Inicio > Neurociencia > Conferencia de Francisco Rubia en Barcelona: Bases neurológicas de la imitación y la empatía (CCCB, mayo 2012)

Conferencia de Francisco Rubia en Barcelona: Bases neurológicas de la imitación y la empatía (CCCB, mayo 2012)

En el marco del debate “Als orígens de la ment humana”, organizado por el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) y el International Center for Scientific Debate (B-Debate), Francisco José Rubia Vila (Málaga, 1938) ha intervenido con la conferencia “Bases neurológicas de la imitación y la empatía”. Rubia es uno de los grandes neurocientíficos españoles, con más de doscientas publicaciones en el campo de la neurofisiología, así como el divulgador más relevante y de mayor autoridad en lengua española, autor de diversas monografías y ensayos sobre neurociencia y cultura. Para una información en detalle de su biografía intelectual, véase nuestra web.

Fotografía realizada al final de la conferencia, en la que aparecen el Dr. Rubia (en el centro) y dos de los editores de Escuela con cerebro, Félix Pardo (a la izquierda) y Jesús Guillén (a la derecha).

La conferencia de Rubia ha sido un modelo de comunicación científica, exposición didáctica y cortesía hacia el público en el uso de las ilustraciones y el tiempo empleados, además de su cordialidad, buen humor y fina ironía. Ha comenzado analizando el autismo, como principal trastorno del contacto afectivo, la socialización y la comunicación, para presentarnos, por vía negativa, la llamada «Teoría de la mente», en la medida que el autismo representa su contrario. De este modo, hemos podido entender eficazmente, a través de los síntomas de ese trastorno, los principios de dicha teoría, a saber: 1) atribuir estados mentales a uno mismo y a los otros ; 2) reconocer que tales estados no son observables, aunque se pueden suponer, y 3) predecir el comportamiento de otros individuos. Si el autismo constituye una ceguera perceptiva para estos principios, tal teoría, por el contrario, hace inteligible el mundo social (creencias, deseos e intenciones), así como las inferencias sobre nuestras vivencias sociales[1].

Una vez que Rubia ha dilucidado el significado de la Teoría de la mente, ha presentado la historia de las investigaciones que condujeron al descubrimiento de las neuronas espejo por parte del equipo de investigadores dirigido por G. Rizzolatti, del departamento de Neurociencia de la Universidad de Parma, Italia, y que suponen, conviene subrayar, la confirmación empírica de la Teoría de la mente. Las investigaciones realizadas con monos permitieron identificar un grupo de neuronas en unas zonas del córtex motor primario del  lóbulo frontal, llamadas «F4» y «F5», esta última implicada en el control motor de la boca y de la mano, los dos órganos fundamentales para la vocalización y los gestos comunicativos, cuyas funciones no sólo eran ejecutivas sino también cognitivas, puesto que permitían el reconocimiento y la comprensión del significado de los actos motores ante la observación de una conducta y su posterior imitación[2]. De ahí el nombre de «neuronas espejo». Cuando el equipo de Rizzolatti dirigió su investigación a los seres humanos, también localizaron esas neuronas en la llamada «área de Broca» del lóbulo frontal[3],  implicada en la ejecución del lenguaje hablado y escrito, que puede considerarse la zona equivalente a la «F5» del mono. Y para su sorpresa también descubrieron que un subgrupo de esas neuronas también están implicadas en el reconocimiento y comprensión del significado de las emociones de los otros organismos. De ahí que el neurocientífico V. S. Ramachandran las llamase «neuronas de la empatía» o «neuronas Gandhi», como homenaje a una de las figuras más relevantes del pasado siglo que enseñó con el ejemplo la compasión, el altruismo y la posiblidad de la transformación social desde la no violencia[4].

En este punto, Rubia daba respuesta al enunciado del debate al que había sido invitado y por el que había sido interpelado por su presentador antes de comenzar la conferencia. Porque ante la pregunta sobre los orígenes de la mente humana cabe responder que la red neuronal que nos hace propiamente humanos y nos distingue del resto de organismos, excepto unas pocas especies de mamíferos superiores, salvando las distancias (chimpancés, bonobos, elefantes, delfines y ballenas azules), es la que ha configurado la sociabilidad organizada en códigos culturales y el lenguaje de gestos y hablado. De confirmarse la conjetura, como apunta Rizzolatti en la línea de G. H. Mead y L. Vygotsky, en su libro Las neuronas espejo[5], que el lenguaje de gestos es el precursor del lenguaje hablado, entonces podríamos concluir que las neuronas espejo constituyen la base neurobiológica de la capacidad del lenguaje, uno de los factores decisivos de nuestro proceso de humanización. El otro factor decisivo es el trabajo cooperante a través de la utilización de herramientas y fabricación de artefactos. Y sabemos que aproximadamente un 20% de las neuronas espejo se activan cuando se observa la manipulación de objetos. Por lo tanto, cabe conjeturar la existencia de una transmisión no genética de productos culturales, actualizando de este modo la teoría lamarckiana de la evolución. Así pues, las neuronas espejo no sólo garantizan nuestra comunicación e interconexión como sujetos pensantes y lingüísticos, sino también nuestra interconexión con el entorno a través de la cultura.

Hecha esta aclaración, Rubia  prosigue destacando los cuatro factores críticos que presentan las neuronas espejo en relación a la Teoría de la mente: 1) permiten la implicación emocional en la comprensión de los estados mentales de los otros, lo que no hay que confundir con el llamado «mentalismo»; 2) evidencian un isomorfismo entre las emociones propias y las de los otros, lo que tampoco hay que confundir con la llamada «simpatía»; 3) permiten la observación o imaginación de diferentes estados afectivos de otras personas, y 4) relacionan los estados afectivos propios con los de otra persona, haciendo posible que el sujeto afectado conozca mediante inferencias causales su conexión emocional con los demás.

Rubia concluye su conferencia con tres observaciones de gran calado en la comprensión de la naturaleza humana. En primer lugar afirma que deberíamos cambiar nuestra opinión sobre algunos de los comportamientos de los adolescentes que más nos exasperan y preocupan a los padres ya sea por su impulsividad ya sea por su temeridad ya sea por su rasgo violento o antisocial, pues lejos de ser interpretados como actos problemáticos o desviados respecto a la conducta de los mayores, como si fuesen la expresión de una conducta tosca, tonta o arbitraria de esta etapa del desarrollo humano, no serían más que la consecuencia de una falta de maduración de la corteza prefontal, implicada en la inhibición de la actividad de las neuronas espejo, ya que el proceso de mielinización de esa zona del córtex finaliza entre los 20 y los 30 años[6]. En segundo lugar afirma que deberíamos cambiar nuestras creencias sobre las fuentes de la moral, porque sentimientos como el amor, el altruismo o la compasión no tienen un origen heterónomo o trascendente, ya que se puede establecer su base neurobiológica en las funciones de las neuronas espejo, y por consiguiente cabe hablar de una moral innata y una ética universal por lo que toca a la formación de juicios y la adquisición de valores morales[7]. Y en tercer lugar, si hay un ámbito en el que el descubrimiento de las neuronas espejo puede ser revolucionario, éste no es otro que el de la educación, en la medida que su función permite la comprensión y la imitación de los gestos y las acciones de los otros sujetos, así como tratar como propios los procesos mentales ajenos, por lo que constituyen la base neurobiológica del aprendizaje por imitación. Al fin y al cabo, la educación no es otra cosa que lograr el máximo desarrollo de las aptitudes y capacidades que tiene cada persona, y ello sólo se consigue plenamente con el buen ejemplo del educador. Y este ideal educativo dificilmente puede alcanzarse si se desconoce el funcionamiento de nuestro cerebro. Hasta que no se ajuste el proceso de enseñanza-aprendizaje al conocimiento que aporta la neurociencia y en particular el sistema neuronal de espejo, lo que exige abandonar el paradigma de la uniformidad y la igualdad, y su sustitución por la multiplicidad y la singularidad, incluyendo las diferencias de talentos y géneros, el sistema educativo actual o bien está condenado al fracaso o bien realizará su función de forma insuficiente.


[1] Para saber más acerca de la Teoría de la mente es recomendable leer el siguiente artículo: J. Tirapu-Ustárroz, G. Pérez-Sayes, M. Erekatxo-Bilbao, C. Pelegrín-Valero, ”¿Qué es la teoría de la mente?”, en Revista de Neurología 2007; 44 (8): 479-489. Existe una edición digital en PDF: Tirapu-Ustarroz y cols., 2007. También es recomendable la lectura del artículo de  Josep Call and Michael Tomasello, “Do es the chimpanzee have a theory of mind? 30 years later”, en Trends in Cognitive Sciences 2008, 12 (5): 187-192. Existe una edición digital en PDF: TICS30. Vale la pena incluir aquí la traducción del resumen del mismo, realizada por nuestra colaboradora Ester Astudillo:

«En el trigésimo aniversario de la comunicación seminal de Premack y Woodruff en que se preguntaban si los chimpacés tienen una teoría de la mente, reseñamos pruebas que sugieren que en muchos aspectos es así, mientras que en otros tal vez no. En concreto, hay evidencia sólida de diferentes paradigmas experimentales que confirman que los chimpancés comprenden los objetivos y las intenciones de los otros, además de su percepción y conocimiento. Sin embargo, tras varios intentos aparentemente válidos, no existen pruebas a día de hoy de que los chimpacés entiendan las falsas creencias. Nuestra conclusión por tanto es que los chimpancés comprenden a los demás en términos de una psicología basada en la percepción y los objetivos, que se opone, a su vez, a una psicología asimilable a la humana, desarrollada al máximo y basada en las creencias y los deseos» (p. 187).

La misma Ester Astudillo nos ayuda a interpretar esta conclusión apuntando que  ”lo que tratan de decir es que las inferencias que los chimpancés puedan hacer sobre los estados mentales de los otros (chimpancés) se basan en la interpretación de su lenguaje corporal, captada por la vista-oído-olfato básicamente (percepción). Pero que los chimpancés no pueden entender que exista algo como una ‘falsa creencia’, es decir, que alguien crea algo y que ese algo resulte ser falso. Esa es una representación mental más elaborada que a los niños pequeños también les cuesta más tiempo penetrar en su desarrollo lingüístico y psicoemocional”. Al respecto es iluminador el siguiente vídeo:

Tal como nos sigue apuntando Ester Astudillo, “los chimpancés no podrían mentir, por ejemplo, porque no comprenden el engaño: para ellos cualquier creencia es ‘cierta’ en tanto que existe. Son intenciones demasiado ‘complejas’ que su rudimentaria teoría de la mente no ‘soporta’, por hablar en términos contemporáneos. Los objetivos son ‘fácilmente’ captables a partir de un contexto situacional determinado (alcanzar alimento, huir, atacar, cortejar) que es común a todos los individuos de la especie, y que tienen un fundamento biológico, evolutivo y de supervivencia básico. Pero los deseos y las creencias ajenas para captarse requieren una ‘proyección’ psicológica de la que parece ser que sólo los humanos somos capaces. De hecho, es algo en lo que hay mucha variabilidad entre sujeto y sujeto. Una cita del libro de Hustvedt La mujer temblorosa que no copié en mi reseña Migrañas, temblores y demás rarezas neurológicas, pero que me llamó mucho la atención, venía a expresarlo muy bien: sólo podemos captar e intuir en los demás aquellos estados mentales y emocionales que hayamos experimentado nosotros antes. ¿Con qué parámetros, con qué paradigma, con qué rasero puedo entender, sintonizar y medir lo que creo que el otro está experimentando? Sólo sabiendo lo que yo experimento en circunstancias semejantes puedo proyectar mi experiencia y comprender, o empatizar con, el otro. Y eso parece, de momento, que no está al alcance de nadie más que los Sapiens”.

[2]  Conviene aclarar que las neuronas espejo de los monos sólo se activan ante los actos transitivos, esto es, los que comportan una manipulación de objetos o un contacto físico con otro organismo, pero no ante los actos intransitivos, intencionales o comunicativos, una función que hasta donde sabemos es específica de los seres humanos. Tal como afirma G. Rizzolatti en Las neuronas espejo. Los mecanismos de la empatía emocional (Barcelona, Paidós,  [orig. 2006] 2006, p. 148: «Sabemos que, en el hombre, a diferencia del mono, el sistema de las neuronas espejo es capaz de codificar tanto los actos motores transitivos como los intransitivos, así como de tener en cuenta aspectos temporales de los actos observados. Por lo tanto, se puede lanzar la hipótesis de que el hombre, que dispone de un patrimonio motor más articulado que el mono, tiene más posibilidades de imitar y, sobre todo, de aprender mediante la imitación» (p. 148). Véase al respecto en nuestro blog el artículo “Las neuronas espejo y la educación”.

[3]  Para su visualización en el córtex y la descripción de su función y su relación con otras zonas corticales, véase en este blog el artículo “El sistema cortical del lenguaje en zurdos y diestros”.

[4]  En una extraordinaria conferencia en TED del año 2010, titulada “Las neuronas que dieron forma a la civilización“, Ramachandran habla de las «neuronas de la empatía» o «neuronas Gandhi» en estos términos: «Si me inyecto anestesia en el brazo para que no tenga ninguna sensación y luego te veo a ti siendo tocado, literalmente lo siento en mi brazo. En otras palabras, hemos disuelto la barrerra entre tú y otro ser humano. Por eso las llamo neuronas Gandhi o neuronas empatía. Y esto no en un sentido abstracto metafórico: todo lo que te separa de otra persona es tu piel; remueve la piel y experimentarás el tacto de esa persona en tu mente». Anteriormente, se refiere a estas neuronas como un subgrupo de las neuronas espejo (las diferencia al hablar de acariciar el brazo respecto a un acto motor cualquiera que genera imitación) y apunta que éstas, a su vez, constituyen un subgrupo de las neuronas motoras (un 20%). Cabe deducir, por tanto,  que sería un error de interpretación de sus palabras el diferenciar la empatía de la compasión, como ha hecho algún neurocientífico.

[5]  Op. cit., p. 153. Aquí se pregunta el autor: «¿No se puede, entonces, lanzar la hipótesis de que fue la progresiva evolución del sistema de las neuronas espejo, originalmente dedicado al reconocimiento de actos transitivos manuales (coger, sostener, alcanzar, etc.) y orofaciales (morder, ingerir, etc.), lo que suministró el sustrato neural necesario para la aparición de las primeras formas de comunicación interindividual? ¿Y de que, a partir del sistema de las neuronas espejo, situado en la superficie lateral del hemisferio, se desarrolló en el hombre el circuito responsable del control y producción del lenguaje verbal, localizado en una posición anatómica similar?».

[6]  Los resultados de la neurociencia en el estudio del cerebro adolescente vienen a confirmar la Teoría adaptativa de la adolescencia que, contrariamente a la percepción social dominante, describe al adolescente como un individuo dotado de una alta sensibilidad y de una eficaz inteligencia ejecutiva que hacen de él un ser capaz de superar con éxito la selección natural y la adaptación al medio. De hecho, sin esos rasgos propios de la adolescencia, la especie humana no hubiera tenido la evolución que conocemos. Como concluye David Dobbs en un artículo muy recomendable titulado “Hermosos cerebros: El cerebro adolescente”, publicado en National Geografic, octubre 2011, 29 (4): 2-21, “si fuéramos más listos desde más jóvenes, acabaríamos siendo más tontos” (p. 21).

[7]  Esta hipotésis, acerca de la existencia de un instinto moral en los seres humanos, está siendo confirmada empíricamente por prestigiosos e influyentes psicólogos, antropólogos y neurocientíficos. Baste citar aquí, a título de ejemplo, los siguientes autores: M. Gazzaniga, El cerebro ético (2005, trad. 2006); Marc D. Hauser, La mente moral. Cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal (2006, trad. 2008); F. de Waal, La edad de la empatía. ¿Somos altruistas por naturaleza? (2009, trad. 2011). No es exagerado afirmar, por tanto, que el extraordinario descubrimiento neurofisiológico de Rizzolatti, equivalente al que representó el ADN en opinión de V. S. Ramachandran, en la medida que describe el sistema neuronal que permite que todos los seres humanos estemos conectados entre nosotros y con el resto de organismos, merecería el Premio Nobel de Medicina.

Félix Pardo y Jesús C. Guillén

About these ads
  1. Aún no hay comentarios.
  1. Aún no hay trackbacks

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 860 seguidores

%d bloggers like this: