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Con la poesía de Ester Astudillo

Ayer se celebró en la Biblioteca Francesca Bonnemaison de Barcelona la presentación del poemario de Ester Astudillo La semántica del día / The Semantics of the Day, publicado el 2012 (Madrid: Devenir Poesía, nº 246). Ester es editora de Escuela con cerebro y su participación en este proyecto es el mejor testimonio de la interdisciplinariedad que requiere la neuroeducación. Por otra parte, la poesía, como cualquier otra actividad artística (en particular la música, el teatro y el dibujo), afecta a diversas áreas del cerebro y promueve el desarrollo cognitivo, como la atención, la memoria semántica y la capacidad y comprensión lectora, y también el desarrollo de habilidades socioemocionales, como la empatía y la regulación de las emociones. Por todo ello, la poesía debería tener una mayor presencia en la escuela, superando los estrechos márgenes de la materia de literatura.

Como ejemplo de una experiencia estética que apunta hacia la educación artística sirva, así pues, la lectura del poemario de Ester. Que cada lector saque sus propias conclusiones. Y si se quiere confrontar el hermenéuta interior de cada uno con otras voces a fin de ampliar los sentidos posibles en nuestra comprensión del libro, sirvan entonces las ponencias leídas en esa celebración. A la ponencia de Quel Quintana le siguió la de Félix Pardo, y fue nuestra poeta Ester quien cerró el acto con la conclusiones que le sugirieron los ponentes antes mencionados.

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Ponencia de Félix Pardo

La vida de Ester Astudillo es como la de la mayoría de los sujetos que albergan en su interior los conflictos y las tensiones que produce la vida y que aceptan vivir con sus demonios interiores sin tratar de exorcizarlos. Por esto mismo su escritura poética no es el fruto de la sublimación de aquellos pocos momentos de la vida que se salvan del naufragio ni tampoco el diván en el que emergen las fantasías del inconsciente. No encontraremos en su poesía ni metafísica del sentido ni mística de la belleza, ni hipóstasis de la razón pasional ni sueños del alma. Sino todo lo contrario, una profunda raigambre con sus circunstancias, un decidido apego a las cosas, lo seres queridos y los lugares que fijan los límites de su vida, evidenciando con ello, por lo demás,  una marcada influencia de la poesía anglosajona. Cuando no se persigue salvación alguna ni se espera ninguna clase de consuelo, lo que liga a alguien a la vida es la lucidez, esa capacidad de conducirse con claridad en el razonamiento y en la expresión, a golpes de experimentar una y otra vez que de la belleza nace la fealdad, lo mismo que del bien nace el engaño y la maldad, que esas experiencias no son antagónicas sino aporéticas.

Esta actitud racional que domina su vida e informa su poesía la encontramos perfectamente ejemplificada en su poema “Matemáticas”, escrito para Martí, su hijo pequeño. Aquí se percibe la naturaleza aporética del bien y la belleza en la contraposición entre la inocencia del niño y su deseo de multiplicarse en su relación amorosa con los elementos que forman su mundo, de una parte, y por otra parte, el sentimiento de soledad y el escepticismo de la madre. Esta aporía tensa nuestra razón inclinándonos unas veces del lado del desatino. De ahí que para constituir nuestra subjetividad y conjurar el peligro de su destrucción  no podemos conducir erróneamente nuestro entendimiento al idealizar el bien y la belleza como formas puras y racionales de nuestra experiencia moral y estética. Se precisa para ello el rigor del cálculo matemático, como declara el título del poema:

XIII

MATEMÁTICAS

«Quiero ser un montón de mí»

dices con tu piquito de oro.

Pequeño revuelo en la mesa.

Sin saberlo ya eres poeta

Aunque tu torpe deseo no oculte

Una magna ignorancia de todo.

Yo, en cambio, quiero ser

Una sola

Y no me encuentro.

Que los días y la caída

Opaca del mundo

No turben tus querencias,

No la disloquen.

Tuvimos ya a Dolly

Y me disgustaría verte

Correr suerte igual.

Investiga, mejor,

Si en el cuarto atrancado

Tus padres follan

O hacen el amor.

Sin embargo, la poesía de una escritora como Ester, que ya desde su primer poemario manifiesta tener un mundo poético propio, no tiene en la reflexión de sus circunstancias personales su principal propósito, ni tan siquiera el argumento de su creación. Existe una voluntaria y deliberada búsqueda del ideal con una radical libertad a través del lenguaje poético que le lleva a concebir sus poemas como anticipicaciones de esa otra realidad que late tras los avatares  de la existencia de cada uno. Una búsqueda del ideal que tiene en la composición y el efecto del poema su mediación, tal como se percibe en poemas como “Matemáticas”, donde la autoconciencia poética de Ester planea sobre las miserias y defectos de lo contingente y donde la idea de belleza  aletea sobre nuestros pensamientos y acciones. De ahí que nuestra poeta se enfronte a lo largo de su poemario al misterio de la creación poética. Así, en relación al poema antes citado, la creación poética tiene su correlato en la investigación sexual infantil sobre el enigma del nacimiento, cuya interpelación al niño aprendiz de poeta, en el que se reconoce el poeta adulto, le sirve de conclusión.

La misma lucidez que liga a Ester a la vida es la que la impulsa a la búsqueda del ideal a través de un arte poética intuitivo que va desarrollándose y haciéndose consciente en el curso del poemario, un desarrollo y toma de conciencia del que cabe establecer una analogía con la vida de creación poética de la autora. Recordemos aquí su título, La semántica del día, cuyo uso connotativo manifiesta la reflexión sobre el proceso creativo, el método de composición y el uso del lenguaje en la creación poética, en la medida que sólo desde la autoconciencia poética del autor podemos hallar el correcto significado de las palabras que emplea y sus combinaciones.

En este sentido cabe interpretar que la creación poética de este poemario no tenga una “homogeneidad lingüística”, que no comparta el mismo idioma, al utilizarse dos lenguas, el castellano y el inglés, y que las traducciones del original realizadas por la misma autora no sean “en absoluto literales”, si bien “pretenden ser fieles”, tal como declara Ester en su Prefacio. Es más, no existe propiamente una traducción, sino una recreación del original. Y en mi opinión, lo que en verdad existe es un ejerecicio de reminiscencia. El texto original recuerda una vivencia primigénea. Pasado el tiempo, se intenta actualizar esa vivencia reescribiendo el mismo texto, pero dejándose llevar ahora por las asociaciones y figuraciones del léxico del segundo idioma utilizado. Es como si para volver a vivir la vivencia primigénea se tuviera que volver a escribir, que la mano tuviera que volver a dibujar una caligrafía. Y lo que es más importante, para no quedarse en lo contingente y accidental de esa vivencia primigénea, para alcanzar de nuevo lo necesario y esencial que hay en toda vivencia, se tuviera que hacer una especie de malabarismo con las palabras de otro idioma, como si el orden y sucesión de las palabras tuvieran alguna clase de poder para excitar nuestra imaginación y ejercitar la memoria para actualizar la vida como si se tratase de la liturgia por la que se hace presente el mito.

Existe un poema que condensa como ningún otro esta magia de la caligrafia y su poder de sugestión para traer a la memoria las vivencias del pasado y cuyo título es un guiño irónico al lector,“Sopa de letras”,  en el que el encadenamiento de las palabras es, como me confiesa la autora (en una conversación privada), “una concatenación de términos cargados de connotaciones”,  por lo que no puede conservar la traducción un paralelismo con el texto original, y donde, por el mismo efecto, las letras en negrita al principio de algunas palabras, que en su conjunto constituyen el abecedario de cada lengua, tampoco coinciden. Por otra parte, no se percibe en esta fórmula poética ningún signo de melancolía, porque para Ester el paso del tiempo no desvanece el dolor por la pérdida de la vivencia primigénea. Todo lo contrario, utiliza la estructura de su composición poética para descargar las fuerzas de su dolor, aminorando con ello la ruina de su yo lírico.

IV

SOPA DE LETRAS

(…)

y en primavera. en

abril hay un

amnesia

nebulosa que enmaraña mi

ciudad.

pérgola

alondra

garza

kiosko

doblón

pecho

romeros

barbecho

criollo

mimbre

espliego

temblor.

tú. son

voces lechosas

que he olvidado.

JUGGLED ALPHABET

(…)

and in spring. in

april an amnesic

smog sits on top

of my town.

bosom

arbor

lark

heron

wicker

kiosk

guinea

maypole

fallow

creole

limestone

quiver.

You. Such old

finespun

voices

i remember

no more.

La lectura de este poema patentiza uno de los misterios de la vida del espíritu: que nuestra identidad se sustenta sobre una columna de lenguaje en la que se van fraguando las consonancias y disonancias de la vida, y que no hay creación de novedades sino recreación de experiencias pasadas, las del tiempo de la infancia y tal vez las vividas antes del nacimiento. Sobre esta columna del lenguaje se construye nuestra conciencia e identidad personal de tal modo que lo que persiste en nuestra memoria no son los sucesos que se van encadenando sino la serie de sucesos enlazados entre sí que tiene el poder de evocar las vivencias del pasado inmemorial y sugerir las vivencias de un tiempo por venir. La imposible simetría entre los diferentes tiempos de vida queda patente en la traducción directa del castellano al inglés, que en modo alguno puede ser literal y que su fidelidad consiste no ya en las palabras sino en su seriación.

Existe un poema posterior donde encontramos el mismo efecto poético pero elevado a su máxima potencia hasta bordear la orilla de la sinrazón. Me refiero al poema titulado “El sueño de la chiflada”, cuyas tres primeras estrofas dicen así:

IX

EL SUEÑO DE LA CHIFLADA

Esquila, esquila, esquila,

Siega, siega, siega,

Hasta que el centro de la verz cosa

Revele un hueso de cera.

¡Poda, poda, poda,

afeita, rasura, cincela!

Deja exultante de brillo

Los ojales sangrantes sin tela.

Cava, hurga, perfora,

vomita, vacía, destripa,

consiente el feroz aguijón

las entrañas cámbialas de sitio.

(…)

THE MADWOMAN’S DREAM

Trim, trim, trim,

Crop, crop, crop,

‘til the core of the real thing

Unearths a limp unclad bone.

Shave, shave, shave,

Prune, prune, prune,

Let the glossy flay of wounds

Gleam a-free of apparel.

Dig, dig, dig,

Puke, puke, puke,

Acquiesce to the fierce allure,

Turn your entrails outside in.

(…)

Llama la atención aquí el contraste entre la creciente gradación de la sinonímia en los dos primeros versos de cada estrofa en la traducción inversa del inglés al castellano frente a la depurada repetición léxica del original en inglés, una contraposición que expresa de manera ejemplar ese misterio de la vida del espíritu que consiste en la recreación de la subjetividad a través de la estructura armónica del lenguaje.

Con todo lo dicho, no obstante, faltaríamos a la razón poética del poemario de Ester  si pasáramos por alto el análisis de los dos principios poéticos que informan su creación poética. En su Introducción al poemario La semántica del día/The semantics of the day (2012), nos confiesa que esta colección de 24 poemas «quiere ser una exploración de los momentos que componen, por orden cronológico, un día al azar en la vida de una persona cualquiera, al mismo tiempo que el “día” bien pudiera verse como una metáfora de nuestra porpia vida» (p. 13). Antes de que el lector le acompañe en su exploración poética de la vida, la autora manifiesta uno de los rasgos de su poética, el principio de analagía, cuya formulación se remonta a los Vesos dorados de la tradición pitagórica y que en la poesía moderna aparece de la mano de Poe y a través de él de la tradición simbolista. Ester hace de la analogía la expresión orgánica de La semántica del día… al entender que es el único lenguaje que puede hacer perceptibles las relaciones de semajanza entre las vidas de cada individuo y las fuerzas misteriosas de la naturaleza, y de este modo revelarnos su armonía. Como afirma ella misma al final de su Introducción: «mi voluntad –y mi deseo– principalmente es que los poemas, en una u otra lengua, consigan un efecto evocador: que movilicen en cada cual el universo propio de experiencias tanto vitales como verdaderamente “vividas”, universo que no por ser rigurosamente propio deja de tener rasgos universales comunes a todos quienes compartimos escenario en este negocio del vivir» (pp- 14-15).

La metáfora, recordemos aquí, no es otra cosa que la transposición de la analogía a la literatura, y opera una suerte de encantamiento sobre el lenguaje en su función poética, estableciendo una equivalencia entre el significante (el sonido), el significado (la idea)  y la composición (el verso o el enunciado), creando de este modo el vehículo más adecuado para las necesidades de la  facultad poética en su creación de símbolos, a través de los cuales el espíritu pone límites al mundo y puede representarse así la belleza ausente. Hay un poema admirable que ejemplifica el principio de analogía y nos hace considerar las idas y vueltas de los amantes en sus avatares como una correspondencia del anhelo de eternidad:

XVI

ACRE

Es el acerbo del laurel, cariño,

el que siempre te trae de vuelta.

No las muchas veces que descolgamos la luna,

cómo volvimos el alfabeto del revés en los buenos tiempos

y plantamos la tierra con semillas

de palabras como ginseng o jengibre.

El día en que de verdad tuvo sentido el infinito.

Incluso si la esencia especiada del licor

trae consigo tu retrato

y el recuerdo de los dos deshaciendo

nuestros preciosos pasos, uno tras otro,

dos derrotados rastreadores de migas de cuento de hadas,

es con el acre del laurel, mi amor,

cuando nunca dejas de hacerte presente.

La repetición “el acerbo del laurel” y “el acre del laurel” al principio y al final del poema cierran la línea de las vivencias de los amantes formando un círculo que suspende su temporalidad. La belleza alcanzada en el mundo no es más que una evocación de la belleza que anhelamos y nos trasciende. Un deseo de eternidad que requiere esfuerzo, que exige tomar las experiencias como anticipos del ideal. La sinonímia entre “acerbo” y “acre” (áspero) y el sujeto de enunciación de la misma (carácter del alma o de la palabra) refuerza la analogía y manifiesta el poder de la poesía como mediadora entre el aquí y el ahora y el más allá.

Por otra parte, el principio de analogía informa la finalidad de la creación poética, conjurando la tentación de decir algo mediante el poema. En la poesía de Ester no existe un asunto independiente del poema, respecto del cual el poema es el medio de expresión. Todo lo contrario, la composición del poema subsume el asunto, y aunque siempre queda cierto grado de impureza, sobre todo por el empleo del verso libre, tiende a dominar la forma sobre el contenido. Tal como afirma Ester en su Introducción: «(…) a partir de la ordenación convencional de formas, narraciones y descripciones –a menudo nada convencionales–, pretende activar un proceso de deconstrucción que subraye la verdad fundamental que cohesiona el poemario: la rotunda, tremenda soledad a que nos condena el nacimiento, por paradójico que parezca» (p. 13). No hay, por tanto, un sentido utilitario del poema. Ester no escribe su poemario para enseñarnos una verdad, para ampliar nuestra conciencia o para mejorar nuestra conducta moral, sino por el placer de escribirlo. Por consiguiente, no tiene sentido preguntarse por el argumento de su obra o de un poema en particular.

En cambio, si cabe preguntarse por la impresión que deja en el lector. Y aquí encontramos otro de los rasgos de su poética, el principio del efecto. La verdad que encierra la vida sólo es accesible a través de la belleza que alcance su expresión. De ahí el interés de Ester porque la belleza sea el ideal que domine el poema. Y para conseguir excitar nuestro espíritu limita el efecto de cada poema a una única impresión, que logra con la brevedad del poema, el uso de repeticiones, una puesta en escena donde se evita lo vulgar aunque prevalezcan los elementos mundanos, una versificación con un marcado sentido rítmico que deja una huella sonora en el lector,  la contraposición de ideas reforzada con aliteraciones (el uso de la ‘a’ con la que principia el alfabeto e imprime un rasgo adánico a las palabras que articula), las metáforas con sentidos indefinidos,  que se resuelve al final del poema con un simbolismo discreto que revele al lector el significado del poema. Así, en otro poema admirable, el titulado “Rusticus”, un adjetivo de la lengua latina que evoca la vida solitaria del campo y se muestra como símbolo de lo superfluo de nuestra civilización. Un poema encabezado por una cita del primer verso de La tierra baldía de Eliot que dice así:

Abril, de todos los meses el más cruel

Y que, como declara Ester, su “riqueza metafórica descriptiva del exterminio natural” alimenta su poema:

XXIII

RUSTICUS

Déjame habitar el páramo

que resguarda los mojones de mi frente,

con el poste de tu nuez de bienvenida

y como cerca a un tacto otro que el mío

la brida de tu esternón,

el cinto de tu escápula.

No aviste más marjal este grumete.

No conozca campiñas ni sembrados.

Azadas, vergeles, surcos, siegas:

Copioso procrear de fruto grácil.

No, no es esto lo que quiero.

A mí dame maleza, dame arbusto.

Yermo ronco con sed y altivo.

La púa que si atina te hace sangre.

A mí dame nada

Más que esa tierra baldía.

A mí dame nada

Nada más que páramo.

Otros textos:

Ponència Quel Quintana

Ponència Félix Pardo_cat

Conclusió Ester Astudillo

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  1. Ester Astudillo
    18 mayo, 2013 en 9:24

    Moltes gràcies, Fèlix!!! ;-)

  2. Guillermo Salinas Talavera
    20 mayo, 2013 en 22:55

    Como siempre, buen artículo, gracias

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