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Neurociencia e ideología

La pedagogía se puede definir como una técnica social[1] en la medida que pretende cambiar la conducta humana a través del diseño de métodos educativos. En este sentido no es diferente del derecho o de la ciencia política en tanto que todas estas técnicas sociales establecen principios, normas y procedimientos  que regulan la convivencia sobre bases racionales. En consecuencia no debería considerarse como una cuestión ajena a la pedagogía tomar como objeto de estudio los sistemas de creencias que influyen en el comportamiento de las personas. Que un profesor analice con sus alumnos la realidad social, los motivos que mueven a defender una determinada ideología política o religiosa, los medios de los que se sirve un partido político o iglesia para establecer o consolidar su hegemonía ideológica, entra dentro de la normalidad de su práxis pedagógica. Sin embargo, dentro de la misma comunidad educativa no existe un consenso al respecto. Y no son pocas las organizaciones o instituciones que consideran  este tipo de intervenciones en el aula como una posible violación de la imparcialidad y la neutralidad que se espera de los profesores en el ejercicio de sus funciones si se toma como referente el estrecho marco del currículo del sistema educativo[2], al entender que es inevitable caer en la crítica política o religiosa o bien que abriría un peligroso cauce a la  expresión de la ideología de los docentes, por lo que se haría poco menos que adoctrinamiento o bien se corrompería la conducta de los alumnos al disponerlos contra las pretensiones de verdad y de legitimidad de aquellas opciones ideológicas que estuvieran en su punto de mira.

Ciertamente siempre se pueden cometer abusos en el ejercicio de la libertad individual, ya sea de expresión o de cátedra. Pero tipicar como delito penal la infracción de una normativa educativa no señala otra cosa que el uso arbitrario del poder legislativo y del poder ejecutivo y pone en evidencia la lucha por el dominio ideológico en los centros de enseñanza. Es un verdadero síntoma de déficit democrático tratar de coartar el pensamiento crítico de los profesores así como poner puertas a la pedagogía, delimitando los temas de estudio que cabe abordar desde la perspectiva científica. La ideología no es sólo un tema tan legítimo como cualquier otro, sino que su estudio es fundamental para la pedagogía, al menos para aquella que no consista en una legitimación del orden social existente sino que persiga la emancipación del ser humano de toda forma de engaño y opresión. En particular la neurociencia está aportando nuevas investigaciones cuyos resultados representan un cambio de paradigma para el estudio de la ideología al señalar la influencia de la genética así como la influencia de la conectividad de ciertas zonas del cerebro en la predisposición hacia una determinada ideología y unos estereotipados patrones de juicio y conducta morales.

Existe un consenso en la comunidad neurocientífica sobre la naturaleza de la actividad mental, sea del signo que sea, que afirma que la mente es una función del cerebro, si bien esta función es capaz de transformar el órgano que la hace posible. Así pues, el cerebro también es el órgano de la ideología, tal vez la expresión más subjetiva de nuestra mente. Por tanto, el conocimiento de las funciones del cerebro cuando tomamos conciencia de la realidad social e ideamos una concepción del mundo, de la vida y de la condición humana que trata de justificar un determinado sistema social y una determinada organización política de nuestra vida social, abre nuevas perspectivas para el estudio de la ideología.

El neurocientífico español Francisco Rubia afirma que todas las ideologías presentan como característica común el pensamiento dualista[3], que al simplificar la realidad en un esquema binario permite que las concepciones resultantes sean más fácilmente adoptadas por grupos mayoritarios de la población. En su opinión, en la línea de las investigaciones realizadas por el filólogo alemán Karl Abel y desarrolladas en el ámbito de la psicología por Sigmund Freud, en los orígenes del lenguaje humano los signos y los sonidos tenían un doble sentido antitético que no creaban ningún problema, usándose indistintamente para expresar los fenómenos opuestos que se percibían en la naturaleza o que se ideaban en los ensueños por analogía con la naturaleza. Este tipo de lenguaje se ha asociado al funcionamiento del llamado sistema límbico, cuya actividad es inconsciente, al que pertenece la amígdala cuya principal función es la expresión de los instintos y las emociones que garantizan la supervivencia, como el miedo y la agresión, así como la relación de los sentidos y los recuerdos con las reacciones emocionales. De hecho, la capacidad de integrar la ambivalencia en nuestras interacciones sociales ha sido fundamental para desarrollar y consolidar nuestros vínculos afectivos con los demás, potenciándose así nuestra sociabilidad natural. Vale la pena detenerse en este punto y ver el siguiente vídeo sobre las funciones de la amígdala cerebral:

Sin embargo, como señala el mismo F. Rubia, en la evolución del lenguaje hablado se llegó a desarrollar un pensamiento dualista que consistía en separar, por procedimientos lógico-analíticos, los sentidos antitéticos de las palabras, así como sus usos comparativos, y en valorar cada uno de ellos, optando por aquellos juzgados como positivos. El valor adaptativo del pensamiento dualista consiste, cabe decir, en el interés en los contrastes y las comparaciones para la interpretación de la información sensitiva. Este tipo de pensamiento y lenguaje dualista se ha asociado al funcionamiento  de unas regiones de la corteza cerebral, concretamente la región inferior del lóbulo parietal del hemisferio izquierdo, localizada en el giro supramarginal (área 40 de Brodmann), cuya función, al igual que la del giro angular (área 39 de Brodmann), es la asociación de la información sensitiva, y que en relación a las funciones lingüísticas es la responsable de la formación de antónimos y de los grados comparativos.

Giro supramarginal

FIG. 1.-  Giro supramarginal. Localización: parte inferior del lóbulo parietal lateral del hemisferio izquierdo. Función, conectividad: incluye área de Wernicke, que interviene en la comprensión de las palabras y en la producción de discursos significativos. (Imagen tomada del programa BrainVoyager Brain tutor.)

Ese mecanismo denominado “inhibición lateral” está presente, como afirma F. Rubia, en todas las funciones cerebrales, y es el mismo que se observa en la configuración de los diversos sistemas de creencias. De hecho, tal como nos señala en la línea del filósofo Jhon Searle, nuestra concepción de la realidad es un constructo de categorías lingüísticas a través de las cuales fijamos divisiones y oposiciones, y que llegamos a convertir en cosas, sustituyendo los términos relativos por términos absolutos. En este sentido, el mismo autor llega a comparar la ideología con la esquizofrenia al entender que ambas son incapaces de integrar la ambivalencia que existe en la realidad, llegando a proyectar en la realidad las operaciones binarias de su propio pensamiento, reificador en la ideología y espacializador en la esquizofrenia. De este modo, por lo que respecta a la ideología se presenta como una visión acabada, absoluta, eterna, que no permite ninguna modificación al situarse en un plano supra histórico, semejante a la vivencia fantasmagórica de las experiencias del esquizofrénico. De ahí que se pueda definir como un sistema de pensamiento totalitario, cuyos rasgos principales serían la cosmovisión cerrada, la concepción dogmática de la verdad y el fundamento axiomático del diseño social. Con tales rasgos es inevitable que la ideología conduzca a una demonización del adversario y a la consecuente  justificación racional de su represión e incluso eliminación física, como lamentablemente han dado suficientes pruebas los regímenes fascistas o comunistas, los fundamentalismos religiosos o bien la violencia institucional o de grupos terroristas.

La importancia de algunas áreas del lóbulo parietal en la definición del perfil ideológico de una persona y en las diferencias entre las personas en la manera de juzgar a aquellas otras que tienen creencias diferentes a las propias, tiene nuevas evidencias empíricas como las que aporta una reciente investigación sobre la Teoría de la Mente realizada por Emile Bruneau y Rebecca Saxe del McGovern Institute for Brain Research del MIT,  en Cambridge, Massachusetts, cuyos resultados se publicaron en julio de 2012 en la revista Journal of Experimental Social Psychology[4]. Esta investigación sobre los juicios de valor acerca de los pensamientos de otras personas, en particular sobre los supuestos, motivaciones y finalidades de sus creencias, ha demostrado que los prejuicios que manifiestan las personas cuando evaluan sus propios pensamientos y los pensamientos de otros  se correlacionan con la actividad neuronal del precuneo, un área del lóbulo parietal superior.  En la investigación dirigida por la neuróloga Saxe se solicitó a sujetos que pertenecían a la comunidad árabe e israelí que evaluaran la razonabilidad de los puntos de vista propios sobre el conflicto sociopolítico de Oriente Medio, así como de los puntos de vista del otro grupo, y observaron mediante técnicas de neuroimagen una especial actividad en el precuneo. Lo que me interesa llamar la atención aquí es el pensamiento dualista asociado al precuneo, puesto que cuánto mayor era el desacuerdo con los puntos de vista del otro, mayor actividad se registraba en esta área cerebral, una actividad específica asociada a los conflictos sociopolíticos fuertemente marcados por la violencia y la injusticia cometidas por los grupos rivales, en tanto que no se ha observado en otras actividades cerebrales asociadas a los conflictos emocionales o cognitivos. También es interesante subrayar la realación existente entre auto-conciencia y conciencia del otro, por una parte, y la percepción de la propia ideología y de la ideología de los demás, por otra parte, al producirse ambas funciones en la misma área cerebral, por lo que cabe conjeturar una estrecha relación entre el contacto afectivo, la socialización y la comunicación, por un lado, y la configuración de un sistema de creencias, deseos e intenciones, por otro lado.

Precuneo

FIG. 2.- Precuneo. Localización: lóbulo parietal superior, sobre la cara medial del cerebro. Función, conectividad: recientemente descubierta, se conjetura que es la responsable de la auto-conciencia, la capacidad de pensar sobre uno mismo, así como de la percepción del pensamiento de los otros. (Imagen tomada del programa BrainVoyager Brain tutor.)

Otra investigación del 2006 sobre las zonas del cerebro implicadas  en el proceso de jerarquización social, realizado por un grupo de investigadores norteamericanos de la Unit for Systems Neuroscience in Psychiatry del National Institute of Mental Health de Bethesda,  dirigido por Caroline Zink[5], ha venido a demostrar también la importancia del precuneo cuando una persona evalua su estado dentro de una jerarquía social. En concreto, cuando se tiene la percepción que aumenta el propio estatus social se incrementa la actividad neuronal en esta área, sucediendo lo mismo en la corteza cingular anterior (áreas 9 y 24b de Brodmann), que controla el procesamiento de información de sistemas sensoriales y emocionales, y en la corteza prefontal media (que incluye el área 25 de Brodmann), que controla el alerta conductual y vegetativo. Sin embargo, cuando se tiene la percepción que disminuye el propio estatus social llama la atención que no se produzca simplemente una inhibición en la actividad neuronal de estas áreas, sino que se incrementa la actividad neuronal de otras áreas, en particular en el ganglio basal ventral, que se relaciona con la motivación y la recompensa, y en la corteza insular o ínsula, que controla las expresiones somáticas de nuestras reacciones emocionales frente a las tensiones o los disgustos, y según parece es una estructura que contiene diferentes redes de neuronas espejo, por lo que su actividad se puede asociar a los procesos de empatía.

Corteza insular

FIG. 3.- Corteza insular o ínsula. Localización: profundidades del surco lateral. Función, conectividad: se conjetura que procesa la información convergente para producir un contexto emocionalmente relevante para la experiencia sensorial, como la repugnancia y la sensación de incomodidad. Juega un papel importante en la experiencia del dolor y se relaciona con la evitación del miedo. (Imagen tomada del programa BrainVoyager Brain tutor.)

Cabe conjeturar a partir de los resultados de la mencionada investigación sobre la evaluación de la situación en una jerarquía social que mientras la pertenencia a un grupo o a una clase social que merece una mayor estimación produce un refuerzo y confirmación de nuestro relato ideológico, la pérdida de esa misma pertenencia produce una serie de reacciones que tienen su base en nuestro temperamento. Si, como sabemos, la ideología cumple el papel  de evitar la incertidumbre  y conferir la seguridad existencial frente al temor y la ansiedad de una realidad que escapa a nuestra comprensión, y al mismo tiempo sirve para establecer fuertes vínculos sociales por las necesidades epistémicas y existenciales que compartimos, obteniendo así seguridad y confianza[6], entonces aquellas personas cuyos temperamentos les hacen más desconfiados ante los demás y preocupados ante la incertidumbre, lo que les lleva a experimentar sentimientos de culpa y dependencias de figuras de autoridad, estarían dados a ideologías conservadoras o tradicionalistas, mientras que aquellas personas cuyos temperamentos les hacen más empáticos con los demás, así como flexibles y autosuficientes con los estados mentales de incertidumbre, estarían dados a ideologías liberales o progresistas. De ahí que en las personas que sientan preocupación y disgusto ante la modificación del status quo se pueda asociar su reacción y rechazo al cambio con la actividad de la áreas cerebrales relacionadas con el control de las emociones, como en el caso antes mencionado de la ínsula.

Los efectos que la emoción tiene sobre el juicio moral y las ceencias sociales y políticas, en particular la emoción de asco, ha sido estudiada por David Pizarro, profesor de psicología en la Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York. En una investigación publicada en el 2011 en la revista Social Psycological and Personality Science[7], en la que se estudiaron miles de casos en 121 países, se llega a la conclusión que aquellos voluntarios a los que les repugnaban más intensamente el ver imágenes desagradables o bien el sentir olores nauseabundos, tendían a ser más conservadores. Y por el contrario aquellos voluntarios a los que les repugnaban menos la mismas exposiciones, tendían a ser más liberales. Otro resultado interesante a subrayar aquí de este estudio es que los voluntarios identificados como conservadores dedicaban mucho más tiempo a los estímulos que les provocaban la emoción de asco, por lo que su propia repugnancia y la experiencia de lo que les disgustaba retroalimentaba su emoción de asco. Por el contrario, los voluntarios identificados como liberales se estimulaban de forma positiva con aquellas sensaciones que les producían agrado y les resultaban placenteras. Este sorprendente resultado explica que desde la ideología conservadora se apele a una especie de “moral de la repugnancia” en su crítica de todas aquellas conductas o investigaciones que persigue su restricción o prohibición, tal como sucede con los derechos de los gays o con el aborto. Tal como dice el mismo D. Pizarro, “la repugnancia trabaja a través de la asociación. Esto se vuelve una estrategia  muy útil si alguien quiere convencer a otro que cierto objeto, individuo o grupo social es repugnante”. Merece la pena ver el siguiente vídeo en el que D. Pizarro presenta sus investigaciones sobre la relación entre la emoción de asco y el comportamiento moral y la ideología.

David Pizarro

Todas estas investigaciones aportan una nueva comprensión sobre la estructura motivacional que nos lleva a adoptar una determinada ideología, en la medida que demuestran que los sistemas de creencias surgen de unas profundas raigambres afectivas y cognitivas que predisponen nuestras conductas y cuya relación causal con el medio social no es fácil de explicar. La elección de una ideología no sería tanto una decisión libre, consecuencia de una deliberación racional, sino más bien la inclinación de un temperamento cuyo umbral de sensibilidad y tolerancia a las incertidumbres, los conflictos y los desórdenes de la vida social nos dispondría a adherirnos a una ideología conservadora o a otra liberal. En particular aquellas personas que experimentasen un mayor miedo y se sintiesen más amenzadas ante los problemas sociales optarían por ideologías conservadoras, llegando a presentar una mayor actividad en la amígdala. Mientras que aquellas otras personas que ante los mismos problemas sociales experimentasen una menor sensibilidad al miedo y a las amenazas optarían por ideologías liberales, llegando a presentar una mayor actividad en la corteza del cíngulo anterior, y más concretamente en el giro cingulado.

Giro cingulado

FIG. 4: Giro cingulado. Nomenclatura de partes: región posterior, las áreas de Brodmann: 26, 29, 30, 22, 31; región anterior, las áreas de Brodmann: 33, 24, 25, 32. Localización: pared medial, debajo del lóbulo temporal y frontal, inmediatamente superior al cuerpo calloso, inferior a la corteza cingulada. Función, conectividad: parte importante del sistema límbico,  coordina la información sensorial con la emoción. Se conjetura que regula numerosas funciones autónomas, como la presión sanguínea y el ritmo cardiaco, y que interviene en algunas funciones cognitivas racionales, como la anticipación del premio, la toma de decisiones, la empatía y las emociones. (Imagen tomada del programa BrainVoyager Brain tutor.)

Área 24 de Brodmann

FIG. 5. Área 24 de Brodmann. Localización: Sección ventral del córtex cingulado. Función, conectividad: Como parte del sistema límbico se conecta con la amígdala, el hipocampo y la corteza órbito-frontal. Involucrado en el sistema de la emoción. (Imagen tomada del programa BrainVoyager Brain tutor.)

Esta estructura cerebral que «forma parte de una red atencional ejecutiva, y que su principal papel es el de regular el procesamiento de la información de otras redes, tanto en modalidades sensoriales, como emocionales. (…) es una estructura “de paso”. Permite comprobar nuestra evolución como especie dentro de nuestro propio cerebro: de las estructuras que nos igualan al resto de animales (el sistema límbico), a las zonas cognitivas superiores (neocorteza); y cómo unas estructuras influencian a las otras»[8]. Esto explicaría por qué las personas conservadoras presentan una mayor resistencia al cambio social y tienden a ser más intolerantes con las conductas transgresoras de la moral convencional, llegando al extremo de legitimar el uso de la violencia para restablecer el orden social. Y también por qué podemos encontrar conductas semejantes en diferentes momentos históricos con procesos de cambio social que presentan analogías.

Cuando la actividad de la amígdala está regulada por el giro cingulado no sólo se controla la impulsividad y la agresividad, sino que también se activan mecanismos de detección del error que generan juicios reflexivos y críticos en relación a las normas del grupo social. Pero cuando tal regulación no se produce porque el lóbulo prefrontal no ha analizado las creencias como posibles valores falsos y por tanto susceptibles de duda y expuestos a una nueva evaluación, se construye entonces el carácter de la persona autoritaria. Es entonces cuando se produce una especie de cortocircuito en el funcionamiento de la amígdala que conduce al establecimiento y defensa de normas rígidas y estereotipadas y a castigar con vehemencia a los infractores de las mismas, un castigo que llegará a ser percibido por todo el grupo social, salvo en los disidentes de la organización autoritaria, como positivo al establecerse un puente entre la emoción de quien castiga y el juicio al infractor sin mediar ningún mecanismo de control que pueda detectar los sesgos que intervienen en todo este proceso[9]. Como botón de muestra la siguiente escena vivida por un alter ego en la sala de profesores de su centro:

-       (El director del centro) Os presentamos un documento con las normas para la realización de los trabajos de investigación en el bachillerato. ¿Alguien tiene alguna cosa que decir?

-       (Un profesor) Sí. No entiendo la razón por la que se limita la extensión del desarrollo del trabajo entre 15 y 25 páginas. Considero que el profesor que tutorice el trabajo, en función de su objeto de estudio y metodología empleada, debe consensuar con el alumno su extensión.

-       (El coordinador de los trabajos de investigación) Se ha decidido esta norma porque es la que han adoptado la mayoría de los colegios. Además, es una forma de fomentar la síntesis de conocimientos y evitar los plagios.

-       (De nuevo el profesor) Sigo sin entender la razón. La extensión del trabajo sólo se puede limitar una vez realizada la investigación, a la vista de los documentos consultados y las prácticas realizadas. Cada alumno es diferente. Además, el tutor supervisa toda la investigación a fin de garantizar la originalidad del trabajo y la calidad de su exposición.

-       (De nuevo el coordinador) Bueno, ya sabemos que tú te crees que eres un profesor muy especial y que lo haces todo muy bien. Pero esto es lo que se ha decidido desde la dirección del colegio.

-       (El profesor) No entiendo por qué te lo tienes que tomar como un asunto personal.

-       (El coordinador) Mira, en otro momento ya te daré las explicaciones que hagan falta.

Intervienen otros profesores planteando las mismas reservas y parece que se considera pertinente suprimir del redactado final la limitación de la extensión del trabajo de investigación. Cuando el profesor que se ha posicionado críticamente ante ese punto del documento le expone en privado al director del centro su perplejidad por la falta de cortesía de la respuesta de su compañero encargado de la elaboración de dicho documento, tiene la siguiente respuesta con una velada amenza:

-       Ya veo por donde andas. Hay profesores que suman y profesores que restan. Y tú eres de los últimos. Te aconsejo que cambies de actitud.

Llegados a este punto, no quiero concluir mi exposición sin dejar de advertir los riesgos y peligros que entrañan estas nuevas investigaciones neurocientíficas sobre la ideología, pues no es difícil imaginar que no faltarán las organizaciones o instituciones que querrán manipular las funciones cerebrales asociadas a la ideología con fines políticos sesgados o interesados desde una ideología en particular. Imaginemos por un momento que el desarrollo de la neurotecnología permita leer las mentes[10] y llegue a establecer perfiles ideológicos a partir de los cuales se puedan identificar sujetos “amigos o adictos “ y sujetos “enemigos o rebeldes”, tratando a los primeros como buenos ciudadanos y a los segundos como potenciales terroristas. En este punto los neurocientíficos tienen una enorme responsabilidad social y sus actuaciones pueden causar importantes daños a las personas, por lo que su actividad científica debe ser fiscalizada desde consideraciones éticas.

Ahora bien. El ser un buen ciudadano o el ser un malvado terrorista, como el ser partidario o ser víctima de una ideología, no viene determinado por unas bases neurobiológicas, ni tampoco genéticas, ya que tales bases no causan las conductas de un individuo, sino que sólo predisponen su comportamiento. La expresión ideológica está influida por la sociedad, la cultura,  el lenguaje y el aprendizaje. Así pues, la definición de un perfil ideológico dado no responde a criterios naturalistas sino normativos[11]. Depende de las condiciones de vida de cada individuo, de su desarrollo psicológico en un contexto social, el que se exprese una particular identidad política y percepción social.

Félix Pardo


[1]  Sigo aquí la definición dada por Mario Bunge en “La filosofía como técnica”, en http://mariobunge.com.ar/articulos/la-filosofia-como-tecnica.

[2]  Sirva como botón de muestra el borrador del anteproyecto de ley de convivencia escolar y autoridad del profesorado que ha publicado recientemente la Conselleria d’Educació del Govern de las Illes Balears del Partido Popular, que ha suscitado una vehemente polémica entre diversos agentes sociales al entender que vulnera el derecho constitucional de la libertad de cátedra.

[5]  Dicha investigación fue presentada con el título “Neural representation of social hierarchy in humans” en la Neuroscience Meeting Planner, Atlanta, y se puede leer un resumen en el siguiente enlace: http://www.abstractsonline.com/viewer/viewAbstract.asp?CKey={4DCECE89-DBDD-4755-9DF4-3336F7EEAA00}&MKey={D1974E76-28AF-4C1C-8AE8-4F73B56247A7}&AKey={3A7DC0B9-D787-44AA-BD08-FA7BB2FE9004}&SKey={6FAA3E9E-4DA7-4360-9E71-013F4178F7F0. Se encuentra una reseña en http://www.tendencias21.net/El-cerebro-regula-las-jerarquias-sociales_a1238.html

[6]  Véase el artículo de Jost, J.T.., Amodio, DM., “Political ideology as motivated social cognition: Behavioral and neuroscientific evidence”, Motiv Emot, 2012, disponible en http://amodiolab.org/wp-content/uploads/2012/03/Jost-Amodio-2012.pdf

[7]  “Disgust Sensitivity, Political Conservatism, and Voting”, disponible en el enlace:

http://static.squarespace.com/static/4ff4905c84aee104c1f4f2c2/t/5084d57ee4b066390d1616c9/1350882686625/Inbar%20Pizarro%20Iyer%20Haidt%20Disgust%20and%20Voting%20proofs.pdf. Para otros estudios de este investigador puede consultarse su web personal http://www.peezer.net/research/

[9]  Un iluminador análisis del autoritarismo desde la neuropsicología se encuentra en el siguiente artículo: https://www.neuronup.com/blog/una-breve-neuropsicologia-del-autoritarismo/

[10]  Esta posibilidad ya es una realidad según ha demostrado un grupo de neurocientíficos japoneses de los Laboratorios de Neurociencia Computacional, dirigido por Yukiyasu Kamitanise. Ver el artículo titulado “Consiguen ver el pensamiento” en http://www.neoteo.com/consiguen-ver-el-pensamiento-14291

[11] Así lo entiende Kathinka Evers, filósofa e investigadora en neuroética, en su libro Neuroética. Cuando la materia se despierta (Madrid, Katz, 2010), en particular en el epígrafe titulado “La neuroética como desafío sociopolítico”.

  1. ANA
    21 diciembre, 2012 en 19:48

    ES UN ARTICULO EXCELENTE!!

  2. 25 diciembre, 2012 en 17:41

    Preocupante el final del texto, sobre todo después de haber visto un documental sobre neuromarketing, algo que ya es real, que la lectura de lo que pensamos no anda muy lejos. Afortunadamente es cierto que la genética sólo predispone. Creo que habíamos intercambiado alguna idea sobre el tema de la estructura corporal y el carácter de las personas, y tengo pendiente enviarte material al respecto que enlazaría con todo esto: los tipos atléticos tienden a la acción y al riesgo, es decir, se apuntan al cambio, se aburren en una mesa, pueden ser revolucionarios pero también alistarse en las SA o las SS; a los tipos orondos no les llames a filas, son conservadores, les va lo estable. Bien, espero explicarlo de una forma más afinada, pero las cosas van en esta línea.
    Un artículo impecable y clarificador.

  1. 1 enero, 2013 en 14:00
  2. 14 enero, 2013 en 18:20

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