o entre el gentío en un aeropuerto, no pierdo el hilo de mis pensamientos sobre una cosa particular que veo.

3. Si decido centrar mi atención en una tarea particular, considero que puedo seguir centrado en ella en estos ambientes.

4. Si estoy en casa tratando de estudiar, los ruidos del televisor o de otras personas me distraen mucho.

5. Considero que si me siento tranquilamente un momento, una avalancha de pensamientos entran en mi mente y acabo siguiendo múltiples hilos de pensamientos, a menudo sin saber cómo empezaba cada uno de ellos.

6. Si un acontecimiento inesperado me distrae, vuelvo a centrar mi atención en lo que estaba haciendo.

7. Durante períodos de relativa tranquilidad, como por ejemplo cuando estoy sentado en el tren o en el autobús o haciendo cola en una tienda, me fijo en multitud de cosas que tengo  a mi alrededor.

8. Cuando un trabajo importante que debo hacer en solitario requiere de mí una atención plena y centrada, procuro trabajar en el lugar más tranquilo que puedo encontrar.

9. Los estímulos y sucesos que se producen a mi alrededor tienden a captar mi atención, y cuando esto sucede me resulta difícil desconectarme.

10. Tengo cierta facilidad para hablar con otra persona en una situación en la que hay mucha gente como en una fiesta. Puedo desconectar de lo que otros dicen en un entorno con mucha gente, aunque, si me concentro, puedo entender lo que dicen.

La puntuación se asigna de la forma siguiente: un punto por cada respuesta que se haya considerado verdadera en las preguntas 1, 2, 3, 6, 7 y 10; un punto también  las respuestas falsas en las preguntas 4, 5, 8 y 9; en cambio, puntúan cero puntos las respuestas falsas en las preguntas 1,2, 3, 6, 7, 10, así como  las respuestas verdaderas en las preguntas 4, 5, 8 y 9. Si la puntuación total es mayor o igual a ocho puntos, nos indica que la atención es centrada, sin embargo, si la puntuación es menor o igual que tres puntos significa que el perfil de la atención es disperso.

Cuestionarios semejantes se utilizan para valorar el resto de dimensiones y disponer así de información útil para conocer y, si se desea, cambiar nuestro perfil emocional. Evidentemente, hay que relativizar la información obtenida mediante cuestionarios simplificados como el presentado, pero los extremos en la puntuación sí que pueden aportarnos información útil.

Analicemos los resultados obtenidos por un grupo de 23 alumnos que cursan segundo de bachillerato (curso preuniversitario en España) en el cuestionario sobre la atención:

Como podemos interpretar a partir del gráfico anterior, la gran mayoría de este grupo  (65%) se encuentra en un perfil intermedio de la atención (entre 4 y 6 puntos) con un ligero desplazamiento  hacia el extremo de atención dispersa (el promedio es de 5,3 puntos). Hay algunos alumnos (17%)  que entran en el rango correspondiente al perfil centrado de la atención (8 puntos o más).Y, por último, hay 3 alumnos (13% de la muestra) que manifiestan una tendencia hacia el perfil atencional disperso. A estos tres alumnos se les había diagnosticado TDAH, por lo que los resultados del test fueron concordantes en este sentido. Curiosamente, dos de estos alumnos compartían pupitre y los resultados obtenidos en los test sugerían que esto podía ser contraproducente. El perfil atencional propio de estos alumnos requiere una consideración especial.

También podemos obtener información relevante analizando las puntuaciones en preguntas concretas. Por ejemplo, el 65% de los alumnos respondieron de forma negativa a la pregunta 1 (puedo concentrarme en un entorno con mucho ruido), y el mismo porcentaje se dio en las respuestas afirmativas referidas a la pregunta 4 (…el ruido del televisor me distrae mucho) lo que indica la necesidad de que estos alumnos dispongan de un entorno relajado para poder estudiar. La atención, uno de los factores críticos del aprendizaje, mantiene una relación directa con la emoción7 y podemos concentrarnos mejor si somos capaces de mantener un equilibrio interno estable.

Resiliencia

Otra de las dimensiones con importantes aplicaciones educativas es la resiliencia. Somos conscientes de que las ideas que tienen  los alumnos sobre su capacidad para afrontar las tareas o problemas influyen de forma decisiva en su comportamiento. Los que tengan una baja autoestima pueden desanimarse con mayor facilidad.

A continuación presentamos nuestra adaptación del cuestionario de Davidson sobre la resiliencia8 para alumnos de Secundaria:

1. Si tengo una discrepancia menor con un hermano o amigo personal, más del estilo “No, te toca a ti lavar los platos”, que “¡Me has engañado!”, el mal humor por regla general me dura horas o más.

2. Si otro conductor utiliza el arcén para adelantar a una larga cola de coches que aguardan su turno para pasar e incorporarse al carril de la autopista, lo más probable es que sacuda la cabeza y no que esté furioso mucho tiempo.

3. Cuando he sentido un dolor profundo, como la muerte de alguien allegado, eso ha afectado durante meses  mi capacidad de funcionar.

4. Si cometo un error, falta o equivocación en el trabajo y me reprenden por ello, le quito importancia y lo considero una manera de aprender.

5. Si pruebo un nuevo restaurante y la comida me parece horrible y el servicio no es correcto, eso me estropea la velada.

6. Si me encuentro un atasco de tráfico causado por un accidente que se ha producido más adelante, cuando dejo atrás el embotellamiento en general piso a fondo el acelerador para desahogar mi frustración, pero sigo furioso por dentro.

7. Si se estropea el calentador del agua en casa, no afecta mucho a mi estado de ánimo, porque sé que se puede llamar al fontanero y solucionar el problema.

8. Si conozco a una chica (o a un chico) que considero maravilloso y le pregunto si le gustaría que nos volviéramos a ver, cuando me dicen que no suelo ponerme de mal humor durante horas o incluso días.

9. Si me están considerando para un premio y acaban concediéndoselo a alguien que considero menos cualificado, el enojo en general se me pasa pronto.

10. En una fiesta, si estoy conversando con un extraño que me parece interesante y me quedo mudo cuando esa persona me pregunta cosas sobre mí, tiendo a repetir la conversación –en esta ocasión incluyendo lo que debería haber dicho- durante horas o incluso días después.

Siguiendo con el grupo anterior de 23 alumnos, los resultados correspondientes al cuestionario sobre resiliencia fueron los siguientes:

Las puntuaciones mayores o iguales a ocho puntos sugieren que uno es lento en recuperarse, mientras que si la puntuación obtenida es menor o igual que dos puntos, ello indica que la persona tiene una resiliencia alta, es decir, se recupera con facilidad.

La interpretación del gráfico anterior nos permite deducir que la gran mayoría del alumnado (78%) se encuentra en un perfil de resiliencia medio-alto (entre 1 y 3 puntos, siendo el promedio de 2,6), en concreto, el 57% de los alumnos se encuentran en el rango de resiliencia alta (2 puntos o menos). Estos resultados indican que, en general, el grupo tiene una resistencia alta pero para superar retos concretos ha de ser complementada por la motivación adecuada.

En el extremo opuesto, encontramos un alumno con una puntuación (8 puntos) en el rango de resiliencia baja. Ello indica que deberemos ser especialmente cuidadosos en la interacción diaria con este alumno y, sobretodo, en la interpretación de los resultados académicos. Si siempre debe existir una visión positiva y optimista sobre la evolución del alumno, en este caso todavía más.

Conclusiones finales

La moderna neurociencia ha establecido que cada uno de nosotros nos enfrentamos a las situaciones que nos plantea la vida mediante una combinación de seis dimensiones que constituyen nuestro perfil emocional. Eso no implica que debamos poseer un determinado perfil emocional. Sin embargo, asumiendo la diversidad de cada persona, puede ser útil cambiar alguna de las dimensiones si eso nos permite mejorar en determinadas situaciones. Y el cambio es posible.9 Existen muchos programas educativos en los que, a partir de un desarrollo de habilidades sociales y emocionales adecuadas, los alumnos aprenden a controlar las emociones, a relacionarse mejor con los demás, a optimizar la autoestima y, en general, a mejorar su bienestar. Y, muchas veces, los beneficios emocionales van acompañados de beneficios cognitivos.

Desde la perspectiva educativa, estas investigaciones  resultan muy importantes porque facilitan a los docentes pautas orientativas para enfocar de forma adecuada la actividad tutorial. La valoración de los alumnos se sustenta así en hechos concretos que deben desplazar los prejuicios y sesgos que muchas veces intervienen en la acción tutorial.

Para conocer a nuestros alumnos hemos de conocer cómo funciona el órgano responsable de su aprendizaje: el cerebro. La confluencia de la neurociencia y la educación abre nuevos horizontes repletos de optimismo.

Jesús C. Guillén

1Richard Davidson es un reconocido neurocientífico que, actualmente, dirige el Center for Investigating Healthy Minds de la Universidad de Wisconsin:

http://www.investigatinghealthyminds.org/

Aunque sus treinta años de investigación en la neurociencia afectiva se han plasmado en una gran cantidad de artículos de investigación, ha publicado una obra en la que sintetiza gran parte de las mismas y en la que explica su clasificación sobre el perfil emocional:

Davidson, Richard, Begley, Sharon, El perfil emocional de tu cerebro, Destino, 2012.

Esta obra nos ha servido de referencia para escribir este artículo.

2Para más información sobre la importancia de la neuroplasticidad leer:

https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2012/10/04/neuroplasticidad-un-nuevo-paradigma-para-la-educacion/

3 Para complementar la información leer:

Damasio, Antonio, En busca de Spinoza: neurobiología de la emoción y los sentimientos, Crítica, 2005.

4 Se pueden encontrar diversos ejemplos en:

Lantieri, Linda, Inteligencia emocional infantil y juvenil, Aguilar, 2009.

5 Davidson, Richard, Begley, Sharon, El perfil emocional de tu cerebro, Destino, 2012.

6 Davidson, Richard, Begley, Sharon, El perfil emocional de tu cerebro, Destino, 2012, pág. 116-117.

7Aunque pueda parecer extraño considerar la atención (se considera habitualmente como un    componente de la capacidad cognitiva) como una de las dimensiones del perfil emocional, existe una relación directa entre las distracciones emocionales y las distracciones de carácter  sensorial. Para más información sobre la relación entre cognición y emoción, consultar el  apartado Memoria y emociones del artículo anterior La memoria: un recurso fundamental:

https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2012/07/13/la-memoria-un-recurso-fundamental-2/

8 Davidson, Richard, Begley, Sharon, El perfil emocional de tu cerebro, Destino, 2012, pág. 93.

9 Las investigaciones de Davidson sugieren que la meditación aporta mejoras en determinados circuitos cerebrales que posibilitan cambios en el perfil emocional. Los practicantes disminuyen su estrés, mejoran la concentración y son capaces de generar más emociones positivas y gestionar mejor las negativas. Para más información, ver el enlace de la nota 2.

Para saber más:

Agulló M.J., Filella G., García E., López E., Rafael Bisquerra (Coord.), La educación emocional en la práctica, Horsori, 2010.

  1. Félix Pardo Vallejo
    1 diciembre, 2012 en 20:32

    La investigación en el aula es una actividad fundamental para la orientación del profesor. Y sobre todo para el tutor. Más veces de lo que sería razonable pienso que muchos tutores olvidan que la educación es una ciencia social y como toda ciencia se tienen que atener a los hechos, no dejándose llevar por simples impresiones. Y los hechos significativos no se encuentran por azar, sino que se obtienen como resultado de una sistemática investigación. No soy partidario de convertir las aulas en laboratorios de pedagogía ni las escuelas en centros de experimentación. Porque toda intervención en el entorno educativo que no guarde cierta medida puede generar confusión tanto a los alumnos como a los docentes. Me parece prudente que exista una rotación de aulas y escuelas en la investigación educativa, así como que existan unos centros de experimentación con alumnos, docentes y equipos directivos que vayan reemplazándose en función del tipo de estudio. Pero el otro extremo me parece tanto o más perjudicial. Un tutor no puede valorar a sus alumnos con meras observaciones superficiales y es del todo inaceptable que llegue a etiquetar a esos mismo alumnos en base a intuiciones que no se han confrontado con los resultados de algún estudio empírico, y que en consecuencia alimentan unos juicios de valor que influirán en la percepción que el resto de profesores tenga de los alumnos así juzgados. El primer paso que debería darse en la acción tutorial debería ser omitir fantasiosas hipótesis sobre los alumnos y basarse en la realidad de sus perfiles cognitivos y emocionales.

    El artículo de Jesús es de gran ayuda en este sentido. Llama la atención por su aparente simplicidad. Con unos sencillos cuestionarios y un elemental aparato estadístico podemos registrar el perfil emocional de los alumnos, obteniendo así una valiosa información sobre su personalidad y conducta. Naturalmente con unos cuestionarios tan sencillos y sin estudios longitudinales no resultan suficientemente significativos los valores medios obtenidos, pero, en cambio, los valores extremos sí lo son, tal como nos advierte Jesús. No es casual la correspondencia de estos valores con los diagnósticos médicos de aquellos alumnos con trastornos de aprendizaje y patologías de la conducta. Incluso pueden servir para identificar casos no diagnosticados o erróneamente diagnosticados. La escuela tiene que dar respuesta a los problemas y dificultades que presenten los alumnos. Es inadmisible la externalización de los diagnósticos psicológicos más elementales. El tutor tiene que ser competente para su realización. Y para ello no sólo es necesario un grado de formación, sino también un compromiso personal que abra la posibilidad de un autoaprendizaje básico. Basta la lectura de un buen libro para saber lo que se puede hacer. O escuchar al compañero que ha leído y aplica con éxito algunas propuestas en su acción tutorial. Tal vez el problema radica en la pésima gestión del conocimiento que se lleva en muchas escuelas, o lo que es más absurdo, en la incompetencia de las personas que asumen unos cargos y funciones para los que no están preparadas ni tampoco tienen capacidad de liderazgo para movilizar y orientar a los tutores hacia una eficaz práxis tutorial.

    Sirva como botón de muestra mi experiencia como padre. Tengo un hijo que cuando cursó 1º de Primaria su tutora pensó que tenía problemas de visión y nos aconsejó que le llevásemos a un centro especializado en oftalmología y optometría. Los resultados de su análisis desmintieron su hipótesis. Lo que pasaba es que es zurdo y tiene una maduración cerebral más lenta en algunas habilidades, como la escritura o el dibujo. Cuando cursó 2º de Primaria su nueva tutora pensó que tenía problemas cognitivos, en un abanico que comprendía desde la dislexia hasta la atención dispersa, y nos aconsejó que le llevásemos a un especialista en trastornos de aprendizaje. Los resultados de su análisis volvieron a desmentir esta nueva hipótesis. Lo que pasaba es que tenía una baja autoestima y una débil resiliencia. Ahora que cursa 3º de Primaria acabo de tener una tutoría con una tercera tutora y me ha informado de los mismos problemas que conjeturó la tutora del curso anterior. Y cuando yo le he observado que el problema de que no siga siempre con atención sus clases y que le cueste acabar sus actividades en el tiempo establecido tal vez se deba a que no se sienta implicado emocionalmente con ella o con algunas materias, su respuesta ha sido que en ese caso ella no puede hacer nada y lo mejor es que busque a un psicólogo para tratar dicho problema. Lógicamente con los precedentes antes expuestos no seguiré el consejo. No entraré aquí en más valoraciones por respeto a esa persona. Además no se trata aquí de culpabilizar a ninguna persona. Yo mismo cuando he sido tutor he cometido muchos errores y por supuesto también el que aquí señalo por ignorancia. Hay que apuntar hacia la institución y el sistema educativo que no corrige estas malas prácticas. En este sentido, lo que no deja de sorprenderme es que mi hijo no requiera la atención de la maestra de educación especial, que nunca haya tenido una sola conversación con la psicóloga escolar, que su tutora no haya realizado ninguna prueba objetiva de perfil emocional porque no se contempla en el centro esta acción, y que a pesar de todo ello se llegue a etiquetar a mi hijo como alumno problemático que requiere de la atención externa de un experto. Y para colmo de este entuerto, estoy hablando de un centro público de referencia en Cataluña.

    La aplicación del perfil emocional de un alumno a la acción tutorial que nos propone Jesús en este artículo es muy útil para evitar casos como el que yo he vivido y que lamentablemente muchos otros padres han padecido, que más allá de los costes que suponen los diagnósticos externos al centro de enseñanza comportan un estrés para toda la familia. No seré yo quien niegue la falta de recursos y de formación que los docentes tenemos para poder cumplir de forma eficiente nuestra labor educativa. Pero sería faltar a la verdad no reconocer al mismo tiempo que una buena parte de los problemas que puedan presentar los alumnos tienen fácil solución si existiera una actitud más crítica y un cierto espíritu científico en su abordaje por parte de sus respectivos tutores. Sirva como documento para la reflexión el siguiente vídeo:

  2. Jesús C. Guillén
    1 diciembre, 2012 en 23:00

    Uno de los grandes problemas de la educación que ya analizábamos en un artículo anterior (https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2012/11/11/efecto-pigmalion-el-profesor-es-el-instrumento-didactico-mas-potente/) está asociado al papel que desempeña el profesor. Leer la historia sobre tu hijo me hace recordar la mía propia. Cuando le comenté a mi profesor que quería estudiar Física respondió con una sonrisa sarcástica, seguramente condicionado por mi pésimo resultado en el último examen de esa asignatura. A un alumno con una resiliencia o autoestima baja esa reacción del docente hubiera producido unos efectos muy negativos, algo que no ocurrió en mi caso porque la percepción que tenía yo del profesor era la de una persona poco competente para desarrollar su trabajo. Por supuesto, si yo hubiera manifestado mi opinión sincera ello habría constituido una ofensa inaceptable para el docente en cuestión, principalmente porque le “avalaban” muchos años de experiencia. Cinco años después del suceso comentado, acabé mi licenciatura en Ciencias Físicas sin haber suspendido nunca ni una sola asignatura. Las preguntas que ya me planteé siendo adolescente fueron: ¿por qué ese tipo de profesores que manifiestan una clara incompetencia en el desarrollo de sus funciones siguen desarrollando año tras año su profesión?, ¿por qué no se tiene en cuenta la opinión de los alumnos?
    Años más tarde leía a Tonucci en su obra Enseñar o aprender y fue revelador: “…el profesor es uno de los profesionales menos preparados y en cambio todo el mundo espera de él (en el modelo tradicional de escuela transmisiva) que no se equivoque nunca. Estas condiciones provocan necesariamente actitudes defensivas…”, “…es imposible que un profesor incapaz de vivir él mismo una experiencia de investigación auténtica llegue a poder promocionar y garantizar una labor de investigación correcta con los niños”, “el profesor deja de garantizar la verdad y pasa a garantizar el método”, “no es necesario desarrollar integralmente un programa sino comunicar a los alumnos intereses, pasiones y valores culturales…”,“se requiere una escuela abierta…abierta para que se pueda salir de ella para oxigenarse. La enseñanza gasta, empobrece, tiende a hacerse repetitiva…”
    La escuela del futuro necesita a profesores con vocación que sean conocedores de la materia impartida que les permita transmitir intereses y pasiones, pero que también entiendan la importancia del aprendizaje emocional y sepan valorarlo apreciando la valía de sus alumnos (la neuroplasticidad permite la mejora continua). Es esencial que el profesor sea capaz de mirar con afecto a sus alumnos y motivarles de forma adecuada para que la experiencia del aula sea una experiencia gratificante, útil y práctica. Las clases tradicionales en las que los alumnos están en absoluto silencio (que no atentos) escuchando la lección magistral del profesor que sabe mucho y lo transmite a sus discípulos (que por supuesto no saben) ha quedado obsoleta. El futuro ha de estar en manos de personas preparadas y creativas que asuman un sentido crítico de la realidad que les permita entender que el error forma parte del proceso de aprendizaje y que el progreso requiere trabajo cooperativo. Y para entender cómo se aprende hay que conocer el funcionamiento del cerebro, cómo se generan las emociones, la memoria, la atención o la motivación que constituyen factores críticos en el proceso de aprendizaje. Pero para tener esos conocimientos y poder ponerlos en práctica se necesita tiempo, dedicación y ganas, es decir, vocación. Walter Lewin, que fue más de treinta años profesor de Física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, decía que llegaba tres horas antes del inicio de sus clases para preparar adecuadamente los experimentos que iba a mostrar a sus alumnos. Dudo que este importante radioastrónomo se parara a pensar si esas horas iban a formar parte de su jornada laboral o no. Si hubiera prevalecido el interés económico hubiese variado su orientación profesional.
    Los seres humanos somos curiosos por naturaleza pero nos cuesta reflexionar. A pesar de todo seguimos siendo optimistas, el cambio global se desarrolla a partir de pequeñas contribuciones que acaban amplificándose.

  3. 3 diciembre, 2012 en 20:10

    Tengo experiencias semejantes, con uno de mis hijos, que era el niño más despistado que había tenido su maestra en 40 años de docencia (os podéis hacer una idea de su edad, recién jubilada que está). Una persona absolutamente privada de capacidades empáticas, fría como el hielo y obsesionada con el orden y el silencio, incapaz de acercarse a sus alumnos y de generar el más mero interés por los contenidos del curso. Hay que decir que era la tutora de 1º y 2º de Primaria. Mi hijo se aburría soberanamente pintando las letras sin salirse de la línea. Hoy, que cursa 1º de ESO, sigue pintando mapas, aunque ha aprendido a resignarse. La escuela, como me dijo una vez su psicóloga, es el primer aprendizaje de la resignación. Así que, mientras pinta mapas, yo voy echando pestes del sistema que le quiere convencer de que así aprende algo. A ver si al menos se le pega un poco de mi rabia.

  1. 28 noviembre, 2012 en 23:30

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