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El cerebro del bebé (“Redes” 447, 27.10.07)

Hoy (20 de abril) ha nacido Irene, la hija de unos amigos, un nombre que significa paz y que viene a dar un poco más de luz en estos tiempos tan sombríos. El nacimiento no sólo asegura la continuidad de la especie humana, vinculándonos con nuestros progenitores y a través de éstos con nuestros ancestros y nuestro pasado, sino que también, como nos hizo ver Hannah Arendt, es un hecho trascendental para comprender la condición humana. Porque el nacimiento representa la irrupción de la novedad, la oportunidad de un nuevo comienzo que hace posible el porvenir del ser humano. Con cada niño o niña todo es posible, porque su naturaleza es impredecible. Los niños son los que posibilitan las acciones futuras de la humanidad. De ahí que el deber de los adultos sea atenderlos, cuidarlos, protegerlos y quererlos, respetar su desarrollo con una crianza natural, evitando las situaciones de estrés. Porque en ello nos jugamos nuestra libertad y nuestro destino.

Aprovecho la ocasión para recuperar una entrevista de hace ya unos años, pero que tiene toda su vigencia, a Sue Gerhardt, psicoterapeuta y psicoanalísta que ejerce en su clínica de Oxford, autora del libro ¿Por qué importa el amor?, en el que documenta cómo el amor de los padres y las sensaciones de placer que éstos procuran a sus hijos modula el desarrollo cerebral del bebé, en particular las regiones orbitales y frontales capaces de controlar la amígdala (un pequeño grupo de neuronas que regula las emociones básicas, como el miedo o la ira), y puede condicionar su gestión del estrés y su vida emocional posterior.  Su experiencia con pacientes adultos le demuestra que en algunas enfermedades mentales, como el  trastorno límite de la personalidad, la depresión o las conductas antisociales, sus causas apuntan a la primera infancia. De hecho, la gestión de las emociones es fundamental porque afecta a todas las decisiones que tomaremos en el curso de la vida, en la medida que nuestra actividad consciente tiene como meta el equilibrio emocional que afecta a todo el organismo, como sostiene el neurocientífico Antonio Damasio con su teoría del «marcador somático», tal como se dice en el vídeo que aquí presentamos.

El cerebro del bebé

Según la experta entrevistada, el cuidado afectivo de los bebes es la base de la salud mental y el mejor antídoto de la violencia en los adultos. En la primera infancia (hasta los tres años) el cerebro dobla su tamaño y por su inestabilidad y rápido crecimiento, sobre todo los sistemas neuronales que gestionan las emociones, es más susceptible de recibir influencias de las experiencias con los adultos. De ahí nuestra responsabilidad en su crianza y educación.

Contra la moda de la sobreestimulación cognitiva y su precoz introducción en una vida social, aboga por una atención personalizada que satisfaga las necesidades que requiera el bebé. Esto nos debería llevar a padres y docentes a replanteranos los métodos educativos que se utilizan en los jardines de infancia o la escolarización de la primera infancia en centros concebidos como simples guarderías, en los que los padres dejan a sus bebés largos periodos de tiempo, a causa de sus condiciones laborales  o bien ante la imposibilidad material de conciliar vida laboral y vida familiar. En estos momentos que en nuestro país los docentes de las escuelas públicas reclaman una educación pública de calidad, deberían los mismos docentes ampliar a todos los afectados sus reivindicaciones, porque ¿qué sentido tiene que los profesores establezcan por el “artículo 33” la jornada escolar contínua cuando los padres de sus alumnos soportan largas jornadas laborales o jornadas laborales partidas que les impiden estar con sus hijos y prestarles los cuidados y afectos necesarios? Si el objetivo común es garantizar el aprendizaje de los niños y su inclusión en la escuela, los docentes deberían asumir como una causa propia la modificación del horario laboral de los padres de tal modo que resultase compatible con la escolarización de sus hijos. Sue Gerhardt lo dice bien claro: “los niños que tienen unos vínculos afectivos seguros funcionan mejor en la escuela y su rendimiento es superior en todos los aspectos, además de lograr una mejor relación con sus compañeros”.

El vídeo concluye con unas interesantes observaciones de Marta Bertrán, antropóloga de la Universitat Autònoma de Barcelona, sobre la crianza y educación de los niños en diferentes culturas. Pero echo de menos una observación que me parece crucial sobre el papel de la escuela. El cerebro del bebé tiene la capacidad de elaborar un rudimentario pensamiento abstracto (cálculo y razonamiento), de adquirir una o varias  lenguas, de construir herramientas y de crear o imaginar cosas que no existen en la realidad. Y todo esto lo hace antes de llegar a la escuela,  de una forma innata. Sobre la base de este autoaprendizaje  se asentarán después las enseñanzas que recibirá en la escuela y en el peor de los casos se arruinará por las deficiencias del método educativo que se aplique o la inadecuada práxis docente. Ahora bien. Ese autoaprendizaje no sería posible, como tampoco tendrá éxito el aprendizaje que consiga en la escuela, sin las relaciones afectivas con los padres primero y con los maestros y los otros adultos después. Cabe concluir, por tanto, que si la familia y la escuela no satisfacen el trato afectivo con los niños, entonces estas instituciones no pueden representar unos ambientes propicios para su educación. Si la familia y la escuela no garantizan unos ambientes tranquilos y relajados, en los que los niños se sientan queridos y seguros, la educación no es posible más allá de la simple instrucción o imposición.

Entender nuestro cerebro significa tener herramientas para su educación (Reseña del libro de J.A Marina “El cerebro infantil”)

Marina, José Antonio, El cerebro infantil: La gran oportunidad. 1ª edición. Editorial Planeta, Barcelona, 2011. 191 págs.Esta obra nos muestra una visión sobre los procesos a entrenar para poder conseguir unos niños más estables emocionalmente y sin miedo al fracaso, que tengan autoconfianza en sus proyectos y se esfuercen para conseguirlos. José Antonio Marina escribe un libro en el que nos ofrece interesantes propuestas, aunque sin dar soluciones magistrales, ya que eso es lo más difícil. Sin duda un buen libro de iniciación a la neurociencia aplicada a la educación.

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