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La sociedad requiere educación y moral

Estamos incidiendo continuamente en que no educamos para facilitar buenos resultados académicos, sino para que estos resultados se obtengan fuera del entorno escolar, es decir, abogamos por una educación que nos permita afrontar los problemas que nos depare la vida y así poder ser felices. Evidentemente, el entorno social condiciona nuestras respuestas individuales, pero las contribuciones individuales también son capaces de modificar el funcionamiento global.

Somos conscientes, también, que existe un descontento generalizado sobre las actitudes y comportamientos de muchos de nuestros representantes sociales, económicos o políticos. En una reciente entrevista, el ex diputado Manuel Milián comentaba lo siguiente: “En política actual triunfan los oportunistas y mediocres. No es una crisis política sino una crisis moral.”1 O leemos al filósofo José Antonio Marina, creador de un nuevo proyecto educativo2, proponiendo una educación renovada que parte de los descubrimientos recientes de la neurociencia y establece un  auténtico proyecto moral. Como observamos, el concepto de moral aparece muy a menudo. Y no constituye ninguna sorpresa porque somos seres sociales y la moral representa todo un conjunto de valores y normas que rigen el comportamiento humano, permitiendo resolver problemas de convivencia y posibilitando así la vida social. Para facilitar nuestro progreso, hemos de aprender a tomar las decisiones adecuadas sin temor al error, que forma parte del proceso de aprendizaje. Pero, ¿están influidas estas decisiones por rasgos morales que se han consolidado en nuestro inconsciente como medio adaptativo?

 En el primer video presentado, se reproducen experimentos llevados a cabo por Warneken y Tomasello (2007)3 y por Warneken, Chen y Tomasello (2006)4, en los que se muestra cómo niños pequeños de catorce meses ya revelan conductas altruistas.

En el siguiente video, Karen Wynn (ya apareció al hablar del sentido numérico innato que tienen los bebés, en el artículo sobre matemáticas y neurociencia,ver) realiza unos experimentos con niños de diecinueve meses en los que se demuestra que ya son capaces de diferenciar las buenas acciones de las malas prestando más atención, por ejemplo, a la marioneta que devuelve la pelota.

Según Marc Hauser, existe una serie de principios de la acción que guían a los niños en la comprensión del mundo, aportando alguno de los materiales para la construcción de nuestra facultad moral. Según su opinión, los estudios revelan que son rasgos distintivos de un sistema innato5.

El clásico dilema del tranvía

En una encuesta realizada en internet a miles de personas, el equipo de investigación de Marc Hauser preguntó a los participantes sobre los siguientes dilemas morales:

Un tranvía circula sin control por una vía en la que se encuentran cinco personas que morirán si el tranvía continúa su trayecto. Podemos salvar la vida de estas personas pulsando un botón que desvía el tranvía por una vía diferente, de forma que sólo matará a una persona. ¿Pulsaría el botón?

A continuación, se les planteó a los encuestados el siguiente dilema moral:

Como antes, el tranvía descontrolado amenaza con matar a cinco personas. La única manera de evitarlo es empujando a la vía a un desconocido de gran envergadura que tenemos al lado. ¿Empujaría al desconocido para que su muerte salvara la vida de las cinco personas?

La gran mayoría de los encuestados, cerca del 90 %, respondió afirmativamente al primer dilema y, a la vez, se negó a aceptar la solución propuesta en el segundo. No se detectaron diferencias en las respuestas de personas de distintas culturas o edades y, en ambos casos, las respuestas fueron rápidas. Además, la gran mayoría de los participantes era incapaz de justificar razonadamente la decisión. Desde una perspectiva utilitarista, en los dos casos planteados se puede salvar la vida de cinco personas a costa de una, sin embargo, el segundo dilema se considera  personal (se interviene directamente empujando al desconocido). Los escáneres cerebrales han detectado un incremento en la actividad de regiones cerebrales implicadas en la emoción y cognición social en el segundo caso6, lo que está en consonancia con el hecho de que personas con daños en la corteza prefrontal respondan afirmativamente al segundo dilema moral planteado.

Todo esto sugiere que los juicios morales intuitivos surgen de módulos universales que se desarrollaron para facilitar la supervivencia y progreso a través de la cooperación social.

 En un artículo del ingenioso Steven Pinker sobre el instinto moral, publicado en el diario The New York Times7, proponía lo siguiente: “Un tranvía descontrolado está a punto de matar a una profesora. Puede desviar el tranvía hacia una vía lateral  y derribará unas agujas que enviarán una señal a una clase de niños de seis años, autorizando llamar Mahoma a un osito de peluche.” Lo cierto es que, por aquella época (año 2007), una profesora británica que trabajaba en un colegio privado de Sudán permitió que los niños pusieran el nombre de Mahoma  a un osito de peluche. Fue encarcelada por blasfemia y los manifestantes congregados en el exterior de la cárcel reclamaban su muerte. Pinker plantea sus dudas sobre la universalidad de la gramática que guía nuestros juicios morales: “Para los manifestantes, la vida de la mujer tiene menos valor que el ensalzamiento de la dignidad de su religión y su juicio sobre si es correcto desviar el hipotético tranvía diferiría del nuestro.”

Según Michael Gazzaniga, la explicación al dilema del tranvía de Pinker hay que encontrarla en la diferente valoración que hace cada cultura  a los módulos morales. Éstos son universales pero no ocurre lo mismo con la virtudes: “Las virtudes son lo que una sociedad o una cultura específica valora como conducta moralmente buena pero que se puede aprender.”8

Reflexiones finales

Los experimentos demuestran el papel trascendental que desempeñan las emociones en las decisiones morales, un argumento más para considerar el aprendizaje emocional. La razón y la emoción se necesitan. Además, las investigaciones recientes sugieren que hay una serie de facultades morales innatas que la cultura moldea para construir sistemas morales. Algo parecido a lo que sucede con el lenguaje, es decir, existe una predisposición genética que se ve afectada por el entorno cultural.

La auténtica educación, como plantea la psicología positiva, ha de ser la educación del carácter. Es imprescindible mejorar el origen de la conducta en lugar de cambiarla y, para ello, los adultos hemos de ayudar a que los niños adquieran hábitos estables y adecuados que no sean sólo intelectuales, sino también afectivos o morales. Para tomar decisiones adecuadas hemos de tener proyectos, asumir retos y llevarlos a cabo, fomentando la autonomía y  el autocontrol partiendo de la disciplina. Y, por supuesto, los entornos educativos han de desvincularse de actitudes egoístas, falsas o meramente competitivas, tan comunes en la sociedad actual,  que socavan el bien común.

Podemos aprender a controlar las intenciones inconscientes y cambiar así nuestra conducta. Y como somos seres sociales en continua interacción, nuestra conducta puede influir en la de otras personas. La cultura no puede deformar el altruismo y la cooperación desinteresada que ya observamos en los bebés. Y es que no hay cultura sin moral.

Jesús C. Guillén

 1La entrevista se puede ver en:

http://www.lasexta.com/lasextaon/salvados/manuel_milian_mestre___es_imprescindible_una_refundacion_de_la_politica/315603/1061

2 http://www.bibliotecaup.es/

3 Warneken F., Tomasello M.,”Helping and cooperation at 14 months of age”, Infancy 11, 2007.

4 Warneken F., Chen F., Tomasello M., “Cooperative activities in young children and chimpanzees”, Child Development 77, 2006.

5 Hauser, Marc, La mente moral, Paidós, 2008.

6 Koenings M., Young L., Adolphs R., Tranel D., Cushman F., Hauser M., Damasio A., “Damage to the prefrontal cortex increases utilitarian moral judgements”, Nature 446, 2007.

7 Para leer el artículo completo:

http://www.nytimes.com/2008/01/13/magazine/13Psychology-t.html?pagewanted=all

8 Gazzaniga, Michael, ¿Quién manda aquí? El libre albedrío y la ciencia del cerebro, Paidós, 2012.

Para saber más:

Marina, José Antonio, La inteligencia ejecutiva, Ariel, 2012.

Gazzaniga, Michael, El cerebro ético, Paidós, 2005.

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