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Educar en la convivencia, aprender a ser felices: el ejemplo de Thosiro Kanamori

28 marzo, 2012 2 comentarios

En el año 2002 este maestro japonés aceptó la grabación de un documental  sobre su magisterio producido por la Japan Broadcasting Corporation (NHK), cuyo título en inglés es “Learning to care”.  En España sólo se emitió en el programa “60 minuts” del Canal 33 de Televisió de Catalunya, el 24.05.2005, con el título “Pensant en els altres” (“Pensando en los demás”), que está subtitulado en castellano.

Thosiro Kanamori es maestro en la escuela pública de educación primaria Minami Kodatsuno, situada en un barrio periférico de la ciudad de Kanasawa, en Japón, y en el curso en el que se rodó el reportaje, cuando tenía 57 años, fue tutor de los 35 alumnos de la clase de 4º A, por tanto de niños de 10 años. El documental se grabó durante todo el curso escolar, registrando las diversas actividades docentes de este maestro, cuyos principios pedagógicos son la educación en valores (el amor, la compasión, la empatía,  la amistad, la honestidad, la sinceridad, la gratitud, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, la paz, la libertad…), el aprendizaje a través del juego, la diversión, las experiencias vitales y al aire libre, el desarrollo integral y armonioso de la personalidad del niño, el trabajo y estudio cooperativo y en equipo, fomentando así los vínculos comunitarios, así como la responsabilidad, el compromiso y el proismo, y la enseñanza del arte del buen vivir, esto es, de la felicidad. En fin, todo un ejemplo de la más excelente pedagogía que hoy brilla por su ausencia en buena parte de los docentes y en la mayoría de centros de enseñanza.

Llama la atención las primeras palabras que este maestro dirige a sus alumnos: “¿Por qué estamos aquí?… Para ser felices”. Cuántas veces he oído burlarse a maestros y profesores de sus alumnos cuando expresaban este noble ideal de vida, el más elevado que cabe pensar para el ser humano. En Occidente tenemos diversas filosofías que nos enseñan a definir la felicidad pensando en los demás. Así, en la época clásica, la ética comunitarista de Aristóteles y la ética hedonista de Epicuro, y en la época moderna y contemporánea el emotivismo de Hume y el utilitarismo de Mill. Pero las más de las veces estas definiciones se quedan sin la necesaria actualización y vivificación en el hacer de las personas. Y cuando entran en las escuelas o en los institutos lo hacen  casi siempre a través de una asignatura y en forma de contenidos evaluables que difícilmente pueden despertar el interés vital de los alumnos. ¿Acaso se puede evaluar la alegría de vivir? ¿O el deseo de ser feliz? Sólo el buen ejemplo de quien ha interiorizado esas profundas emocionas puede inclinar a los demás en la misma dirección. Sólo el buen maestro como Kanamori puede estimular en el ánimo de sus alumnos la pasión por la buena vida. Una pasión que siempre es convivencial y no egocéntrica, que trasciende el plano individual y se proyecta a toda la sociedad. Porque es la vida social lo que nos hace humanos, lo que nos convierte en personas, lo que estructura nuestra conciencia moral y desarrolla a su vez nuestra congénita sociabilidad. Y qué mejor aplicación didáctica en esa escuela de humanidad que es el aula conducida por el señor Kanamori que esas “cartas del cuaderno” que escriben cada día tres de sus alumnos en las que abren sus corazones y sus mentes para congeniar con sus compañeros en las expresiones más nobles del espíritu humano.

No deja de sorprender el singular magisterio del señor Kanamori en un país como Japón, cuyo sistema educativo es conocido por su severa disciplina, nivel de exigencia académica y rígida autoridad, que ha producido el fenómeno de los hikikomoris[1], niños y adolescentes que se recluyen voluntariamente en sus habitaciones al sentirse incapaces de cumplir las demandas de los adultos, ya sea en las escuelas o en sus propias famílias, creando un mundo virtual propio con ayuda de las nuevas tecnologías y los videojuegos. Por esto mismo es tan significativo el magisterio de nuestro ejemplar maestro, porque las vivencias que fomenta en sus alumnos van por el camino opuesto al ensimismamiento y al individualismo antisocial, de una parte, y al castigo y a la culpabilización por otra parte. El señor Kanamori enseña a sus alumnos a no tener miedo a equivocarse, a tomar sus errores como experiencias para superarse, excitando su inteligencia y creatividad. Enseña a conducir sus deseos y emociones, no a reprimirlos, a fin de no hacer daño a los demás, y en el caso que un alumno haga daño físico o moral a otro le enseña a reflexionar sobre las consecuencias de sus actos para mejorar su conducta. Si en esta enseñanza precisa de varios días, interrumpiendo la explicación de las diversas materias escolares, no tiene ningún reparo en hacerlo. Porque tiene muy claro que la finalidad de la educación es hacer personas relajadas, tranquilas, confiadas y seguras de sí mismas, en una palabra, felices. Ciertamente, la buena educación tiene la misión de tejer la textura moral de nuestra conciencia de tal modo que el niño crezca en el respeto a la dignidad e integridad de los otros niños, y con ello establecer la raigambre moral de la vida social.

El ejemplo del señor Kanamori, todo un modelo de educador a imitar para cualquier docente que se tome en serio su profesión, me ha traído a la memoria la visión humanista de Akira Kurosawa en su genial y emotiva película “Vivir”,  en la que se aborda la trascendente cuestión del sentido de la vida. El personaje Watanabe (magistralmente interpretado por Takashi Shimura), jefe de la Sección del Ciudadano del Ayuntamiento de Tokio, lleva una vida gris y rutinaria, hasta que se le diagnostica una enfermedad terminal. En los pocos meses de vida que le quedan toma conciencia que no ha hecho nada significativo por los demás y que tras su muerte no dejará ninguna huella de su existencia. Esta pena le sume en una profunda desesperación y desdicha. Hasta que encuentra una razón por la que vivir: atender la solicitud de unos ciudadanos de crear un parque infantil en un solar objeto de especulación inmobiliaria.  Pone en esta causa toda su determinación hasta alcanzar su objetivo.  Recomiendo ver la escena, hacia el final de la película (2:13:30 a 2:18:05), en la que visita el velatorio en el domicilio del difunto Watanabe el agente de policía que encontró su cadáver y narra su experiencia, no encontrando palabras para describir la profunda felicidad que destilaba el señor Watanabe al hilo de una melancólica canción mientras se columpiaba en el parque infantil cubierto por la nieve, poco antes de morir congelado.


[1]  Para saber más sobre este fenómeno, que se está extendiendo a otros países, puede verse el documental  “Hikikomori” producido por el canal Odisea en el 2004:

http://www.youtube.com/watch?v=y108o_sMjIg&feature=related

Haciendo un buen uso de la inteligencia. La inteligencia ejecutiva como camino a la felicidad. (Reseña del libro de J.A. Marina “La inteligencia fracasada”)

Marina, José Antonio, La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. 1ª edición. [versión en catalán] Editorial Ara Llibres, Badalona, 2005. 174 págs.

El filósofo y docente Antonio Marina reflexiona en este ensayo sobre el concepto de inteligencia. Se propone una división entre lo que llama inteligencia computacional (o estructural) e inteligencia ejecutiva (o uso de la inteligencia).

Podemos afirmar que se trata de un libro con una gran cantidad de contenidos, muy bien articulados y con muchos ejemplos, que conviene leer detenidamente. Se trata de una obra muy recomendada para padres y muy especialmente para docentes. Los que nos dedicamos a la educación tenemos la gran responsabilidad de ofrecer a nuestros alumnos y alumnas la posibilidad de desarrollar su inteligencia y evitar los fracasos de ésta. De este modo el libro nos guía en este proceso tan laborioso a la vez que gratificante del aprendizaje.

Para leer la reseña completa visita nuestra web.


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